¡Luz, y él preocupado por la impetuosidad de Aram!
—No quiero derrotar a nadie excepto a los Shaido —dijo firmemente Perrin mientras luchaba para rechazar la imagen que intentaba cobrar forma en su mente. Enlazó las manos sobre la perilla de la silla. Al menos Brioso parecía estar más calmado. El semental todavía se sacudía con ligeros temblores de tanto en tanto, pero había dejado de girar los ojos—. Hay una forma de hacerlo discretamente, de modo que no tengáis que disculparos. —Si aquello era importante para la mujer, estaba dispuesto a utilizarlo—. La Hija de las Nueve Lunas puede estar tranquila. Os dije que lo tenía planeado. Tallanvor me dijo que tenéis un tipo de infusión que hace que a una mujer encauzadora le temblequeen las piernas y no se sostenga de pie.
Al cabo de un momento, Tylee volvió a apoyar la bandera en la silla y se quedó observándolo intensamente.
—A una mujer o a un varón —habló finalmente con su modo de arrastrar las palabras—. He oído que a varios hombres los capturaron así. Pero ¿cómo os proponéis hacérselo ingerir a esas cuatrocientas mujeres cuando están rodeadas por cien mil Aiel?
—Suministrándoselo a todas sin que sepan que lo están tomando. Sin embargo necesitaré todo lo que se pueda conseguir. Carretas, seguramente. No se puede calentar el agua, ¿comprendéis?, así que será una infusión muy floja.
Tylee soltó una queda risita.
—Un osado plan, milord. Imagino que habrá carretadas en la fábrica donde preparan el té, pero está muy lejos de aquí, en Amadicia, casi en Tarabon, y el único modo de conseguir más de unas pocas libras de golpe sería decirle a alguien de rango superior para qué lo quiero. Y de nuevo nos encontramos con el fin de la discreción en el asunto.
—Los Asha’man saben hacer una cosa que se llama Viajar —le dijo Perrin—. Una forma de salvar cientos de millas con un paso. Y en cuanto a conseguir el té, tal vez esto podría ayudarnos. —Del guantelete izquierdo sacó un trozo de papel doblado, manchado de grasa.
Las cejas de Tylee se fueron enarcando a medida que leía. Perrin se sabía de memoria el corto texto.
«El portador de la presente está bajo mi protección personal. En nombre de la emperatriz, así viva para siempre, dadle todo cuanto requiera en su servicio al imperio y no habléis de ello con nadie salvo conmigo».
Perrin ignoraba quién era Suroth Sabelle Meldarath, pero si sellaba con su nombre algo así es que tenía que ser importante. A lo mejor era la Hija de las Nueve Lunas.
Tendiéndole el papel a Mishima, la oficial general miró de hito en hito a Perrin. Aquel olor intenso, penetrante, había resurgido, tanto o más fuerte que antes.
—Aes Sedai, Asha’man, Aiel, vuestros ojos, ese martillo ¡y ahora esto! ¿Quién sois?
Mishima soltó un silbido entre los dientes.
—La propia Suroth —murmuró.
—Soy un hombre que quiere recuperar a su esposa —contestó Perrin—. Y si es preciso negociaré con el Oscuro para conseguirlo. —Evitó mirar a la sul’dam y a la damane. Lo que estaba haciendo se parecía mucho a negociar con el Oscuro—. ¿Cerramos el trato?
Tylee miró la mano extendida del hombre y después se la estrechó. Tenía fuerza en la mano. Un trato con el Oscuro. Pero haría lo que fuera preciso para liberar a Faile.
