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—Puedo atravesar sus líneas sin que se den cuenta —afirmó Karede. Su rostro franco tenía una expresión paternal. La voz sonaba como una espada al desenvainarse.

—¿Y si no podéis? —inquirió quedamente Mat—. Es imposible que su presencia aquí sea por casualidad. Eso es que han husmeado algún rastro vuestro. Podría ocurrir que sólo hiciera falta olisquear algo más para que consigan matar a Tuon.

—¿Acaso os proponéis no cumplir lo acordado? —El semblante de Karede se había ensombrecido. Una espada que podría utilizarse en cualquier momento. Lo peor era que Tuon lo observaba como ese juez de la horca. Maldición, si ella moría algo se marchitaría en su interior. Y la única forma de impedirlo, de asegurarse de que no pasaría, era hacer lo que odiaba más aún que trabajar. Hubo un tiempo en el que había creído que librar batallas, por mucho que odiara hacerlo, seguía siendo mejor que trabajar. Que la cifra de muertos rondara los novecientos en el espacio de unos pocos días le había hecho cambiar de opinión.

—No —contestó—. Se va con vos. Pero me dejaréis una docena de vuestros Guardias de la Muerte y algunos Jardineros. Si voy a quitaros de encima a ese ejército, los necesito para que crean que soy vos.

Tuon dejó la mayoría de los vestidos que Matrim le había comprado ya que tenían que viajar ligeros de equipaje. El pequeño ramillete de capullos de rosa hechos de seda que le había regalado lo guardó en las alforjas, plegado y envuelto en un paño de lino, con tanto cuidado como si fuera de cristal soplado. No se despidió de nadie excepto de la señora Anan —iba a echar de menos sus discusiones— así que Selucia y ella estuvieron listas enseguida para ponerse en marcha. Mylen sonrió de oreja a oreja al verla y no tuvo más remedio que dar unas palmaditas en la cabeza a la pequeña damane. Al parecer se había extendido la noticia de lo ocurrido, porque mientras cruzaba el campamento a caballo, con la escolta de los Guardias de la Muerte, hombres de la Compañía se pusieron de pie y le hicieron reverencias. Se parecía mucho a pasar revista a los regimientos en Seandar.

—¿Qué os parece él? —le preguntó a Karede una vez que hubieron dejado atrás a los soldados y se pusieron a medio galope. No hacía falta aclarar a qué «él» se refería.

—No soy quién para opinar sobre nadie, Augusta Señora —repuso seriamente. Giraba la cabeza a uno y otro lado para escudriñar los árboles que había en derredor—. Sirvo al imperio y a la emperatriz, así viva para siempre.

—Como hacemos todos, oficial general. Pero os pido que deis vuestra opinión.

—Un buen general, Augusta Señora —contestó sin vacilar—. Valiente, pero no en demasía. No se arriesgará a que lo maten sólo para demostrar lo arrojado que es, creo. Y es… contemporizador. Un hombre con muchas capas. Y si me disculpáis, Augusta Señora, un hombre enamorado de vos. Vi cómo os miraba.

¿Enamorado de ella? Tal vez. Creía que podría llegar a amarlo. Su madre había amado a su padre, se decía. ¿Un hombre de muchas capas? ¡Matrim Cauthon hacía que, en comparación, una cebolla pareciera una manzana! Se pasó la mano por la cabeza. Aún no se había acostumbrado a notarse pelo en el cuero cabelludo.

—Lo primero será rasurarme la cabeza.

—Quizá sería mejor esperar a llegar a Ebou Dar, Augusta Señora.

—No —contestó suavemente—. Si he de morir, moriré siendo quien soy. Me he quitado el velo.

—Como digáis, alteza. —Sonriente, saludó golpeando con el puño sobre el corazón con fuerza suficiente para que el metal del guantelete resonara al chocar contra el peto—. Si hemos de morir, moriremos siendo quienes somos.

