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—¿Ha conseguido Turan una cifra precisa de los hombres que salieron de esas montañas para unirse a Ituralde cuando éste penetró en Arad Doman, Yamada?

Efraim Yamada también iba tiznado con cenizas puesto que era de la Sangre —aunque fuera de la Sangre baja— y llevaba el cabello cortado al estilo tazón y cola en vez de una estrecha cresta a través del cuero cabelludo, por lo demás, completamente afeitado. Sólo los plebeyos que había alrededor de la mesa, fuera cual fuera el rango, no las llevaban. Yamada, canoso y alto, ancho de hombros y caderas estrechas, con el peto azul y dorado, aún conservaba parte de su atractivo juvenil.

—Informa de al menos cien mil, capitán general. Puede que un cincuenta por ciento más de esa cifra.

—¿Y cuántos salieron después de que Turan cruzó la frontera?

—Posiblemente doscientos mil, capitán general.

Galgan suspiró y se puso derecho.

—Así que Turan tiene un ejército por delante y otro detrás, seguramente toda la fuerza de Arad Doman, y entre los dos está en desventaja numérica.

¡El muy necio! ¡Exponiendo lo que era relevantemente obvio!

—¡Turan tendría que haber arramblado con todas las espadas y lanzas de Tarabon! —espetó Suroth—. ¡Si sobrevive a esta catástrofe pagará con su cabeza!

Galgan la miró y enarcó una ceja canosa.

—Dudo mucho que Tarabon sea tan leal como para aguantar eso ahora mismo —replicó secamente—. Además, tiene damane y raken. Deberían poder contrarrestar su inferioridad numérica. Y, hablando de damane y raken, he firmado la orden de ascender a Tylee Khirgan a teniente general y a la Sangre baja, ya que vos habéis vacilado en hacerlo, así como la orden de mandar a la mayoría de esos raken de vuelta a Amadicia y Altara. Chisen no ha encontrado todavía a quienquiera que organizara esa pequeña confusión en el norte, y no me gusta la idea de que quienquiera que fuera esté al acecho para aparecer de golpe en cuanto Chisen vuelva a la Brecha de Molvaine.

Suroth resopló y asió la falda plisada azul entre los puños prietos antes de conseguir dominarse. ¡No dejaría que ese hombre la hiciera demostrar emociones!

—Os estáis extralimitando, Galgan —dijo fríamente—. Yo tengo el mando de los Precursores y, por ahora, tengo el mando del Retorno, de modo que no firmaréis órdenes sin mi aprobación.

—Teníais el mando de los Precursores, que ahora forman parte del Retorno —repuso sosegadamente el hombre, y Suroth saboreó una amarga hiel. Las noticias llegadas del imperio lo habían envalentonado. Con la emperatriz muerta, Galgan se proponía ser el primer emperador en una historia de novecientos años. Al parecer iba a tener que morir por la noche—. En cuanto a que tengáis el mando del Retorno… —Se interrumpió al sonido de botas pesadas en el corredor.

De repente, Guardias de la Muerte, equipados con armadura y la mano sobre la empuñadura de la espada, ocuparon el umbral. Las duras miradas recorrieron la estancia, escrutadoras, bajo los yelmos rojos y verdes. Sólo cuando se sintieron satisfechos se apartaron de la entrada y dejaron a la vista el corredor lleno de Guardias de la Muerte, humanos y Ogier. Suroth apenas reparó en ellos. Sólo tenía ojos para la pequeña mujer de oscura tez, afeitada la cabeza, ataviada con un vestido azul plisado y las mejillas embadurnadas de ceniza. Las noticias corrían de boca en boca por toda la ciudad. Ella no habría podido llegar a palacio sin enterarse de la muerte de su madre, de la muerte de su familia, pero su semblante era una máscara adusta. Suroth cayó de hinojos al suelo en un gesto automático. A su alrededor la Sangre hizo otro tanto mientras los plebeyos se postraban.

