—Como ordenéis, madre —fue cuanto dijo, por supuesto.
Elaida irradiaba serenidad, pero sólo era una farsa. Lo que tuviera que pasar, pasaría. Y todavía no tenía dominio sobre el chico al’Thor. ¡Y pensar que una vez lo había tenido justo a su alcance! Si entonces lo hubiera sabido… Maldita Alviarin y triplemente maldita aquella proclamación de incurrir en anatema cualquiera que se pusiera en contacto con él sin hacerlo a través de la Torre. La habría retirado si no hubiera parecido una debilidad y, en cualquier caso, el daño ya estaba hecho más allá de cualquier posible reparación. Con todo, pronto volvería a tener a Elayne de nuevo en su mano, y la casa real de Andor era la clave para ganar el Tarmon Gai’don. Eso lo había pronosticado ella en una Predicción tenida largo tiempo atrás. Y leer la noticia de la rebelión contra los seanchan extendiéndose por todo Tarabon había sido muy grato. No todo era una maraña de brezos clavándosele desde todas partes.
Al revisar el segundo informe torció el gesto. A nadie le gustaban las alcantarillas, pero era un tercio de la sangre vital de una ciudad, siendo los otros dos el comercio y el agua potable. Sin las alcantarillas Tar Valon caería presa de una docena de enfermedades que superarían todo cuanto pudieran hacer las hermanas para evitarlo, por no mencionar la pestilencia que las basuras podridas en las calles debían de estar soltando ya. Aunque de momento el comercio estaba reducido a un goteo, el agua seguía entrando por el extremo de la ciudad río arriba y se distribuía a las torres de depósito de agua repartidas por toda la urbe y de allí a las fuentes, ya fueran normales u ornamentales, de las que todo el mundo podía hacer uso libremente, pero ahora parecía que los desagües en el extremo de la isla río abajo se hallaban casi atascados. Mojando la pluma en el tintero, garabateó «QUIERO ESOS CONDUCTOS DESATRANCADOS MAÑANA» en el encabezado de la página y firmó debajo. Si los amanuenses tuvieran dos dedos de frente el trabajo ya estaría en marcha, pero si de algo no acusaría nunca a ese colectivo era de tener caletre. El siguiente informe consiguió que también ella enarcara las cejas.
—¿Ratas dentro de la Torre? —¡Aquello ya pasaba de castaño oscuro! ¡Había que ponerle remedio!—. Que alguien compruebe las salvaguardas, Tarna. —Esas defensas habían aguantado desde que la Torre se había construido, pero quizá se habían debilitado después de tres mil años. ¿Cuántas de esas ratas serían espías del Oscuro?
Sonó una llamada a la puerta, que se abrió un momento después para dar paso a una Aceptada regordeta, llamada Anemara, que extendió la falda de rayas en el repulgo para hacer una profunda reverencia.
—Con vuestro permiso, madre, Felaana Sedai y Negaine Sedai traen a una mujer que encontraron deambulando por la Torre. Dice que quiere elevar una petición a la Sede Amyrlin.
—Dile que espere y ofrécele té, Anemara —dijo Tarna en tono enérgico—. La madre está ocupada…
—No, no —la interrumpió Elaida—. Que pasen, pequeña, que pasen. —Hacía mucho que no acudía nadie a hacerle una petición. Pensaba concederle lo que fuera a no ser algo demasiado ridículo. A lo mejor así se reanudaba la afluencia de peticionarias. También hacía mucho que ninguna hermana se presentaba ante ella sin haberla emplazado. Quizá las dos Marrones también ponían punto final a esa falta de comparecencias.
Pero sólo entró en el despacho una mujer y cerró cuidadosamente la puerta tras ella. Por el traje de montar de seda gris y la buena capa parecía una noble o una comerciante próspera, suposición que reforzaba la actitud de seguridad de la mujer. Elaida estaba segura de que nunca la había visto y, sin embargo, había algo vagamente familiar en el rostro enmarcado por el cabello que era incluso más claro que el de Tarna.
Elaida se puso de pie y dio la vuelta al escritorio con las manos extendidas y una sonrisa poco habitual en ella. Su intención era que pareciera acogedora.
