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En el olor de Annoura era punzante la irritación, aunque el semblante intemporal de Aes Sedai, enmarcado por docenas de trencillas, se mostraba tan sosegado como siempre. Claro que la hermana Gris de nariz ganchuda había olido a irritación desde la discrepancia habida entre ella y Berelain. Era su propia culpa, por haber hecho una visita a Masema a espaldas de Berelain. También le había aconsejado a ésta que se quedara en el campamento. Annoura condujo a la yegua marrón hasta situarla más cerca de la Principal de Mayene, y Berelain movió a su yegua blanca justo para apartarla la misma distancia sin dirigir siquiera una mirada de soslayo a su consejera. De nuevo resaltó el olor a irritación.

El rojo vestido de seda de Berelain, con profusión de bordados dorados, dejaba al descubierto una parte de los senos mayor de lo que hacía tiempo tenía por costumbre mostrar, si bien un collar ancho de gotas de fuego y ópalos ponía cierto grado de modestia. Un ancho cinturón a juego, del que pendía una daga enjoyada, le ceñía el talle. La fina corona de Mayene, que descansaba sobre el oscuro cabello de la joven y que sostenía un azor dorado en vuelo justo encima de las cejas, parecía algo corriente en comparación con el cinturón y el collar. Era una mujer hermosa, y más, a su parecer, desde que había dejado de acosarlo, aunque seguía sin llegarle a la suela del zapato a Faile, naturalmente.

Annoura llevaba un traje de montar gris, sin adornos, pero casi todo el mundo se había puesto sus mejores galas. En el caso de Perrin era una chaqueta de seda, en color verde oscuro, con bordados en plata que casi cubrían mangas y hombros. No le hacía gracia la ropa extravagante —Faile lo había empujado para que comprara lo poco que tenía; bueno lo había empujado suavemente— pero ese día necesitaba impresionar. Si el cinturón ancho y liso de cuero que llevaba ceñido por encima de la chaqueta echaba a perder un poco la apariencia, qué se le iba a hacer.

—Tiene que venir —masculló Arganda. Bajo y fornido, el primer capitán de Alliandre no se había quitado el yelmo plateado con las tres cortas plumas blancas y no dejaba de deslizar la espada en la vaina arriba y abajo, como si esperara una carga. También el peto era plateado. A la luz del sol resultaría visible desde millas de distancia—. ¡Tiene que venir!

—El Profeta dice que no aparecerán —intervino Aram, y en voz alta, mientras taconeaba al patilargo gris para situarse junto a Brioso. El pomo de latón de su espada, con forma de cabeza de lobo, asomaba por encima del hombro de la chaqueta de rayas verdes. Otrora había parecido demasiado guapo para ser hombre, pero ahora el gesto se le tornaba más hosco de día en día, en tanto que el rostro estaba macilento, con los ojos hundidos y la boca tensa—. El Profeta dice que, o pasa eso, o es una trampa. Dice que no deberíamos fiarnos de los seanchan.

Perrin no salió de su mutismo, pero percibió su propio olor punzante de irritación, tanto consigo mismo como por el antiguo gitano. Balwer le había informado que Aram había empezado a pasar tiempo con Masema, pero le había parecido innecesario decirle al joven que no le contara a Masema todo lo que él hacía. La cosa no tenía remedio ahora, pero para la próxima ya sabía a qué atenerse. Un hombre debía conocer sus herramientas y no darles un uso que las rompería. Lo mismo rezaba con las personas. En cuanto a Masema, sin duda tenía miedo de que se reunieran con alguien que supiera que él también estaba negociando con los seanchan.

