Gallenne carraspeó en disconformidad. La paciencia en el olor de Berelain vaciló, pero después se estabilizó de nuevo, firme como una roca.
—Deberíais hacerle caso, capitán —dijo, con una sonrisa dirigida a Perrin—. Sabe lo que hace.
Un grupo de jinetes apareció por el extremo opuesto del prado y se frenó. A Tallanvor se lo distinguía bien del resto. Con chaqueta oscura y montado en un buen gris rodado, era el único hombre que no llevaba armadura a rayas rojas, amarillas y azules. Las otras dos personas sin armadura eran mujeres, una de azul, con trazos rojos en la falda y la pechera, y la otra de gris. El sol se reflejaba en algo que las unía. Vaya. Una sul’dam con su damane. Eso no se había mencionado en las negociaciones llevadas a través de Tallanvor, pero Perrin había contado con ello.
—En marcha —dijo mientras tiraba de las riendas de Brioso con una mano—. Antes de que crea que somos nosotros los que no hemos venido.
Annoura se las arregló para acercarse lo suficiente para poner una mano en el brazo de Berelain un instante antes de que la otra mujer pudiera apartar a su yegua.
—Deberíais dejarme acompañaros, Berelain. Podríais necesitar mi consejo, ¿verdad? Este tipo de negociaciones son mi especialidad.
—Imagino que, a estas alturas, los seanchan sabrán identificar un rostro de Aes Sedai, ¿no os parece, Annoura? Dudo mucho que quieran negociar con vos. Además —añadió Berelain con un tono dulce en exceso—, debéis quedaros aquí para ayudar a maese Grady.
Un ligero rubor apareció fugazmente en las mejillas de la Aes Sedai, que apretó la ancha boca. Había hecho falta que intervinieran las Sabias para que accediera a recibir órdenes de Grady ese día, aunque Perrin se alegraba de no saber cómo lo habían conseguido, y la hermana no había dejado de rebullir desde que habían salido del campamento.
—Tú te quedas también —dijo Perrin cuando Aram hizo intención de emprender la marcha—. Últimamente has estado irascible y no voy a correr el riesgo de que hagas o digas lo que no debes ahí fuera. No pienso arriesgar a Faile. —Era cierto. Por no mencionar que no estaba dispuesto a correr el riesgo de que el joven transmitiera a Masema lo que se hablara allí fuera—. ¿Entendido?
La decepción rebosó en el olor de Aram, pero, aunque de mala gana, el joven asintió con la cabeza y apoyó las manos en la perilla de la silla. Puede que casi sintiera adoración por Masema, pero daría la vida cien veces antes que poner en peligro la de Faile. A propósito, al menos. Que lo hiciera sin ser consciente de ello era otro asunto.
Perrin salió a caballo de los árboles flanqueado por Arganda a un lado y Berelain y Gallenne al otro. Los abanderados iban detrás, así como diez mayenienses y diez ghealdanos en columna de a dos. Al tiempo que ponían en movimiento a sus caballos, los seanchan hicieron otro tanto con los suyos y avanzaron también en columna, con Tallanvor al lado de los cabecillas, uno de ellos sobre un ruano y el otro montando un zaino. Los cascos de los caballos no hacían ruido sobre la espesa estera de hierba muerta. El silencio se había adueñado del bosque, incluso para el oído de Perrin.
Mientras que mayenienses y ghealdanos se desplegaban en una línea y otro tanto hacía la mayoría de los seanchan, con sus armaduras pintadas en llamativos colores, Perrin y Berelain avanzaron hacia Tallanvor y dos de los seanchan vestidos con armadura; uno lucía tres plumas finas en el yelmo lacado que tanto se asemejaba a la cabeza de un insecto, y el otro, dos. La sul’dam y la damane también se adelantaron. Se encontraron en el centro del prado, rodeados por flores silvestres y silencio, apenas a seis pasos los unos de los otros.
Al tiempo que Tallanvor se situaba a un lado entre ambos grupos, los seanchan con armadura se quitaron el yelmo; los guanteletes, con el envés reforzado en metal, también estaban pintados a rayas como el resto de la armadura. El yelmo de dos plumas reveló a un hombre de cabello rubio con media docena de cicatrices cosiéndole la cara cuadrada. Era un hombre encallecido que, curiosamente, olía a regocijo, pero era el otro jinete, una mujer, quien le interesaba a Perrin. Montada en un zaino —un caballo de guerra entrenado sin lugar a dudas— era alta y ancha de hombros para ser mujer, aunque esbelta por lo demás, pero ya peinaba canas. Unas hebras grises le aclaraban en las sienes el cabello negro, muy corto y ensortijado. De tez tan oscura como la buena tierra de labranza, sólo tenía dos cicatrices; una le cruzaba en diagonal la mejilla izquierda, en tanto que la otra, en la frente, se había llevado parte de la ceja derecha. Algunas personas consideraban las cicatrices como señal de un carácter aguerrido. Perrin opinaba que tener menos cicatrices significaba que uno sabía lo que se hacía. El olor de la mujer rebosaba seguridad en sí misma.
