—Si Egwene puede hacer eso, madre, tal vez es realmente una Soñadora —adujo Tarna—. La advertencia que le hizo a Silviana…
—No tiene sentido, Tarna. Los seanchan siguen en Altara y sólo han tocado un poco de Illian. —Por lo menos los Ajahs estaban dispuestos a pasar todo lo que descubrían sobre los seanchan. O, más bien, confiaba en que le estuvieran pasando todo. La idea de que no fuera así endureció el tono de su voz—. A menos que aprendan a Viajar ¿se te ocurre alguna otra precaución que tenga que tomar más allá de las que ya he tomado? —No se le ocurría, por supuesto. Así que la chica había prohibido que la rescataran. A primera vista era algo positivo, pero también indicaba que seguía considerándose Amyrlin. Bueno, Silviana le quitaría esa tontería de la cabeza a no tardar en caso de que no lo consiguieran las hermanas que le daban clase—. ¿Se le puede hacer beber suficiente poción de la que toma para impedir que entre en el Tel’aran’rhiod?
Tarna se encogió ligeramente —a nadie le gustaba esa poción infame, ni siquiera las Marrones que la habían conseguido para probarla— y sacudió la cabeza.
—Podemos hacer que duerma a lo largo de toda la noche, pero no serviría para nada al día siguiente. Además ¿quién sabe si eso afectaría a su habilidad?
—¿Os sirvo una taza, madre? —preguntó Beonin, que sostenía una fina taza blanca en los dedos—. ¿Tarna? La noticia más importante que tengo es…
—No quiero té —repuso secamente Elaida—. ¿Traes algo que salve tu piel por tu miserable fracaso? ¿Sabes el tejido de Viajar o de ese Rasar o…
¡Había tantos! Tal vez todos eran Talentos y habilidades que se habían perdido, pero por lo visto la mayoría ni siquiera tenían nombre aún. La Gris la observó por encima de la taza, el rostro muy tranquilo.
—Sí —contestó finalmente—. No puedo crear cuendillar, pero sé hacer que los nuevos tejidos de Curar funcionen tan bien como casi cualquier hermana, y los conozco todos. —En su voz asomó un dejo de excitación—. El más maravilloso es el de Viajar. —Sin pedir permiso se abrió a la Fuente y tejió Energía. Una línea vertical, plateada, apareció contra una pared y se ensanchó para ofrecer una vista de robles nevados. Un viento frío sopló en el estudio y agitó las llamas del hogar—. Eso se llama un acceso y sólo se puede usar para llegar a un lugar que se conoce bien. En caso contrario no se puede abrir. Para ir a algún sitio que no se conoce bien, se utiliza Rasar en lugar de Viajar. —Cambió el tejido y la abertura menguó hasta reducirse a la línea plateada y después ésta volvió a expandirse. Los robles habían sido reemplazados por negrura y una barcaza pintada de gris, equipada con barandilla y puerta, que flotaba sobre la nada junto a la abertura.
—Suelta el tejido —ordenó Elaida.
Tenía la sensación de que si caminaba hacia aquella plataforma la oscuridad se extendería hasta el límite visual en cualquier dirección. Que podría estar cayendo eternamente en ella. Sintió náuseas. La abertura —el acceso— desapareció. Sin embargo, el recuerdo perduró.
Tomó de nuevo asiento detrás del escritorio, abrió la caja lacada más grande y decorada con rosas rojas y volutas doradas. De la bandeja superior tomó una pequeña talla de marfil, una golondrina de cola bifurcada que los años habían oscurecido con una pátina amarillo oscuro, y acarició las alas curvadas con el pulgar.
—No enseñarás estas cosas a nadie sin que yo te dé permiso.
—Pero… ¿por qué no, madre?
—Algunos Ajahs se oponen a la madre casi tan enérgicamente como esas hermanas que están al otro lado del río —aclaró Tarna.
Elaida asestó una mirada malévola a su Guardiana, pero aquel semblante frío la absorbió sin alterarse lo más mínimo.
—Yo decidiré quién es… digna de confianza para que los aprenda, Beonin. Quiero que prometas… No, quiero que lo jures.
—De camino aquí vi hermanas de diferentes Ajahs que se lanzaban miradas fulminantes unas a otras. Fulminantes. ¿Qué ha ocurrido en la Torre, madre?
—Júralo, Beonin.
La mujer se quedó tanto tiempo mirando la taza que sostenía que Elaida empezó a pensar que iba a negarse. Sin embargo, la ambición se impuso. Se había atado a las faldas de la Amyrlin con la esperanza de promocionarse y ahora no iba a renunciar a ello.
