Un zomara de cabello dorado y sonrisa perenne, vestido con una holgada blusa blanca y polainas ajustadas, ofreció vino a Aran’gar en una copa de cristal sobre una bandeja de plata. Esas criaturas gráciles y bellamente andróginas, humanas en apariencia a pesar de aquellos oscuros ojos muertos, habían sido unas de las creaciones menos inspiradas de Aginor. Aun así, incluso en su propia era, cuando Moridin se llamaba Ishamael —en su mente ya no cabía duda alguna que era él— había confiado en esas criaturas por encima de cualquier sirviente humano a pesar de que no valían para realizar ninguna otra tarea. Tenía que haber encontrado en alguna parte una cámara estática atestada de esas creaciones. Las tenía a docenas, aunque rara vez las sacaba. No obstante, había otras diez esperando, gráciles incluso de pie e inmóviles. Debía de considerar esta reunión más importante que la mayoría.
Aceptó la copa y despidió al zomara con un ademán, si bien la criatura ya se había dado media vuelta antes de que se lo indicara ella. Detestaba la habilidad de esos seres para saber lo que uno estaba pensando. Por lo menos eran incapaces de transmitir a otros lo que descubrían. El recuerdo de cualquier cosa salvo las órdenes se les borraba en cuestión de minutos. Hasta Aginor tenía el sentido común para darse cuenta de que era necesario que ocurriera así. ¿Aparecería este día? Osan’gar no había asistido a ninguna reunión desde el fracaso de Shadar Logoth. La cuestión era, realmente, si se encontraría entre los muertos o si estaría actuando a escondidas, quizás a instancias del Gran Señor. Fuera por uno u otro motivo, esas ausencias ofrecían oportunidades fantásticas, aunque la segunda alternativa conllevaba otros tantos peligros. Peligros que no se había quitado de la cabeza últimamente. Como sin darle importancia se acercó paseando a Graendal.
—¿Quién crees que llegó primero, Graendal? Así me lleve la Sombra, pero quienquiera que fuera eligió un escenario deprimente.
Lanfear se había inclinado por las reuniones que flotaban en una noche infinita, pero esto era peor a su modo, como reunirse en un cementerio. Graendal esbozó una sonrisa tirante; o al menos lo intentó, ya que ni ese gesto logró afinar lo más mínimo los carnosos labios. La palabra para describir en su totalidad a Graendal era «exuberante». Exuberante, en sazón y bella; y apenas encubierta por la niebla gris del vestido de camalina. Aunque tal vez no tendría que haber llevado tantos anillos, todos con gemas engastadas excepto uno. La diadema, cuajada de rubíes, también desentonaba con el cabello dorado. El collar de esmeraldas que Delana le había proporcionado iba mucho mejor con el vestido que llevaba ella, en raso color verde. Claro que mientras que las esmeraldas eran de verdad, el atuendo de raso era producto del Mundo de los Sueños. En el mundo de vigilia habría llamado demasiado la atención con un vestido de escote tan bajo; eso, en caso de que allí hubiera podido sostenerse en su sitio. Y estaba el corte lateral que le dejaba la pierna al aire hasta la cadera. Tenía mejores piernas que Graendal. Se había planteado que fueran dos los cortes. En este mundo no era tan diestra como otras —le era imposible localizar los sueños de Egwene sin tener a la chica al lado— pero sí se las arreglaba para tener las ropas que quería. Le gustaba que le admiraran el cuerpo y, cuanta más ostentación hacía de él, más inconsecuente la consideraban los demás.
—Yo llegué primero —contestó Graendal a la par que fruncía ligeramente el entrecejo tras su copa de vino—. Guardo gratos recuerdos de los Jardines.
Aran’gar consiguió soltar una risa.
—Y yo, y yo. —Esa mujer era una necia, como los otros, al vivir en el pasado entre piltrafas de algo que se había perdido para siempre—. No volveremos a ver los Jardines, pero sí otros semejantes. —Ella era la única idónea para gobernar en esta era. Era la única que entendía las culturas primitivas. Había sido su especialidad antes de la guerra. No obstante, Graendal poseía habilidades útiles y un abanico de contactos entre los Amigos de la Sombra más amplio que el suyo, aunque la otra mujer no aprobaría el uso que pensaba hacer de ellos si se enteraba—. ¿Se te ha ocurrido pensar que todos los demás tienen alianzas mientras que tú y yo estamos solas? —También Osan’gar, si es que estaba vivo, pero no había necesidad de sacarlo a colación.
El vestido de Graendal adquirió un tono gris más oscuro, lo que, lamentablemente, ocultó un poco la vista. Era camalina de verdad. Ella misma había encontrado un par de cámaras estáticas, pero en su mayor parte llenas de porquerías horribles.
—¿Y a ti se te ha ocurrido pensar que esta habitación puede tener oídos? Los zomaras ya estaban aquí cuando llegué.
—Graendal —pronunció el nombre con un ronroneo—, si Moridin está escuchando supondrá que estoy intentando meterme en tu cama. Sabe que jamás hago alianzas con nadie. —En realidad había hecho varias, pero a sus aliados les sobrevenían siempre desgracias fatales una vez que dejaban de tener utilidad, y se llevaban consigo a la tumba el secreto de sus afiliaciones. Aquellos que acababan en una tumba.
La camalina se tornó negra como una medianoche en Larcheen mientras que aparecían chapetas en las mejillas aterciopeladas de Graendal y los azules ojos se tornaban hielo. No obstante, las palabras que pronunció no eran acordes con el semblante, en tanto que el vestido se iba aclarando hasta casi hacerse traslúcido conforme hablaba muy despacio, como pensativa:
—Una idea fascinante. Jamás me la había planteado.
Bien. Seguía siendo tan avispada y sagaz como siempre. Un buen recordatorio de que debía actuar con prudencia. Su intención era utilizar a Graendal y luego deshacerse de ella, no caer en una de sus trampas.
—Se me da bien convencer a las mujeres hermosas. —Alargó una mano para acariciar la mejilla de Graendal. Ya iba siendo hora de empezar a convencer a los otros. Además, de ello podría salir algo más que una alianza. Siempre había estado encaprichada de Graendal. Ya no se acordaba de haber sido un hombre. En sus recuerdos se movía en el mismo cuerpo que ahora, lo que acarreaba algunas excentricidades. Sus deseos no habían cambiado, sólo se habían ampliado. La encantaría tener ese vestido de camalina. Y cualquier otra cosa útil que Graendal poseyera, naturalmente, pero a veces soñaba que llevaba puesto ese vestido. La única razón de que no vistiera uno en ese momento era que no quería que la otra mujer pensara que la imitaba.
La camalina continuó con una mínima opacidad, pero Graendal se apartó de la mirada acariciante de Aran’gar, que se volvió y se encontró con que Mesaana se acercaba, flanqueada por Demandred y Semirhage. Él aún parecía enfadado, en tanto que la expresión de Semirhage era fríamente divertida. Mesaana seguía pálida, aunque ya no parecía decaída. Pero nada en absoluto. Era una coreer que escupía veneno entre siseo y siseo.