37

Príncipe de los cuervos

Apoyado en la alta perilla de la silla de montar, con la ashandarei inclinada sobre el cuello de Puntos, Mat miró al cielo con el entrecejo fruncido. Si Vanin y esos Guardias de la Muerte no volvían pronto, podría encontrarse librando una batalla con el sol de cara a los ballesteros o, peor aún, al crepúsculo. Lo peor de todo era que al este, por encima de las montañas, surgían amenazadoramente unos negros nubarrones. El viento racheado soplaba del norte. No sería de ayuda. La lluvia pondría a la comadreja en el gallinero. Las cuerdas de los arcos salían malparadas con la lluvia. Bueno, si por fin llovía todavía faltaban unas horas para eso, con suerte, pero no recordaba que su buena suerte le hubiera evitado nunca acabar empapado por un aguacero. No se había atrevido a esperar hasta el día siguiente. A esos tipos que iban a la caza de Tuon podría llegarles otro husmeo del rastro de Karede y sus hombres, y entonces tendría que tender una emboscada o intentar un ataque y llevarlo a cabo antes de que alcanzaran a Karede. Era mejor atraerlos hacia su posición, a un lugar elegido por él. Encontrar el sitio adecuado no había sido difícil, entre la colección de mapas de maese Roidelle por un lado y Vanin y los otros exploradores por el otro.

Aludra se movía atareada alrededor de uno de sus altos tubos lanzadores forrados de metal; las trencillas rematadas en cuentas le tapaban la cara mientras examinaba algo en la ancha base de madera. Ojalá hubiera accedido a quedarse con las bestias de carga, como Thom y la señora Anan. Hasta Noal se había quedado de buen grado, aunque sólo fuera para ayudar a Juilin y Amathera a que Olver no les diera esquinazo para ir a presenciar la batalla. El muchacho se moría de ganas por verlo, lo que podía conducir a que acabara realmente muerto. Las cosas ya iban suficientemente mal cuando sólo Harnan y los otros tres habían malcriado a Olver, pero ahora tenía a la mitad de los hombres enseñándole a manejar una espada o una daga o a combatir con las manos y los pies, y, al parecer, llenándole la cabeza con historias de héroes a juzgar por la forma en la que se había estado comportando, suplicando que lo dejara ir con él en los ataques y acciones por el estilo. Aludra era casi igual de problemática. Cualquiera podría haber usado uno de esos mixtos para encender la mecha una vez que ella hubiera cargado el tubo, pero había insistido en hacerlo personalmente. Y Aludra era una mujer con un genio endemoniado, vaya que sí, y no le hacía pizca de gracia estar en el mismo bando que los seanchan, por transitorio que fuese el pacto. Le parecía mal que vieran parte de sus creaciones sin encontrarse en la parte que recibía. Leilwin y Domon estaban en sus caballos sin quitarle ojo a la mujer, tanto para asegurarse de que no hiciera una tontería como para protegerla. Mat esperaba que la tontería no la hiciera Leilwin. Ya que, por lo visto, sólo había un seanchan con la gente contra la que iban a luchar ese día, había decidido que no había nada malo en que estuviera allí, y por las miradas feroces que dirigía a Musenge y a los otros Guardias de la Muerte, daba la impresión de que creía que tenía algo que demostrarles.

Las tres Aes Sedai, de pie y con las riendas en la mano, también dirigían miradas sombrías a los seanchan, al igual que Blaeric y Fen, que acariciaban las empuñaduras de las armas tal vez de forma inconsciente. Joline y sus dos Guardianes habían sido los únicos que se habían horrorizado porque Sheraine se había marchado voluntariamente con Tuon —lo que pensaba una Aes Sedai sobre cualquier asunto solía ser lo que pensaban también sus Guardianes—, pero el recuerdo de estar atadas a la correa debía de estar muy reciente aún para que Edesina o Teslyn se sintiesen cómodas habiendo soldados seanchan cerca. Bethamin y Seta aguardaban de pie, en actitud respetuosa, con las manos enlazadas sobre la cintura, un poco separadas de las hermanas. El albazano de Bethamin le dio con el hocico en el hombro y la mujer alta, de piel atezada, empezó a alzar la mano para acariciar al animal, aunque la bajó bruscamente y adoptó de nuevo la postura respetuosa de antes. Ellas no tomarían parte en la lucha. Eso lo habían dejado muy claro Joline y Edesina, pero a pesar de todo parecían querer tener a las dos mujeres a la vista para asegurarse de que fuera así. Era obvio que las seanchan miraban a cualquier sitio excepto a los soldados seanchan. A decir verdad, Bethamin, Seta y Leilwin era como si no existieran en lo que atañía a Musenge y esa pandilla. Maldición, había tanta tensión en el aire que casi podía sentir de nuevo aquel nudo corredizo en el cuello.