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Él le hizo una reverencia ceremoniosa. Su modo de hablarle le indicaba que seguía estando bajo el velo.

—Mil perdones, Augusta Señora. Lo perdí todo en el Gran Incendio de Sohima.

—Eso significa que la guardasteis durante diez años. Os doy mis condolencias por la pérdida de vuestra esposa y de vuestro hijo, aunque él sucumbió valerosamente y tuvo una buena muerte. Pocos hombres entrarían en un edificio en llamas una vez. Él salvó a cinco personas antes de que el fuego lo superara.

Karede sintió un nudo en la garganta. Se había interesado en saber de su vida. Sólo fue capaz de hacer otra reverencia, ésta más pronunciada.

—Basta de eso —masculló Cauthon—. Vais a terminar por golpearos la cabeza contra el suelo si seguís así. Tan pronto como ella y Selucia hayan recogido sus cosas, os las llevaréis fuera de aquí y cabalgaréis a galope tendido. Talmanes, pon en pie a la Compañía. No es que no me fíe de vos, Karede, pero creo que dormiré más tranquilo al otro lado de la Hoz.

—Matrim Cauthon es mi esposo —dijo la Augusta Señora con voz alta y clara. Todo el mundo se quedó petrificado en el sitio—. Matrim Cauthon es mi esposo.

Karede sintió como si Hartha lo hubiese pateado otra vez. No, Hartha, no. Aldazar. ¿Pero qué locura era aquélla? Cauthon tenía el aspecto del hombre que ve llegar volando una flecha hacia la cara y sabe que no va a poder esquivarla.

—El jodido Matrim Cauthon es mi esposo. Es ésa la palabra que utilizas, ¿verdad?

Esto tenía que ser un sueño producto de la fiebre.

Tuvo que pasar un minuto antes de que Mat fuera capaz de hablar. Así se abrasara, pero pareció que pasaba una hora antes de que fuera capaz de moverse. Cuando lo consiguió, se quitó el sombrero de golpe, se plantó delante de Tuon en dos zancadas y asió las riendas de la cuchilla. Ella lo miraba desde su posición ventajosa, fría como cualquier reina en su jodido trono. Todas esas batallas con los puñeteros dados rodando dentro de su cabeza, todas esas escaramuzas y ataques, y se tenían que parar cuando ella decía esas pocas palabras. Bueno, al menos esta vez sabía lo que había ocurrido y que era jodidamente fatídico para Mat Cauthon.

—¿Por qué? Bueno, sabía que lo dirías antes o después, pero ¿por qué ahora? Me gustas, puede que sea más que eso, y disfruto besándote —le pareció que Karede soltaba un gruñido ahogado—, pero no te has comportado como una mujer enamorada. La mitad del tiempo eres fría como el hielo y la otra mitad te la pasas casi siempre chinchándome.

—¿Enamorada? —Tuon parecía sorprendida—. Tal vez lleguemos a amarnos, Matrim, pero siempre he sabido que me casaría para servir al imperio. ¿Qué quieres decir con que sabías que iba a decirlo antes o después?

—Llámame Mat. —Sólo lo llamaba Matrim su madre, cuando estaba metido en un lío. Y sus hermanas, cuando le iban con cuentos a su madre para meterlo en líos.

—Tu nombre es Matrim. ¿Qué querías decir?

Mat suspiró. Esa mujer nunca pedía mucho. Sólo hacer las cosas a su modo. Igual que casi todas las mujeres que conocía.

—Pasé a través de un ter’angreal a otro lugar, puede que a otro mundo. La gente de allí no es realmente gente, tienen aspecto de serpientes, pero responden a tres preguntas que uno les haga y sus respuestas siempre son verdad. Una de las respuestas que me dieron fue que me casaría con la Hija de las Nueve Lunas. Pero tú no has respondido a mi pregunta. ¿Por qué ahora?

Una leve sonrisa asomó a los labios de Tuon, que se inclinó sobre la silla. ¡Y le atizó un fuerte capón!

—Tus supersticiones ya son excesivas, Matrim, pero no te toleraré mentiras. Un embuste divertido, pero sigue siendo un embuste.

—La Luz sabe que es cierto —protestó mientras se calaba el sombrero. A lo mejor lo resguardaba un poco—. Podrías descubrirlo por ti misma si fueras capaz de mantener una charla con una Aes Sedai. Podrían hablarte de los alfinios y los elfinios.