5
Algo… Extraño
El fuerte repiqueteo de la lluvia en el techo de la tienda que había sonado a lo largo de casi toda la noche se había reducido a un suave murmullo cuando Faile se acercó al sillón de Sevanna, un trono de talla recargada y dorados, situado en el centro de las capas de coloridas alfombras que formaban el suelo de la tienda; se aproximó con los ojos bajos para evitar incurrir en agravio. La primavera había llegado en un visto y no visto y los braseros no estaban encendidos, pero a primera hora de la mañana todavía se notaba el frío. Con una profunda reverencia ofreció la bandeja de plata trabajada de manera que parecía hecha de cuerdas tejidas y nudos. La Aiel tomó la copa dorada de vino y bebió sin apenas dirigir una mirada en su dirección, pero aun así Faile hizo otra reverencia antes de retroceder y dejar la bandeja sobre el arcón azul reforzado con bandas de latón sobre el que ya había una jarra de plata de cuello largo y otras tres copas, y después volvió a su sitio con los otros once gai’shain presentes que se encontraban de pie entre las lámparas de pie con espejos que se alineaban a lo largo de la pared de seda roja. Era una tienda espaciosa, además de alta. Nada de bajas tiendas Aiel para Sevanna.
Con frecuencia casi ni parecía una Aiel. Esa mañana llevaba una bata roja de seda brocada, atada de manera que quedaba abierta hasta casi la cintura y que dejaba al descubierto la mitad de los generosos senos, si bien iba cargada con suficientes collares enjoyados con esmeraldas, gotas de fuego y ópalos, y sartas de perlas gruesas para que casi resultara un atavío decente. Los Aiel no se ponían anillos, pero Sevanna lucía como poco uno en cada dedo con gemas engastadas. La gruesa banda de oro y gotas de fuego, colocada sobre el pañuelo doblado de seda azul que le sujetaba el cabello rubio y largo hasta la cintura, más parecía una diadema, si no una corona. Eso no tenía nada de Aiel.
A Faile y a los otros, seis mujeres y cinco hombres, los habían hecho levantarse en plena noche para quedarse de pie junto a la cama de Sevanna —un par de colchones de plumas, puesto uno encima del otro— por si acaso la mujer se despertaba y deseaba algo. ¿Habría algún dirigente en todo el mundo que estuviera asistido por una docena de sirvientes mientras dormía? Luchó para contener un bostezo. Había muchas cosas que quizá reportaban el castigo, pero bostezar seguro que sí lo acarrearía. Se suponía que los gai’shain eran sumisos y estaban deseosos de complacer, y por lo visto eso significaba mostrarse obsequioso hasta el punto de arrastrarse. A Bain y a Chiad, tan fieras como serían en otra situación, parecía resultarles fácil. A Faile no. En el mes que casi había transcurrido desde que la habían desnudado y atado como un rompecabezas de herrero por esconder un cuchillo, la habían azotado nueve veces por infracciones pueriles que eran graves a los ojos de Sevanna. La última sarta de verdugones no se le había quitado del todo y no tenía intención de ganarse otra tanda por un descuido.
Confiaba en que Sevanna la creyera domada tras aquella noche gélida pasada al raso. Sólo gracias a Rolan y los braseros que había llevado había salido con vida de la experiencia. Esperaba que no la estuvieran domando. Si se fingía algo durante mucho tiempo acababa haciéndose realidad. Llevaba menos de dos meses prisionera, pero sin embargo ya no conseguía recordar exactamente cuántos días hacía que la habían capturado. A veces le parecía llevar las ropas blancas hacía un año o más. En ocasiones el contacto del ancho cinturón y del collar de eslabones planos de oro le resultaba algo natural. Y eso la asustaba. Se aferraba a la esperanza con todas sus fuerzas. Escaparía pronto. Tenía que escapar. Antes de que Perrin los alcanzara e intentara rescatarla. ¿Por qué no los habría alcanzado aún? Los Shaido llevaban acampados en Malden bastante tiempo. Él no la abandonaría. Su lobo venía de camino a rescatarla. Tenía que escapar antes de que lo mataran al intentarlo. Antes de que la sumisión dejara de ser fingida.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir castigando a Galina Sedai, Therava? —demandó Sevanna, que miró ceñuda a la Aes Sedai. Therava estaba sentada delante de ella, cruzada de piernas sobre un cojín azul con borlas en las esquinas, muy recta la espalda y el gesto severo—. Anoche calentó demasiado el agua para mi baño, y tiene tantos verdugones que tuve que ordenar que la golpearan en las plantas de los pies. Eso no es muy eficaz cuando hay que dejarla con posibilidades de caminar.