—Al parecer tienes una petición que hacerme, hija. Tarna, sírvele un poco de té. —La tetera de plata que había en una bandeja, también de plata, colocada sobre la mesa auxiliar debía de conservarse templada al menos.
—La petición fue algo que dejé que creyeran a fin de llegar ante vos sin magulladuras, madre —respondió la mujer con acento tarabonés al tiempo que hacía una reverencia y, a mitad de la inclinación, el rostro le cambió al de Beonin Marinye.
Tarna abrazó el saidar y tejió un escudo sobre la mujer, pero Elaida se contentó con ponerse en jarras.
—Decir que estoy sorprendida de que oses presentarte ante mí sería quedarme corta, Beonin.
—Me las arreglé para ser parte de lo que podría llamarse el consejo rector de Salidar —manifestó sosegadamente la Gris—. Me aseguré de que cada vez que se reunieran no hicieran nada y propagué el rumor de que muchas de ellas eran realmente vuestras partidarias encubiertas. Las hermanas se miraban unas a otras con tanta desconfianza que creo que pensé para mí que la mayoría habría regresado a la Torre en ese momento, pero entonces surgieron otras Asentadas, además de las Azules. Cuando me quise dar cuenta habían elegido su propia Antecámara y el consejo rector quedaba disuelto. No obstante, seguí haciendo todo cuanto estaba en mi mano. Sé que me ordenasteis que me quedara con ellas hasta que todas estuvieran dispuestas a volver, pero ahora eso ocurrirá seguramente en cuestión de días. Si se me permite decirlo, madre, fue una excelente decisión no someter a juicio a Egwene. Para empezar, posee el don de descubrir nuevos tejidos, mejor aún que Elayne Trakand o Nynaeve al’Meara. En segundo lugar, antes de que la ascendieran, Lelaine y Romanda luchaban entre ellas por el puesto de Amyrlin. Estando viva Egwene volverán a luchar, pero ninguna puede vencer, ¿verdad? Creo que muy pronto muchas hermanas empezarán a seguirme de vuelta aquí. En una semana o dos, Lelaine y Romanda se encontrarán solas con los restos de su supuesta Antecámara.
—¿Cómo supiste que la chica al’Vere no sería juzgada? —demandó Elaida—. ¿Cómo supiste siquiera que seguía viva? ¡Quítale el escudo, Tarna!
Tarna obedeció y Beonin hizo una inclinación de cabeza como un gesto de agradecimiento. Un agradecimiento mínimo. Esos enormes ojos azules podrían hacer que Beonin pareciera constantemente sobresaltada, pero era una mujer muy serena, dueña de sí misma. Combinaba esa presencia de ánimo con una entusiasta dedicación a la ley, además de ambición —de la que tenía no poca—, y Elaida había comprendido de inmediato que Beonin era la indicada para enviarla en pos de las hermanas huidas de la Torre. ¡Y había fallado rotundamente! Oh, sí, parecía haber sembrado algo de disensión pero, en realidad, no había conseguido nada de lo que se esperaba de ella. ¡Nada! Descubriría que la recompensa era proporcional a su fracaso.
—Egwene puede entrar en el Tel’aran’rhiod simplemente con dormir, madre. Yo misma he estado allí y la he visto, pero tengo que usar un ter’angreal. No he podido conseguir traer ninguno de los que las rebeldes tienen. Sea como sea, habló con Siuan Sanche en sus sueños, según han dicho, aunque creo que lo más probable es que fuera en el Mundo de los Sueños. Por lo visto le contó que estaba prisionera, pero que no podía decir dónde, y prohibió cualquier intento de rescate. ¿Puedo servirme un té?
Elaida estaba tan estupefacta que no podía hablar, así que hizo un gesto hacia la mesa auxiliar y la Gris volvió a efectuar una reverencia antes de acercarse a la tetera de plata y rozar cautelosamente la superficie con el envés de la mano. ¿Que la chica podía entrar en el Tel’aran’rhiod? ¿Y que había ter’angreal que permitían hacerlo? El Mundo de los Sueños era casi una leyenda. Y, según las pizcas de información que los Ajahs se habían dignado compartir con ella, la chica había descubierto de nuevo el tejido para Viajar y también había hecho otros hallazgos. Ése había sido el factor determinante en su decisión de preservarla para la Torre, pero ¿además eso también?