—Bendita sea la Luz por haberos traído sana y salva de vuelta, alteza —dijo en un coro con el resto de la Sangre. De modo que Elbar había fracasado. Daba igual. Tuon no tomaría el nuevo nombre ni se convertiría en emperatriz hasta que hubiese acabado el duelo. Todavía podía morir y dejar libre el camino para una nueva emperatriz.

—Mostradles lo que el capitán Musenge me trajo, oficial general Karede —ordenó Tuon.

Un hombre alto con tres largas plumas oscuras en el yelmo se agachó para sacar con cuidado el bulto que había dentro de un saco de lona, que dejó caer en las baldosas verdes. El repulsivo hedor a podrido empezó a extenderse por la estancia. Después se adelantó y se paró delante de Suroth.

Le costó un momento reconocer la nariz ganchuda de Elbar en aquel amasijo de carne putrefacta, pero no bien lo hizo cayó de bruces, postrada sobre las baldosas. Pero no con desesperación. Podría recuperarse de aquello. A no ser que hubieran sometido a interrogatorio a Elbar.

—Mis ojos están bajos, alteza, porque uno de los míos os haya ofendido hasta el punto de tener que pagarlo con su cabeza.

—Ofendido. —Tuon parecía calibrar las palabras—. Sí, podría decirse que me ofendió. Intentó matarme.

Las exclamaciones ahogadas resonaron por toda la estancia y, antes de que Suroth tuviera tiempo siquiera de abrir la boca, el oficial general de la Guardia de la Muerte le plantó una bota en el trasero al tiempo que asía la cresta y tiraba hacia atrás, levantándole el tronco del suelo. No se resistió. Eso sólo habría incrementado la deshonra.

—Mis ojos están profundamente bajos porque uno de los míos fuera un traidor, alteza —dijo con voz enronquecida. Ojalá hubiera sido capaz de hablar con naturalidad, pero el maldito hombre le tenía la espalda doblada hacia atrás hasta el punto de que lo milagroso era que pudiera hablar—. De haberlo sospechado lo habría sometido a interrogatorio yo misma. Pero si intentó involucrarme, alteza, entonces es que mintió para ocultar a su verdadero señor. Albergo ciertas ideas al respecto que compartiré con vos en privado, si se me permite. —Con un poco de suerte le cargaría el muerto a Galgan. El hecho de que hubiese usurpado su autoridad contribuiría a reforzar la teoría.

Tuon miraba por encima de la cabeza de Suroth. Sus ojos buscaron la mirada de Galgan, la de Abaldar y Yamada, la de todos los presentes de la Sangre, pero no la de Suroth.

—Es de sobra sabido que Zaired Elbar era el hombre de Suroth. No hacía nada que ella no ordenara. En consecuencia, Suroth Sabelle Meldarath no existe ya. Esta da’covale servirá a los Guardias de la Muerte en lo que ellos tengan a bien mandar hasta que el cabello le crezca suficiente para estar decente cuando se la envíe al mercado de esclavos para venderla como propiedad.

Suroth ni siquiera pensó en el cuchillo que tenía intención de utilizar para cortarse las venas, un cuchillo que estaba en sus aposentos, fuera de su alcance. Era incapaz de pensar en nada. Se puso a chillar, a lanzar un aullido ininteligible, antes de que empezaran siquiera a despojarla de la ropa cortándola en pedazos.

El sol andoreño resultaba cálido después de Tar Valon. Pevara se quitó la capa y se puso a atarla detrás de la silla de montar mientras el acceso se cerraba con un parpadeo; la arboleda Ogier de Tar Valon desapareció. Ninguna había querido que las vieran marcharse. Regresarían a la arboleda por la misma razón a no ser que las cosas fueran muy mal. En cuyo caso muy bien podía ocurrir que no regresaran jamás. Había pensado que esta tarea la debía llevar a cabo alguien en quien se combinaran unas habilidades diplomáticas de máximo nivel y el coraje de un león. Bueno, ella no era cobarde; al menos eso sí podía decirlo de sí misma.

—¿Dónde aprendiste el tejido para vincular un Guardián? —preguntó de repente Javindhra mientras guardaba su capa de manera similar.