Formaban un grupo numeroso, aunque la mayoría se quedaría allí mismo, entre los árboles. Cincuenta Guardias Alados de Berelain, con yelmos y petos rojos, y largas cintas escarlatas ondeando en el arranque de las moharras de las finas lanzas, estaban a caballo detrás de la bandera de Mayene, el azor dorado sobre campo azul, que flameaba con la brisa. Junto a ellos, cincuenta ghealdanos con petos bruñidos y yelmos cónicos en color verde oscuro se agrupaban en sus caballos detrás del estandarte de Ghealdan, las tres estrellas plateadas sobre campo rojo. Las cintas de sus lanzas eran verdes. Ofrecían una apariencia gallarda, pero entre todos ellos juntos no eran, ni con mucho, tan mortíferos como Jur Grady, quien, de juzgarlo por el curtido rostro de granjero y la lisa chaqueta negra con el alfiler en forma de espada prendido al cuello, podría parecer anodino en comparación. El hombre era consciente de ello, lo supieran o no los otros, y se mantenía junto a su castrado zaino con el aire tranquilo del hombre que descansa antes de iniciar la tarea del día.

En contraste, Leof Torfinn y Tod al’Caar, los únicos otros dos hombres de Dos Ríos presentes, seguían casi brincando en las sillas por la excitación a pesar de la larga espera. Seguramente habrían perdido parte de su complacencia de haber sabido que se los había elegido principalmente porque eran a los que les quedaban mejor las chaquetas prestadas de excelente paño verde. Leof portaba el estandarte de Perrin, la cabeza del Lobo Rojo, y Tod sostenía el Águila Roja de Manetheren; las dos enseñas ondeaban en astas un poco más largas que las lanzas. Los dos jóvenes casi habían llegado a las manos a costa de quién llevaba cuál. Perrin esperaba que no hubiera sido porque ninguno quería llevar la cabeza de lobo ribeteada en rojo. Leof parecía estar contento, en tanto que Tod se mostraba eufórico. Claro que él ignoraba la razón de que Perrin hubiera llevado esa bandera. En cualquier intercambio había que conseguir que la otra parte pensara que conseguía algo extra, como solía decir el padre de Mat. Los colores giraron en la mente de Perrin y durante un fugaz instante creyó ver a Mat hablando con una mujer pequeña y morena. Apartó la imagen de su mente con firmeza. Lo único que importaba era el aquí y el ahora, este día. Faile era lo único que importaba.

—Vendrán —espetó Arganda en respuesta a Aram, a quien asestó una mirada fulminante a través de las barras de la visera, como si esperara una provocación.

—¿Y qué pasa si no vienen? —demandó Gallenne, que a pesar de faltarle un ojo lanzó una mirada tan fulminante como la de Arganda. El peto lacado en rojo no era mucho más discreto que el plateado de Arganda. Había pocas probabilidades, por no decir ninguna, de que se los pudiera convencer para que los pintaran en un color más apagado—. ¿Y si es una trampa?

Arganda gruñó de un modo que pareció salido de la garganta de un lobo. El hombre estaba que no aguantaba más. La brisa llevó el olor de caballos sólo instantes antes de que Perrin oyera los primeros trinos de herrerillos, demasiado lejanos para que cualquiera de los presentes los captaran. Provenían de los árboles que flanqueaban el prado. Grupos numerosos de hombres, quizás hostiles, entraban en la arboleda. Sonaron otros trinos, más cercanos.

—Ya están aquí —anunció, con lo que se ganó miradas de Arganda y Gallenne. Intentaba no revelar la agudeza de oído y olfato que poseía, pero esos dos habían estado a punto de emprenderla a golpes el uno con el otro. Los trinos se repitieron más cerca y todos pudieron oírlos. Los dos hombres lo miraron de forma rara.

—No puedo poner en riesgo a la Principal si hay alguna posibilidad de que se trate de una trampa —dijo Gallenne mientras se abrochaba el yelmo. Todos sabían lo que significaba esa señal.

—Eso es decisión mía, capitán —repuso Berelain antes de que Perrin tuviera ocasión de abrir la boca.

—Y vuestra seguridad es responsabilidad mía, milady Principal.

Berelain respiró hondo a la par que su gesto se oscurecía, pero esta vez se le adelantó Perrin.

—Os dije cómo haríamos saltar esa trampa, si es que la hay. Sabéis lo desconfiados que son los seanchan. Seguramente son ellos los que están preocupados por si les hemos tendido una emboscada.