La ceja izquierda de la otra Gris se movió en un amago de enarcarse, que era tanto como si cualquier otra mujer arqueara ambas hasta casi la raíz del pelo. Las dos eran amigas, pero a Ashmanaille no debía de hacerle gracia que Phaedrine le quitara la palabra de la boca de esa forma.
—Un Asha’man podría descubrirlo, estoy convencida —fue todo lo que dijo, sin embargo.
Beonin dejó que le llegara la presencia de Tervail, el cual esperaba ahora detrás de ella, a sólo unos pocos pasos. El vínculo le transmitía un flujo constante de calma imperturbable y paciencia tan persistente como las montañas. Ojalá pudiera utilizarlo del mismo modo que recurría a su fortaleza física.
—Eso es poco menos que imposible, y no me cabe duda de que estarás de acuerdo conmigo —dijo con voz queda.
Romanda y las otras se habrían pronunciado a favor de esa «alianza» absurda con la Torre Negra, pero a partir de ese momento habían luchado como carreteros borrachos respecto a cómo implementarla, cómo redactar el acuerdo, cómo presentarlo, cada detalle desmenuzado, vuelto a unir y dividido de nuevo. Era algo condenado al fracaso, gracias a la Luz.
—He de irme —les dijo y se volvió para tomar las riendas de Pinzona que le tendía Tervail. El alto castrado zaino del Guardián era lustroso, potente y veloz, un corcel de guerra entrenado. Por el contrario su yegua marrón era achaparrada y lenta, pero siempre había preferido la resistencia a la velocidad. Pinzona podía seguir en marcha mucho después de que monturas más altas y poderosas se hubieran dado por vencidas. Con el pie ya en un estribo y agarrada con las dos manos a la silla, una en la perilla y la otra en el alto arzón, hizo una pausa—. Dos hermanas muertas, Ashmanaille, y ambas Azules. Busca hermanas que las conocieran y entérate de qué más tenían en común. Para localizar al asesino debes seguir las conexiones.
—Dudo mucho que conduzcan a los Asha’man, Beonin.
—Lo importante es dar con el asesino —repuso mientras se aupaba a la silla, e hizo volver grupas a Pinzona y la taconeó antes de que la otra mujer tuviera oportunidad de añadir algo. Un final brusco y descortés, pero no tenía más consejos que dar y ahora parecía que el tiempo apremiaba. El sol ya se había alzado sobre el horizonte y seguía ascendiendo. Después de tanto tiempo, éste apremiaba; ¡y cómo!
El trayecto hasta la zona de Viaje que se utilizaba para las salidas fue corto, pero había casi una docena de Aes Sedai que esperaban en fila fuera del alto cercado de lona, algunas con caballos, otras sin capa, como si esperaran encontrarse bajo techo dentro de poco, y una o dos llevaban puestos los chales por alguna razón. Alrededor de la mitad iba acompañada por Guardianes, varios de los cuales vestían las capas de colores cambiantes. En lo único en lo que todas las hermanas coincidían era que el brillo del saidar las envolvía. Por supuesto, Tervail no mostró sorpresa por su destino, pero no fue eso sólo, sino que el vínculo del Guardián siguió transmitiendo una calma constante. Confiaba en ella. Un relámpago plateado surgió dentro del cercado, y después de un espacio de tiempo suficiente para poder contar despacio hasta treinta, un par de Verdes que eran incapaces de abrir un acceso sin ayuda entraron juntas con cuatro Guardianes que conducían caballos. La costumbre en cuanto a la intimidad ya se había incorporado también al Viaje. A menos que alguna te permitiera ver cómo tejía un acceso, tratar de descubrir adónde se dirigía se consideraba tan indiscreto como preguntar directamente de qué asunto se ocupaba. Beonin esperó pacientemente montada en Pinzona y a su lado Tervail, altísimo a lomos de Martillo. Al menos allí las hermanas respetaron que llevara echada la capucha. O quizá tenían sus propios motivos para guardar silencio. En cualquier caso, no tuvo que hablar con nadie. En aquel momento le habría resultado insoportable.