—Podría ser verdad —intervino Edesina como si pensara que sería una ayuda—. Se puede llegar hasta los alfinios a través de un ter’angreal que hay en la Ciudadela de Tear, según tengo entendido, y se supone que ofrecen respuestas verdaderas. —Mat le asestó una mirada feroz. Pues menuda ayuda era con su «según tengo entendido» y su «se supone». Tuon siguió mirándolo fijamente como si Edesina no hubiese abierto la boca.

—Yo he contestado tu pregunta, Tuon, así que responde tú a la mía.

—¿Sabes que las damane pueden decir la buenaventura? —Le dirigió una mirada severa, seguramente porque esperaba que él dijera que era una superstición, pero Mat se limitó a asentir con un seco cabeceo. Había Aes Sedai que podían pronosticar el futuro. ¿Por qué no iban a hacerlo las damane?—. Le pedí a Lidya que me dijera la mía justo antes de desembarcar en Ebou Dar. Esto es lo que dijo: «Guardaos del zorro que hace levantar el vuelo a los cuervos, porque os desposará y os llevará lejos. Guardaos del hombre que recuerda el rostro de Artur Hawkwing, porque os desposará y os liberará. Guardaos del hombre de la mano roja, porque os desposaréis con él y con ningún otro». Fue tu anillo lo primero que atrajo mi mirada. —Mat toqueteó el sello de manera inconsciente y ella sonrió. Un atisbo, pero sonrisa al fin y al cabo—. Un zorro que aparentemente espantaba a dos cuervos y los hacía alzar el vuelo y nueve medias lunas. Sugerente, ¿no crees? Y ahora mismo has realizado la segunda parte, así que supe con certeza que eras tú.

Selucia dejó escapar un sonido gutural y Tuon le dijo algo moviendo los dedos. La mujercita de generosos senos se apaciguó y se ajustó el pañuelo de la cabeza, pero la mirada que asestó a Mat tendría que haber ido acompañada por una daga en la mano.

Rió con desgana. ¡A tomar vientos! El anillo era un ensayo de un tallista y lo había comprado sólo porque se le quedó encajado en el dedo; si consiguiera sacarse de la cabeza a esas jodidas serpientes se quedaría sin el recuerdo del semblante de Hawkwing, junto con todos los demás recuerdos del pasado; y, sin embargo, esas cosas le habían proporcionado una esposa. La Compañía de la Mano Roja jamás habría existido sin esos antiguos recuerdos de batallas.

—Me parece que ser ta’veren funciona conmigo tanto como con cualquier otro. —Por un instante había creído que iba a darle otro capón y le ofreció la mejor de sus sonrisas—. ¿Otro beso antes de que te vayas?

—No estoy de humor en este momento —repuso fríamente ella. Había reaparecido el juez de la horca. Todos los prisioneros debían ser condenados de inmediato—. Tal vez más tarde. Podrías regresar a Ebou Dar conmigo. Ahora tienes un lugar de honor en el imperio.

No vaciló ni un instante antes de sacudir la cabeza. No había lugar de honor aguardando a Leilwin ni a Domon, no lo había en absoluto para las Aes Sedai ni para la Compañía.

—La próxima vez que vea seanchan, va a ser en algún campo de batalla, Tuon. —Maldición, sería así. Por lo visto su vida seguía ese derrotero, hiciera lo que hiciera él—. Tú no eres mi enemiga, pero el imperio lo es.

—Tampoco tú eres mi enemigo, esposo —repuso fríamente Tuon—, pero vivo para servir al imperio.

—Bien, supongo que lo mejor será que recojas tus cosas… —Dejó la frase en el aire al oír la trápala de los cascos de un caballo que se acercaba.

Vanin sofrenó al rucio desgarbado junto a Tuon, miró a Karede y a los otros Guardias de la Muerte, y luego escupió por la mella antes de apoyarse en la alta perilla de la silla de montar.

—Hay unos diez mil soldados en una villa situada unas cinco millas al oeste de aquí —informó el hombre gordo a Mat—. Sólo un hombre seanchan, que haya podido enterarme. Los demás son altaraneses, taraboneses, amadicienses. Todos montados. La cosa es que andan preguntando por tipos con armaduras como ésa. —Señaló con un gesto de la cabeza a Karede—. Y cuentan que aquel de ellos que mate a una chica que, según la descripción, se parece un montón a la Augusta Señora, ganará cien mil coronas de oro. Babean sólo de pensarlo.