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Cuando le contó que había visto a una hermana que hacía más de cuarenta años que había muerto, Tervail no trató de desecharlo como una alucinación, sino que se limitó a musitar una plegaria entre dientes. No percibió que estuviera asustado, sin embargo. Ella lo estaba, y mucho, pero Tervail no. Los muertos no podían despertar miedo en un hombre que vivía cada día como si fuera el último para él. No se mostró optimista cuando le reveló lo que pensaba hacer. Bueno, al menos en parte. Lo hizo mientras se miraba en el espejo de mano y tejía con muchísimo cuidado. No era tan ducha con la Ilusión como le habría gustado. El rostro reflejado en el espejo cambió cuando el tejido actuó sobre él. No era un gran cambio, pero ya no era un semblante de Aes Sedai, no era el de Beonin Marinye, sólo el de una mujer que se parecía ligeramente a ella, aunque con el cabello bastante más claro.

—¿Quieres llegar hasta Elaida? —inquirió él, receloso. De repente el vínculo transmitió tensión—. Te propones acercarte y entonces deshacer la Ilusión, ¿verdad? Te atacará y… No, Beonin. Si hay que hacerlo, deja que me encargue yo. Hay demasiados Guardianes en la Torre para que los conozca a todos, y nunca esperaría que un Guardián la atacara. Puedo hincarle una daga en el corazón antes de que se dé cuenta de lo que pasa. —Como demostración, una pequeña daga apareció en la mano derecha del hombre con una rapidez relampagueante.

—Lo que he que hacer, lo haré yo misma, Tervail. —Invirtió la Ilusión y ató el tejido antes de preparar otros cuantos por si acaso las cosas salían mal. También invirtió ésos, y entonces empezó uno más, un tejido muy complejo que se puso a sí misma. Eso ocultaría su capacidad de encauzar. Siempre se había preguntado por qué con unos tejidos, como la Ilusión, no había problema para que actuaran sobre una misma mientras que con otros, como la Curación, era imposible conseguir que actuaran en el propio cuerpo. Cuando había planteado esa pregunta siendo Aceptada, Turanine había respondido con aquella voz memorable de timbre grave: «Igual podrías preguntar por qué el agua es húmeda y la arena seca, pequeña. Céntrate en lo que es posible y no en por qué hay cosas que no lo son». Un buen consejo, si bien nunca había conseguido aceptar la segunda parte. Los muertos caminaban. «Que la Luz ilumine todos mis días…» Ató el último tejido y se quitó el anillo de la Gran Serpiente, que guardó en la escarcela. Ahora podía encontrarse al lado de cualquier Aes Sedai sin que la reconociera por lo que era—. Siempre has confiado en mi criterio sobre lo que es mejor —añadió—. ¿Aún confías?

El semblante del hombre continuó tan impasible como el de una hermana, pero a través del vínculo le llegó una repentina conmoción.

—Por supuesto, Beonin.

—Entonces encárgate de Pinzona y ve a la ciudad. Alquila cuarto en una posada hasta que vaya a buscarte. —El hombre abrió la boca, pero Beonin alzó la mano en un gesto admonitorio—. Ve, Tervail.

Lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista entre los árboles conduciendo a los dos caballos por las riendas. Se volvió hacia la Torre. Los muertos caminaban. Pero lo único que importaba era llegar hasta Elaida. Sólo eso.

Las ráfagas de viento sacudían los vidrios de las ventanas. El fuego en el hogar de mármol blanco había caldeado el aire hasta el punto de que la humedad se había condensado en los cristales y se deslizaba como gotas de lluvia. Sentada detrás del escritorio dorado, con las manos enlazadas serenamente sobre el tablero, Elaida do Avriny a’Roihan, la Vigilante de los Sellos, la Llama de Tar Valon, la Sede Amyrlin, mantenía el semblante sosegado mientras escuchaba despotricar a la persona que tenía delante, un hombre encorvado de hombros que agitaba el puño.

