—¿Por qué dejaste que se te escapara, Aran’gar? ¡Se suponía que la estabas controlando! ¿Tan ocupada estabas con tus jueguecitos de sueños con ella que se te olvidó averiguar lo que pensaba? La rebelión se hará añicos sin tenerla como figura decorativa. ¡Todo mi plan cuidadosamente fraguado se ha ido al garete sólo porque eres incapaz de tener controlada a una muchacha ignorante!
Aran’gar dominó el genio con firmeza. Podía hacerlo cuando quería realizar el esfuerzo, de modo que, en lugar de gruñir, sonrió. ¿De verdad Mesaana había instalado su base en la propia Torre Blanca? Sería maravilloso si pudiera encontrar la forma de dividir a ese trío.
—Anoche estuve escuchando a escondidas una sesión de la Antecámara de las rebeldes. La celebraron en el Mundo de los Sueños, para así reunirse dentro de la Torre Blanca, con Egwene presidiéndola. No es la figura decorativa que crees. He intentado decírtelo varias veces, pero tú nunca escuchas. —Eso lo dijo en un tono muy duro, así que lo moderó merced a un esfuerzo considerable—. Egwene les contó todo lo relativo a la situación en la Torre, que los Ajahs están como el perro y el gato. Las convenció de que es la Torre la que está a punto de hacerse pedazos, y que quizás ella pueda contribuir a que ocurra desde donde está ahora. En tu lugar yo me preocuparía de si la Torre va a aguantar sin venirse abajo el tiempo suficiente para que siga adelante este conflicto.
—Así que están decididas a continuar —murmuró Mesaana casi entre dientes. Asintió con la cabeza—. Bien. Bien. Entonces todo está saliendo según el plan. He estado dándole vueltas a la idea de que tendría que organizar un «rescate», pero quizás eso puede esperar hasta que Elaida la haya hecho venirse abajo. Su regreso crearía más confusión, entonces. Tienes que provocar más disensiones, Aran’gar. Antes de que haya acabado yo, quiero que esas supuestas Aes Sedai se odien a muerte las unas a las otras.
Apareció un zomara e hizo una grácil reverencia al tiempo que ofrecía una bandeja con tres copas. Mesaana y sus compañeros las cogieron sin dedicar ni una mirada a la criatura, que repitió la reverencia antes de retirarse con donaire.
—Crear disensiones ha sido algo que siempre se le ha dado bien —comentó Semirhage, provocando la risa de Demandred.
Aran’gar se obligó a contener la ira. Sorbiendo vino de su copa —era bastante bueno, con un aroma embriagador, aunque quedaba lejos de llegar a las cosechas que se servían en los Jardines— posó la mano en el hombro de Graendal y jugueteó con uno de los rizos dorados como el sol. La otra mujer no rechistó y la camalina siguió siendo una leve niebla. O estaba disfrutando con ello o tenía más autocontrol de lo que parecía posible. La sonrisa de Semirhage se hizo más divertida. También ella aprovechaba para disfrutar de sus placeres cuando se le presentaba la ocasión, aunque los gustos de Semirhage nunca le habían llamado la atención a Aran’gar.
—Si vais a empezar a sobaros, hacedlo en privado —gruñó Demandred.
—¿Celoso? —murmuró Aran’gar, que soltó una risita al ver el ceño del hombre—. ¿Dónde tienen a la chica, Mesaana? Eso no lo dijo en la sesión.
Los grandes ojos azules de Mesaana se entrecerraron. Eran el mejor rasgo de su semblante, pero si fruncía el entrecejo se convertían en normales y corrientes.
—¿Por qué quieres saberlo? ¿Para así «rescatarla» tú? No pienso decírtelo.
Graendal gruñó y Aran’gar se dio cuenta de que había apretado los dedos sobre el rizo dorado y había obligado a Graendal a echar la cabeza hacia atrás. El rostro de la otra mujer mantuvo la expresión serena, pero el vestido era una niebla roja que se oscurecía rápidamente a la par que se volvía más opaca. Aran’gar aflojó el puño, pero mantuvo el mechón asido suavemente. Uno de los primeros pasos era hacer que la presa se acostumbrara al tacto del cazador. No obstante, esta vez no intentó disimular la ira en la voz, y la mueca que dejaba los dientes a la vista era un manifiesto gesto amenazador.
—Quiero a la chica, Mesaana. Sin ella mis herramientas de trabajo son mucho más débiles.