—Por la Luz y por mi esperanza de salvación y renacimiento, juro que no enseñaré los tejidos que he aprendido entre las rebeldes a nadie sin el permiso de la Sede Amyrlin. —Hizo una pausa y dio un sorbo de la taza—. Algunas hermanas que están en la Torre quizá son menos de fiar de lo que pensáis. Intenté impedirlo, pero ese «consejo rector» envió a diez hermanas de vuelta a la Torre para propagar ese cuento sobre el Ajah Rojo y Logain.
Elaida reconoció pocos de los nombres que la Gris enumeró, hasta que llegó al último. Aquél la hizo sentarse muy recta, bruscamente.
—¿Mando que las arresten, madre? —preguntó Tarna, aún tan fría como el hielo.
—No. Que las vigilen. Que se vigile a cualquiera que se relacione con ellas. —De modo que existía un canal de comunicación entre los Ajahs dentro de la Torre y las rebeldes. ¿Hasta dónde había calado la putrefacción? ¡Por muy profundo que hubiera llegado, ella la limpiaría!
—Eso podría resultar difícil considerando cómo están las cosas, madre.
Elaida dio un palmetazo en el tablero con la mano libre, un golpe seco.
—No he preguntado si será difícil. ¡He dicho que se haga! Y dile a Meidani que la invito a cenar conmigo esta noche. —La mujer había sido insistente en sus tentativas de reanudar una amistad que había terminado hacía muchos años. Ahora sabía el porqué—. Ve y haz eso ahora.
Una sombra pasó fugaz por el rostro de Tarna mientras hacía una reverencia.
—No te preocupes —añadió Elaida—. Beonin es libre de enseñarte todos los tejidos que sepa.
Después de todo confiaba en Tarna, y sus palabras dieron una expresión más animada a su semblante, ya que no más calidez. Cuando la puerta se cerró detrás de su Guardiana, Elaida apartó a un lado la carpeta de cuero, apoyó los codos sobre el escritorio y clavó la mirada en Beonin.
—Bien, enséñame todo.
3
En los jardines
Aran’gar llegó en respuesta al llamamiento de Moridin —pronunciado en sus frenéticos sueños— para encontrarse con que él aún no estaba allí. Tampoco era de sorprender; le encantaban las grandes entradas en escena. Once sillones altos, tallados y dorados, formaban un círculo en medio del desnudo suelo de madera, pero se encontraban vacíos. Semirhage, toda de negro como tenía por costumbre, se volvió para mirar quién había entrado y después reanudó la conversación en corrillo con Demandred y Mesaana en una esquina de la habitación. El rostro de nariz ganchuda de Demandred mostraba una expresión de rabia que lo hacía aún más llamativo. No tanto como para que la atrajera a ella, desde luego. Mesaana también vestía al estilo de su época, en un color broncíneo oscuro con dibujos bordados. Por alguna razón parecía demacrada y decaída, casi como si se hubiera puesto enferma. Bueno, eso era posible. En la era actual había un número de enfermedades desagradables, y seguramente ni siquiera ella se fiaba de Semirhage para una Curación. Graendal —la otra de los cinco seres humanos presentes— se hallaba en la esquina contraria y sostenía contra el pecho, como si la acunara, una delicada copa de cristal con vino oscuro, pero en lugar de beber vigilaba al trío. Sólo un idiota pasaría por alto que Graendal lo observara, pero esos tres continuaron con sus vehementes cuchicheos sin hacer caso.
Los sillones desentonaban con el resto del entorno. La estancia parecía tener paredes panorámicas, aunque la entrada del arco de piedra echaba a perder la ilusión. Los sillones podrían haber sido cualquier cosa allí, en el Tel’aran’rhiod, así que ¿por qué no algo que encajara con la habitación y por qué había once cuando sumaban dos más de los que hacían falta? Asmodean y Sammael tenían que estar tan muertos como Be’lal y Rahvin. ¿Por qué no la habitual puerta dilatante de una habitación panorámica? El conjunto visual hacía que el suelo diera la impresión de estar rodeado por los Jardines de Ansaline, con las colosales esculturas, obra de Cormalinde Masoon, de humanos y animales estilizados que se alzaban por encima de edificios bajos que a su vez parecían delicadas esculturas de cristal hilado. En los Jardines sólo se habían servido los mejores vinos, los platos más exquisitos, y casi siempre había sido posible impresionar a una mujer bella con cuantiosas ganancias en las ruedas chinje, si bien hacer las trampas necesarias para ganar sistemáticamente había resultado difícil. Difícil pero imprescindible para un erudito que carecía de fortuna. Todo había desaparecido, convertido en ruinas, al tercer año de la guerra.