El primer trino de pájaro que oyó no parecía distinto de los demás que había oído esa mañana, pero se repitió un poco más adelante, y una tercera vez. Sólo un trino en cada ocasión. Localizó a un hombre encaramado en un alto roble, con una ballesta que lo fue siguiendo mientras pasaba a caballo por delante. Verlo no era sencillo; el peto y el yelmo sin visera estaban pintados de un color verde apagado que se camuflaba con el follaje del árbol. Aún así la tira de tela roja atada al brazo izquierdo había ayudado. Si su verdadera intención hubiera sido mantenerse oculto, se la habría quitado.
Karede hizo un gesto a Ajimbura y el nervudo hombrecillo le sonrió de un modo que lo hizo parecer una rata amojamada de ojos azules, antes de dejar que el castaño que montaba se retrasara hasta quedar detrás de los guardias. Ese día llevaba el largo cuchillo debajo de la chaqueta. Lo tomarían por un criado.
A no tardar, Karede entraba en el campamento propiamente dicho. No había tiendas ni refugios de ningún tipo, pero sí largas hileras de caballos estacados ordenadamente y muchos más hombres con petos verdes. Las cabezas se volvieron para observar el paso del grupo, pero eran pocos los que estaban de pie y menos aún los que sostenían una ballesta. Un buen número de ellos dormía en sus mantas, sin duda cansados de la dura cabalgada que habían hecho durante la noche. De modo que el canto del pájaro les había indicado que no eran bastantes para representar un peligro. Su aspecto era el de soldados bien entrenados, pero eso ya había esperado que fuera así. Lo que no tenía previsto era el reducido número de hombres. Oh, sí, los árboles quizás ocultaban algunos, pero sin duda en el campamento no había más de siete u ocho mil, demasiados pocos para haber llevado a cabo la campaña que Loune le había descrito. De repente sintió una repentina presión en el pecho. ¿Dónde estaban los demás? La Augusta Señora podría encontrarse con uno de los otros grupos. Confiaba en que Ajimbura estuviera tomando nota del número de efectivos.
No habían llegado muy lejos cuando un hombre bajo montado en un pardo de gran alzada le salió al paso y frenó donde tuvo que parar o llevárselo por delante. Llevaba afeitada la parte delantera de la cabeza y daba la impresión de habérsela empolvado, nada menos. Sin embargo, no era un petimetre. La oscura chaqueta sería de seda, pero la cubría el mismo tipo de peto verde apagado que el de los soldados rasos. Los ojos inexpresivos denotaron dureza al examinar a Melitene y Mylen, y a los Ogier. El semblante no le cambió cuando volvió la mirada hacia Karede.
—Lord Mat nos describió esa armadura —dijo con un modo de hablar aún más rápido y comiéndose más palabras que los altaraneses—. ¿A qué debemos el honor de una visita de la Guardia de la Muerte?
¿Lord Mat? Por la Luz bendita, ¿quién era lord Mat?
—Furyk Karede —se presentó—. Deseo hablar con un hombre que se hace llamar Thom Merrilin.
—Talmanes Delovinde —se presentó a su vez el hombre, actuando por fin con cortesía—. ¿Queréis hablar con Thom? Bien, no veo nada malo en ello. Os llevaré hasta él.
Karede taconeó a Aldazar para seguir a Delovinde. El hombre no había mencionado lo que era obvio, que a él y los otros no se les permitiría marcharse para que no llevaran la noticia de la ubicación del ejército. Tenía algo de modales. O no les permitirían marcharse a no ser que su plan absurdo funcionara. Musenge le daba sólo una posibilidad de éxito de cada diez, y una de cada cinco de conservar la vida. Personalmente calculaba unos porcentajes más grandes en contra, pero tenía que intentarlo. Y la presencia de Merrilin hablaba a favor de la presencia de la Augusta Señora.
