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Siuan contuvo un respingo a duras penas. Había planeado llevar a cabo una pequeña búsqueda en el Tel’aran’rhiod. Cada vez que iba a la Torre en el Mundo de los Sueños era una mujer distinta con un vestido diferente en cada ocasión que doblaba una esquina, pero tendría que ser más cautelosa de lo habitual.

—Oponerse a un rescate es comprensible, supongo, incluso loable (nadie quiere más hermanas muertas), pero muy arriesgado —prosiguió Lelaine—. Así que ¿ni juicio ni castigo con vara? ¿A qué estará jugando Elaida? ¿De verdad cree que va a hacerla que continúe como Aceptada? Es absurdo. —Sin embargo hizo un leve asentimiento de cabeza, como si se lo planteara.

Aquello iba tomando un rumbo peligroso. Si las hermanas se convencían de que sabían dónde podría encontrarse Egwene, crecía la probabilidad de que alguien intentara sacarla, ni que hubiera Aes Sedai de guardia ni que no. Intentarlo en el sitio equivocado podía ser tan peligroso como hacerlo en el correcto, si no más. Y, lo que era peor, Lelaine estaba pasando por alto algo.

—Egwene ha convocado a sesión a la Antecámara. ¿Vas a ir? —preguntó con acritud. Le respondió un silencio reprobador y sintió que las mejillas le ardían otra vez. Algunas cosas estaban arraigadas en el tuétano.

—Naturalmente que iré —dijo por fin Lelaine. Una afirmación terminante, pero había habido una pausa—. Toda la Antecámara irá. Egwene al’Vere es la Sede Amyrlin y tenemos ter’angreal del sueño de sobra. Quizá nos explique cómo cree que puede aguantar si Elaida ordena que se la quebrante. Me encantaría saberlo.

—Entonces ¿a qué venía la pregunta de serte leal?

En lugar de contestar, Lelaine reanudó el tranquilo paseo bajo la luz de la luna mientras se arrebujaba en el chal. Burin la siguió; un león medio invisible en la noche. Siuan se apresuró para alcanzarla, dando tirones de las riendas a Dama de Noche al tiempo que esquivaba los intentos de la yegua de darle hocicadas en la mano de nuevo.

—Egwene al’Vere es la legítima Sede Amyrlin —respondió al fin Lelaine—. Hasta que muera. O se la neutralice. Si cualquiera de las dos cosas pasara, volveríamos a las intentonas de Romanda de alcanzar la Vara y la Estola, y a mí empeñada en impedírselo. —Resopló—. Esa mujer sería una calamidad igual o peor que Elaida. Por desgracia, tiene suficiente apoyo para obstaculizarme también. Volveríamos a eso, sólo que si Egwene muere o la neutralizan, tú y tus amigas me seréis tan leales como lo habéis sido con Egwene. Y me ayudaréis a conseguir el nombramiento como Sede Amyrlin en contra de Romanda.

Siuan sintió como si el estómago se le hubiera vuelto hielo. Ninguna Azul habría estado detrás de la primera traición, pero una Azul, al menos, tenía motivos ahora para traicionar a Egwene.

2

La mano del oscuro

Beonin se despertó al rayar el día, como tenía por costumbre, a pesar de que los faldones de la entrada dejaban entrar poca luz. Las costumbres eran buenas siempre y cuando fueran buenas costumbres, y ella había adquirido unas cuantas a lo largo de los años. El aire dentro de la tienda conservaba un resto del frío nocturno, pero no encendió el brasero. No pensaba quedarse mucho. Encauzó brevemente para encender el farol de latón y después calentó el agua de la jarra blanca vidriada y se lavó la cara en el palanganero desvencijado con el espejo lleno de burbujas. Todo lo que había dentro de la tienda circular era inestable, desde la minúscula mesa hasta el catre estrecho, y el único mueble resistente era una silla de respaldo bajo, tan tosca que parecía sacada de la cocina de una humilde granja. Sin embargo estaba acostumbrada a apañárselas. No todos los juicios que había emitido allí donde se le había encomendado hacerlo habían sido en palacios. Hasta la aldehuela más humilde merecía que se hiciera justicia. Había dormido en graneros e incluso en cobertizos para que eso se cumpliera.