Su mirada recorrió las banderas flameantes. A Perrin le pareció que se detuvo un poco más en el Águila Roja de Manetheren, así como en el azor dorado de Mayene, pero enseguida dirigió la vista hacia él. La expresión no varió ni por un instante, pero cuando reparó en sus ojos amarillos algo indefinible se mezcló en el olor de la mujer, algo penetrante y fuerte. Y al fijarse en el pesado martillo de herrero enganchado al cinturón aquel efluvio extraño se hizo más intenso.
—Os doy a conocer a Perrin t’Bashere Aybara, Señor de Dos Ríos, señor feudal de la reina Alliandre de Ghealdan —anunció Tallanvor mientras alzaba una mano en dirección a Perrin. Según él, los seanchan eran puntillosos con las formalidades, pero Perrin no tenía idea de si aquello era una ceremonia seanchan o algo de Andor. Que él supiera, Tallanvor podría habérselo inventado—. Os doy a conocer a Berelain sur Paendrag Paeron, Principal de Mayene por la Gracia de la Luz, Defensora de las Olas, Cabeza Insigne de la casa Paeron. —Tras hacer una reverencia a los dos, tiró de las riendas hacia el lado contrario y alzó la otra mano, en dirección a los seanchan—. Os doy a conocer a la oficial general Tylee Khirgan del Ejército Invencible, al servicio de la emperatriz de Seanchan. Os doy a conocer al capitán Bakayar Mishima del Ejército Invencible, al servicio de la emperatriz de Seanchan. —Otra reverencia y Tallanvor hizo que el caballo gris volviera a un lugar junto a las banderas. Su semblante estaba tan sombrío como el de Aram, pero él olía a esperanza.
—Me alegra que no os anunciara como el Rey Lobo, milord —dijo la oficial general, arrastrando las palabras. Pronunciaba de tal modo que Perrin tenía que estar muy pendiente para entender lo que decía—. En caso contrario, habría pensado que teníamos encima el Tarmon Gai’don. ¿Conocéis las Profecías del Dragón? «Cuando el Rey Lobo porte el martillo, se avecinan los últimos días conocidos. Cuando el zorro con el cuervo se case y a la batalla el toque de trompetas llame». En mi caso, ese segundo verso nunca lo he entendido. Y vos, milady. Sur Paendrag. ¿Eso significa «de Paendrag»?
—Mi familia desciende de Artur Paendrag Tanreall —contestó Berelain con la cabeza bien alta.
Un remolino de viento llevó un olorcillo a orgullo entre la paciencia y el perfume. Habían acordado que sería él quien hablaría —su presencia allí serviría para encandilar a los seanchan ante una dirigente joven y bella, o al menos para dar empaque al grupo de Perrin—; claro que suponía que Berelain no podía dejar de responder a una pregunta directa.
Tylee asintió como si ésa fuera exactamente la contestación que había esperado.
—Eso os convierte en una prima lejana de la familia imperial, milady. A buen seguro que la emperatriz, así viva para siempre, os distinguirá. Siempre y cuando no tengáis aspiraciones al imperio de Hawkwing, en cualquier caso.
—Mi única reivindicación es de Mayene —repuso orgullosamente Berelain—. Y eso lo defenderé hasta el último aliento.
—No he venido aquí para hablar de las Profecías ni de Hawkwing ni de vuestra emperatriz —intervino Perrin, irritado. Por segunda vez en cuestión de segundos aquellos colores intentaron fusionarse en su mente, pero los disipó. No tenía tiempo para eso. ¿El Rey Lobo? Saltador se reiría de eso si los lobos pudieran reírse. Cualquier lobo se reiría. Con todo, lo sacudió un escalofrío. No se había dado cuenta de que se lo mencionaba en las Profecías. ¿Y su martillo era un heraldo de la Última Batalla? Pero nada importaba excepto Faile. Sólo ella. Y lo que hiciera falta para liberarla—. El acuerdo para esta reunión era que no hubiera más de treinta en cada parte, pero tenéis hombres entre el boscaje, a nuestra derecha y a nuestra izquierda. Un montón de hombres.