Delovinde desmontó delante de una curiosa escena doméstica entre los árboles, gente en banquetas de campaña o en mantas alrededor de un pequeño fuego, al pie de un anchuroso roble, donde se calentaba un recipiente con agua. Karede desmontó e indicó a los guardias y a Ajimbura que hicieran otro tanto. Melitene y Mylen siguieron en sus monturas para aprovechar la ventaja de la altura. Entre la gente se encontraba nada menos que la señora Anan, que había sido propietaria de la posada donde él se hospedaba en Ebou Dar; la mujer estaba sentada en una banqueta de tres patas y leía un libro. Ya no llevaba uno de esos vestidos escotados que tanto le había gustado contemplar, pero del ceñido collar seguía colgando el pequeño cuchillo enjoyado sobre el imponente busto. La mujer cerró el libro y le dirigió un leve cabeceo como si acabara de regresar a La Mujer Errante tras estar ausente unas pocas horas. Los ojos de color avellana se mostraban muy sosegados. Quizás el complot era más complejo de lo que el Buscador Mor había pensado.
Un hombre alto, delgado, de cabello blanco y bigotes casi tan largos como los de Hartha, se hallaba sentado con las piernas cruzadas en una manta de rayas, a un lado de un tablero de guijas y enfrente de una mujer esbelta que llevaba el cabello tejido en multitud de trencillas rematadas con cuentas. El hombre enarcó una ceja al ver a Karede, sacudió la cabeza y volvió a estudiar atentamente el tablero cuadriculado. Por su parte, la mujer le asestó una mirada de puro odio; a él y a los que lo acompañaban. Un viejo sarmentoso de largo cabello blanco estaba acomodado en otra manta con un crío notablemente feo y jugaban a algo sobre un trozo de paño rojo que llevaba un dibujo reticular de rayas negras semejante a una telaraña. Se sentaron erguidos y el chico observó a los Ogier con interés mientras el hombre dejaba cernida en el aire una mano como si fuera a asir un cuchillo guardado dentro de la chaqueta. Un hombre peligroso; y precavido. Quizás era Merrilin.
Dos hombres y dos mujeres sentados juntos en banquetas de campaña se encontraban charlando cuando Karede llegó donde estaba el grupo; pero, al acercarse, una de las mujeres, de semblante severo, se puso de pie y clavó los azules ojos en los suyos casi como si lo desafiara. Portaba una espada colgada de una ancha correa de cuero que llevaba en bandolera, como lo hacían algunos marinos. Llevaba muy recortado el pelo, aunque no al estilo de la Sangre baja, y tenía las uñas cortas y ninguna lacada, pero estaba seguro de que era Egeanin Tamarath. Un tipo corpulento, con el cabello tan corto como ella y una de esas raras barbas illianas, se puso de pie a su lado, con una mano sobre la empuñadura de una espada corta; lo miraba fijamente, como si quisiera secundar el desafío de la mujer. La otra mujer, bonita, de cabello largo y oscuro y la boca semejante a un capullo de rosa, se puso de pie; durante un instante pareció que caería de rodillas, postrada, pero después se irguió y lo miró directamente a los ojos. El último hombre, un tipo delgado con un extraño gorro rojo, que parecía tallado en madera oscura soltó una risotada y la rodeó con los brazos. La mirada entre risueña y burlona que le asestó a Karede podría haberse descrito como triunfal.
—Thom —dijo Delovinde—, éste es Furyk Karede. Quiere hablar con un hombre que «se hace llamar» Thom Merrilin.
—¿Conmigo? —inquirió el hombre delgado de cabello blanco, y se incorporó torpemente. Parecía que tenía la pierna derecha un poco rígida. ¿Alguna antigua herida mal curada, tal vez?—. Pero no «me hago llamar» Thom Merrilin. Es mi nombre, aunque me sorprende que lo sepáis. ¿Qué queréis de mí?
Karede se quitó el yelmo; pero, antes de abrir la boca, una mujer bonita con grandes ojos marrones se adelantó precipitadamente, seguida de otras dos. Las tres tenían esos semblantes Aes Sedai que en un momento aparentaban veinte años y al siguiente el doble, y al otro, una cifra entre medias. Resultaba desconcertante.
—¡Ésa es Sheraine! —gritó la mujer bonita, fija la vista en Mylen—. ¡Soltadla!
—No lo entiendes, Joline —le dijo una de las mujeres que estaba con ella, enfadada. De labios finos y nariz ancha, parecía capaz de partir piedras a mordiscos—. Ya no es Sheraine. Nos habría traicionado si se le hubiese presentado la ocasión.