Mesaana bebió tranquilamente un sorbo de vino antes de responder. ¡Tranquilamente!
—Por lo que tú misma has dicho, no la necesitas en absoluto. Ha sido mi plan desde el principio, Aran’gar. Lo acomodaré conforme a las necesidades, pero es mío. Y yo decidiré cuándo y dónde se libera a la chica.
—No, Mesaana, quien decidirá cuándo y dónde se la libera, e incluso si es que se la libera, seré yo —declaró Moridin mientras atravesaba a zancadas el arco de piedra.
Así que tenía oídos en aquel lugar. Esta vez iba vestido de negro totalmente, un negro de algún modo más oscuro que el que vestía Semirhage. Como era habitual, Moghedien y Cyndane lo seguían, ambas con el mismo tipo de ropa roja y negra que no favorecía a ninguna de las dos. ¿Qué poder ejercía sobre ellas? Al menos Moghedien jamás había seguido a nadie voluntariamente. En cuanto a la hermosa muñequita de cabello claro y generoso busto, Cyndane… Aran’gar la había abordado sólo para ver de qué podía enterarse, y la chica había amenazado fríamente con arrancarle el corazón si volvía a tocarla. Ésas no eran palabras que dijera alguien a quien se pudiera someter fácilmente.
—Parece que Sammael ha resurgido —anunció Moridin al tiempo que cruzaba la sala hacia los asientos. Era un hombre grande, e hizo que el sillón ornamentado de respaldo alto pareciera un trono. Moghedien y Cyndane se sentaron junto a él, a uno y otro lado, pero lo interesante fue que no lo hicieron hasta que el hombre hubo tomado asiento. Unos zomaras vestidos de un blanco níveo acudieron al instante con vino, pero quien recibió primero el suyo fue Moridin. Los zomaras notaban lo que quiera que estuviera funcionando en aquel lugar.
—Eso no es posible —dijo Graendal mientras todos se dirigían hacia los sillones para ocupar uno. Ahora el vestido era de un tono gris oscuro que ocultaba todo—. Tiene que estar muerto.
Sin embargo nadie se movió deprisa. Moridin era el Nae’blis, pero aun así, aparte de Moghedien y Cyndane, ninguno quería mostrar el más mínimo indicio de subordinación. Desde luego, Aran’gar no.
Tomó asiento enfrente de Moridin, desde donde podía observarlo sin que resultara evidente. Y a Moghedien y a Cyndane. Moghedien permanecía tan inmóvil que se habría confundido con el fondo del sillón de no ser por los colores chillones de la ropa. Cyndane era una reina de rostro tallado en hielo. Intentar derribar al Nae’blis era peligroso, pero la clave podía estar en esas dos. Si era capaz de dar con ella. Graendal se sentó a su lado, y el sillón estuvo de repente más cerca. Aran’gar habría puesto la mano sobre la muñeca de la otra mujer, pero se abstuvo de hacer otra cosa que dedicarle una lenta sonrisa. En ese momento era mejor centrarse en lo que pasaba.
—Habría sido incapaz de permanecer oculto tanto tiempo —opinó Demandred, arrellanado en el sillón que había entre Semirhage y Mesaana, con las piernas cruzadas, aparentemente relajado. Lo que parecía dudoso. Él era otro rival irreconciliable, de eso Aran’gar estaba segura—. Sammael necesitaba que todas las miradas estuvieran puestas en él.
—Sea como sea, Sammael, o alguien que se hacía pasar por él, dio órdenes a Myrddraal y éstos obedecieron, así que era uno de los Elegidos. —Moridin recorrió con la mirada el círculo de sillones como si pudiera detectar quién había sido. Un goteo constante de sa negras circulaba por sus ojos azules. Aran’gar no lamentaba que el uso del Poder Verdadero estuviera ahora limitado a él. El precio que se pagaba era demasiado alto. Ishamael nunca había estado completamente en su sano juicio, y ahora, como Moridin, seguía estando medio loco. ¿Cuánto tiempo habría de pasar antes de que pudiera deponerlo?
—¿Nos vas a decir qué órdenes eran ésas? —El tono de Semirhage era frío y la mujer bebió vino sosegadamente, sin dejar de observar a Moridin por encima del borde de la copa. Estaba sentada muy derecha, como siempre. También ella parecía encontrarse a gusto, cosa muy improbable. Moridin apretó los dientes.