La fila menguó rápidamente y a no tardar Tervail y ella desmontaron a la cabeza de una fila mucho más corta, con sólo tres hermanas. Tervail apartó a un lado el faldón de lona para que pasara ella primero. Colgada de palos altos, la lona del cercado cerraba un espacio cuadrado de casi veinte pasos de lado donde la helada nieve fangosa cubría el suelo, una superficie irregular con huellas de pisadas y de cascos de caballos que se montaban unas sobre otras, y marcada en el centro por una línea recta como filo de navaja. Todas usaban el centro. El suelo emitía un tenue brillo; quizás empezaba a deshelarse otra vez y se embarraría todo, bien que podría volver a helarse. La primavera tardaba más en llegar allí que en Tarabon, pero no faltaba mucho.
Tan pronto como Tervail soltó el faldón de la entrada, ella abrazó el saidar y tejió Energía casi de un modo acariciador. Ese tejido la fascinaba, la recuperación de algo que se creía perdido para siempre y sin lugar a dudas el mayor descubrimiento de Egwene al’Vere. Cada vez que lo tejía experimentaba esa sensación de maravilla, tan familiar de novicia e incluso de Aceptada, que no había vuelto a sentir desde que había alcanzado el chal. Algo nuevo y maravilloso. La plateada línea vertical apareció ante ella, justo encima de la marca del suelo, y de repente se convirtió en una brecha que se ensanchó dando la impresión de que lo que se veía a través rotaba hasta que tuvo ante sí un agujero cuadrado en el aire de más de dos pasos de alto por dos de ancho, y que daba a unos robles de gruesas ramas cargados de nieve. Una ligera brisa sopló a través del acceso y le agitó la capa. A menudo había disfrutado paseando por ese robledal o sentada en una de las ramas bajas leyendo durante horas, aunque nunca cuando estaba nevado.
Tervail no reconoció el sitio y pasó a través del acceso, espada en mano y tirando de las riendas de Martillo; los cascos del caballo levantaron polvo de nieve al pasar al otro lado. Los siguió un poco más despacio y, de mala gana, dejó que el tejido se disipara. Realmente era maravilloso.
Encontró a Tervail contemplando lo que se erguía por encima de las copas de los árboles a corta distancia, un pálido y grueso fuste que se alzaba contra el cielo. La Torre Blanca. Tenía el rostro impasible y el vínculo parecía rebosar quietud.
—Creo que planeas algo peligroso, Beonin. —Aún sostenía la espada en la mano, aunque la había bajado.
Ella posó la mano en el brazo izquierdo del hombre. Eso debería bastar para tranquilizarlo; jamás estorbaría el brazo con el que manejaba el arma si hubiera verdadero peligro.
—No más de lo que sea pre…
No acabó la frase; a unos treinta pasos de distancia, una mujer caminaba lentamente hacia ella, a través de los inmensos árboles. Antes tenía que haber estado detrás de un roble. La Aes Sedai llevaba un vestido pasado de moda, y llevaba el cabello blanco y largo peinado hacia atrás y recogido en una redecilla de plata adornada con perlas que le caía hasta la cintura. Era imposible. Sin embargo, aquella cara de rasgos firmes, ojos rasgados y oscuros y nariz aguileña era inconfundible. Inconfundible, pero Turanine Merdagon había muerto cuando Beonin era Aceptada. Entre un paso y el siguiente, la mujer desapareció.
—¿Qué ocurre? —Tervail giró rápidamente sobre sí mismo al tiempo que levantaba la espada y miró en la dirección en la que ella había estado mirando—. ¿Qué te ha asustado?
—El Oscuro está tocando el mundo —musitó. ¡Era imposible! Imposible, pero ella no era dada a las ilusiones y las fantasías. Había visto lo que había visto. El escalofrío que la sacudió no tenía nada que ver con estar metida en nieve hasta los tobillos. En silencio, elevó una plegaria. «Que la Luz ilumine todos mis días de vida. Que encuentre abrigo en la mano del Creador con la esperanza cierta y segura de salvación y renacimiento».