—… ir atado y amordazado la mayor parte del viaje, confinado día y noche en un camarote que más merecía llamarse alacena! Por ello exijo que se castigue al capitán del barco, Elaida. Lo que es más, exijo una disculpa vuestra y de la Torre Blanca. ¡Así la Fortuna me clave su aguijón! ¡La Amyrlin ya no tiene derecho a secuestrar reyes! ¡La Torre Blanca no tiene derecho! Exijo que…

Volvía a repetirse otra vez. Ese hombre casi no hacía una pausa para respirar. Resultaba difícil mantener la atención puesta en él y los ojos de Elaida se desviaron hacia los coloridos tapices de las paredes, a las rosas rojas perfectamente arregladas sobre los pedestales blancos de las esquinas. Qué fastidioso mantener una aparente calma mientras aguantaba la diatriba, cuando lo que deseaba era incorporarse y darle una bofetada. ¡Qué audacia la de ese hombre! ¡Hablarle así a la Sede Amyrlin! Pero aguantar tranquilamente servía mejor a su propósito. Dejaría que se agotara él mismo.

Mattin Stepaneos den Balgar era musculoso y puede que de joven fuera guapo, pero los años no lo habían tratado bien. La barba blanca que dejaba descubierto el labio superior estaba pulcramente recortada, pero el pelo había desaparecido de la mayor parte del cuero cabelludo, la nariz estaba rota en más de un sitio y el gesto ceñudo profundizaba arrugas en el rostro arrebatado que no necesitaban marcarse más. La chaqueta de seda verde, con bordados en las mangas de las Abejas Doradas de Illian, se había cepillado y limpiado bien, a falta de una hermana que hiciera el trabajo encauzando, pero era la única chaqueta que había llevado en el viaje y no habían salido todas las manchas. El barco que lo transportaba había viajado lento y había llegado tarde el día anterior pero, por una vez, Elaida no se sentía disgustada por la tardanza de alguien. Sólo la Luz sabía qué desbarajuste habría hecho Alviarin si el hombre hubiera llegado según lo previsto. Esa mujer merecía ir al tajo del verdugo aunque sólo fuera por el berenjenal en el que había metido a la Torre, un atolladero del que tendría que sacarla ella, cuanto más por atreverse a coaccionar a la Sede Amyrlin.

Mattin Stepaneos se interrumpió bruscamente e incluso medio reculó un paso sobre la alfombra tarabonesa. Elaida borró el ceño de la cara. Pensar en Alviarin siempre le hacía poner ese gesto furibundo a menos que tuviera cuidado.

—¿Vuestros aposentos os parecen cómodos? —dijo para romper el silencio—. ¿Os parecen adecuados los sirvientes?

El hombre parpadeó ante el repentino cambio de tema.

—Las estancias son muy cómodas y los sirvientes adecuados —contestó en un tono mucho más comedido, tal vez por recordar el gesto ceñudo—. Aun así, yo…

—Vos deberíais estarle agradecido a la Torre, Mattin Stepaneos, y a mí. Rand al’Thor tomó Illian sólo unos días después de que salisteis de la ciudad. También se adueñó de la Corona de Laurel. La Corona de Espadas, fue el nombre que le puso. ¿Acaso pensáis que habría vacilado en cortaros la cabeza para tomarla? Sé que vos no habrías renunciado de forma voluntaria. Os he salvado la vida. —Ea. Así creería ahora que todo se había hecho en su propio beneficio.

El necio tuvo la temeridad de resoplar con desdén y se cruzó de brazos.

—Todavía no soy un viejo perro de caza desdentado, madre. He afrontado la muerte muchas veces defendiendo Illian. ¿Creéis que temo tanto a la muerte que preferiría ser vuestro «invitado» el resto de mi vida? —Con todo, era la primera vez que se dirigía a ella con el título adecuado desde que había entrado en la habitación.

La dorada caja ornamentada del reloj que había pegado contra la pared repicó y unas figurillas de oro, plata y esmalte se movieron en tres niveles. En el más alto, el que había por encima de la esfera del reloj, un rey y una reina se arrodillaron ante una Sede Amyrlin. A diferencia de la que reposaba sobre los hombros de Elaida, la estola de esa pequeña Amyrlin todavía llevaba siete colores. Aún no había tenido tiempo para mandar llamar al esmaltador. ¡Había tanto que hacer que era mucho más importante!

Ajustándose la estola sobre el vestido de seda de color rojo intenso, se reclinó en el sillón dorado de forma que la Llama de Tar Valon, realizada con piedras de la luna engastadas en el alto respaldo, le quedara directamente encima de la cabeza. Se proponía que ese hombre fuera consciente de todos los símbolos que señalaban quién era y lo que representaba. De haber tenido la Vara rematada con la Llama a mano, la habría sostenido frente a la torcida nariz del hombre.