Con lentitud, se puso el mejor traje de montar que tenía allí, uno liso de seda en color gris que estaba muy bien cortado, y se calzó las cómodas y calientes botas que le llegaban a la rodilla, tras lo cual se puso a cepillarse el cabello dorado oscuro con un cepillo que tenía el mango y la parte posterior de marfil y que había pertenecido a su madre. La imagen reflejada en el espejo se veía ligeramente distorsionada y, por alguna razón, eso la irritaba esa mañana.

Alguien llamó en el faldón de la entrada rascando con los dedos.

—Desayuno, Aes Sedai, si dais vuestro permiso —dijo alegremente un hombre con acento murandiano.

Soltó el cepillo y se abrió a la Fuente.

No tenía criada personal, por lo que con frecuencia una cara nueva le llevaba las comidas, pero recordaba al hombre robusto y canoso de sonrisa permanente que entró al darle permiso, cargado con una bandeja cubierta con un paño blanco.

—Por favor, déjalo en la mesa, Ehvin —dijo al tiempo que soltaba el saidar, y sus palabras se vieron recompensadas con una sonrisa más amplia del hombre, una profunda reverencia por encima de la bandeja y otra más al marcharse. Demasiadas hermanas olvidaban las pequeñas cortesías para con quienes estaban por debajo de ellas. Esos detalles de educación eran el lubricante de la vida diaria.

Con una mirada carente de entusiasmo a la bandeja, reanudó la tarea de cepillarse el pelo, un ritual que repetía dos veces al día y que siempre le había resultado relajante. Sin embargo, esa mañana, en lugar de disfrutar al sentir deslizarse el cepillo por el pelo, se tuvo que obligar a completar las cien pasadas de rigor antes de dejar el cepillo en el palanganero, junto al peine a juego y un espejo de mano. Hubo un tiempo en el que habría podido dar clases de paciencia a las colinas, pero eso se había ido haciendo más y más difícil a partir de Salidar. Y casi imposible desde Murandy. De modo que se había ejercitado para habituarse a ello, igual que había hecho para ir a la Torre Blanca en contra del deseo expreso de su madre y como había hecho para aceptar la disciplina de la Torre, además de sus enseñanzas. De jovencita había sido obstinada, siempre aspirando a más. La Torre le había enseñado que podía lograr más si aprendía a controlarse, y se enorgullecía de esa habilidad.

Con autocontrol o sin él, ingerir sin prisas el desayuno de ciruelas cocidas y pan le resultó tan difícil como completar el ritual del cepillado. Las ciruelas eran pasas, y puede que incluso estuvieran pasadas, para empezar; las habían cocido hasta dejarlas hechas papilla, y estaba segura de que se le habían escapado unas cuantas de las motitas negras que se veían en la corteza del pan. Intentó convencerse de que cualquier cosa que le crujía entre los dientes era simplemente un grano de cebada o una semilla de centeno. Aquella no era la primera vez que había comido pan que tuviera gorgojos, pero tampoco era algo de lo que se pudiera disfrutar. El té tenía asimismo un regusto raro, como si también empezara a estropearse.

Cuando finalmente colocó de nuevo el paño blanco sobre la bandeja de madera tallada, estuvo a punto de soltar un suspiro. ¿Cuánto faltaba para que no quedara nada comestible en el campamento? ¿Estaría ocurriendo lo mismo en Tar Valon? Tenía que ser así. La mano del Oscuro estaba tocando el mundo, un pensamiento tan lúgubre como un campo sembrado de piedras dentadas. Pero la victoria llegaría. Se negaba a considerar otras opciones. El joven al’Thor era responsable de muchas cosas, de muchísimas, pero lo conseguiría —¡tenía que conseguirlo!— de algún modo. De algún modo. Pero el Dragón Renacido estaba fuera del ámbito de su competencia; lo único que podía hacer era contemplar desde lejos el desarrollo de los acontecimientos. Nunca le había gustado sentarse a un lado y mirar.