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—Veamos, aquí hay buen suelo para plantar y tenemos sus semillas además de las nuestras. ¿Quién sabe qué tipo de suelo habrá en esas montañas? Nuestras incursiones nos proporcionan vacas, ovejas y cabras también. Aquí hay buenos pastizales. ¿Sabes los que encontraríamos en esas montañas, Therava? Aquí tenemos más agua de la que ningún clan ha tenido jamás. ¿Sabes dónde hay agua en las montañas? En cuanto a defendernos, ¿quién nos atacaría? Esos habitantes de las tierras húmedas huyen de nuestras lanzas.

—No todos huyen —replicó secamente Therava—. Incluso hay algunos que son buenos en la danza de las lanzas. ¿Y si Rand al’Thor manda a otro de los clanes contra nosotros? No lo sabremos hasta que los cuernos toquen para el ataque. —De repente sonrió, pero fue un gesto que no se reflejó en sus ojos—. Algunos dicen que tu plan es que Rand al’Thor te capture y te haga su gai’shain para así inducirlo a casarse contigo. Una idea divertida, ¿no te parece?

A despecho de sí misma, Faile se encogió. La demente idea de Sevanna de desposarse con al’Thor —¡tenía que estar loca para pensar que podría hacerlo!— era lo que la ponía a ella en peligro por parte de Galina. Si la mujer Aiel no sabía que Perrin estaba vinculado con al’Thor, Galina podía decírselo. Se lo diría si no conseguía apoderarse de esa maldita vara. Entonces sí que Sevanna no correría el menor riesgo de perderla. La tendría encadenada tan seguro como si hubiera intentado huir.

La expresión de Sevanna era cualquier cosa menos divertida. Chispeantes los ojos por la ira, se echó hacia adelante, de manera que la abertura de la bata dejó a la vista el busto por completo.

—¿Quién dice eso? ¿Quién?

Therava tomó la copa y dio otro sorbo de agua. Al comprender que no iba a contestar, Sevanna se echó hacia atrás y se arregló la bata. Sin embargo los iris seguían centelleando como esmeraldas pulidas, y, cuando habló, en sus palabras no había nada de frívolo, además de sonar con tanta dureza como la que denotaban sus ojos.

—Me casaré con Rand al’Thor, Therava. Casi lo tenía, hasta que tú y las otras Sabias me fallasteis. ¡Me casaré con él, uniré a los clanes y conquistaré todas las tierras húmedas!

Therava hizo una mueca burlona por encima de la copa.

—El Car’a’carn era Couladin, Sevanna. No he encontrado a las Sabias que le dieron permiso para entrar en Rhuidean, pero las hallaré. Rand al’Thor es una creación de las Aes Sedai. Lo instruyeron en lo que tenía que decir en Alcair Dal, y fue un día nefasto aquel en el que reveló secretos que muy pocos son lo bastante fuertes para conocer. Da gracias de que la mayoría creyó que mentía. Pero, se me olvidaba… Tú nunca estuviste en Rhuidean. Tú también creíste que esos secretos eran mentira.

Más gai’shain empezaron a pasar por los faldones de la tienda con la túnica empapada y recogida hasta las rodillas hasta que se encontraban dentro. Todos llevaban collar y cinturón dorados. Las suaves botas atadas con lazadas dejaron marcas de barro en las alfombras. Después, cuando se hubieran secado, tendrían que limpiarlas, pero que hubiera barro en la túnica era el camino más seguro para recibir una tanda de latigazos. Sevanna quería que sus gai’shain estuvieran impolutos cuando se encontraban en su presencia. Ninguna de las dos Aiel hizo caso alguno de los recién llegados. Sevanna parecía desconcertada por el comentario de Therava.

—¿Y por qué te interesa quién dio permiso a Couladin? Bah, no importa —dijo, y agitó la mano como si espantara una mosca cuando no tuvo respuesta—. Couladin está muerto. Rand al’Thor tiene las marcas, las consiguiera como las consiguiera. Me casaré con él y lo utilizaré. Si las Aes Sedai podían controlarlo, y las vi manejarlo como a un bebé, entonces yo también puedo. Con un poco de ayuda por tu parte. Y me ayudarás. ¿Convienes conmigo en que merece la pena unir de nuevo a los clanes sin importar cómo? Estuviste de acuerdo en su momento. —De algún modo, en sus palabras había algo más que un dejo de amenaza—. Los Shaido nos convertiremos en el clan más poderoso de la noche a la mañana.

Con las capuchas echadas, los gai’shain recién llegados —nueve hombres y tres mujeres, una de ellas Maighdin— se colocaron en silencio a lo largo de las paredes de la tienda. La mujer de cabello dorado tenía una expresión sombría que no se le había borrado de la cara desde el día que Therava la descubrió en su tienda. Fuera lo que fuera lo que la Sabia le hubiera hecho, lo único que Maighdin decía sobre lo ocurrido era que quería matar a esa mujer. Sin embargo, a veces sollozaba en sueños.

Therava se guardó para sí lo que quiera que pensara sobre la unión de los clanes.

—Hay muchos que están en contra de quedarse aquí. Gran parte de los jefes de septiar presionan el disco rojo de sus nar’baha todas las mañanas. Te aconsejo que hagas caso a las Sabias.

¿Las nar’baha? Eso significaba «caja de bobos» o algo muy parecido. Pero ¿qué podría ser? Bain y Chiad seguían enseñándole costumbres Aiel cuando disponían de tiempo, y nunca habían mencionado algo así. Maighdin se paró al lado de Lusara. Un delgado noble cairhienino llamado Doirmanes se detuvo junto a Faile. Era joven y muy guapo, pero se mordía el labio con nerviosismo. Si descubría lo de los juramentos de lealtad habría que matarlo. Estaba convencida de que iría corriendo a contárselo a Sevanna.

—Nos quedamos aquí —dijo Sevanna, enfadada, que arrojó la copa a las alfombras esparciendo el vino que contenía—. ¡Represento al jefe de clan y he hablado!

—Has hablado —convino calmosamente Therava—. Bendhuin, jefe del septiar de los Sal Verde ha recibido permiso para entrar en Rhuidean. Se marchó hace cinco días con veinte de sus algai’d’siswai y cuatro Sabias que atestiguarán lo que ocurra.

Hasta que uno de los recién llegados gai’shain se encontró al lado de cada uno de los que ya estaban antes, Faile y los demás no se pusieron las capuchas y empezaron a encaminarse hacia los faldones de entrada a lo largo de las paredes de la tienda mientras se recogían la túnica hasta la rodilla. Faile había cogido confianza en cuanto a dejar las piernas al aire así.

—¿De modo que intenta reemplazarme y ni siquiera se me ha informado?

—A ti no, Sevanna. A Couladin. Como su esposa, hablas en nombre del jefe de clan hasta que un jefe nuevo vuelva de Rhuidean, pero no eres jefe de clan.

Faile salió a la fría llovizna de una mañana gris y el faldón de la tienda cayó y le impidió oír lo que Sevanna respondía a eso. ¿Qué pasaba entre esas dos mujeres? A veces, como esa mañana, parecían antagonistas, pero en otras ocasiones daban la impresión de ser cómplices renuentes unidas por algo que no le resultaba cómodo a ninguna de las dos. O tal vez el propio hecho de estar comprometidas era lo que las hacía sentirse incómodas. Bueno, no veía que saber eso fuera a ayudarla a escapar, así que no tenía importancia. Sin embargo, el interrogante la desazonaba.

Seis Doncellas estaban agrupadas delante de la tienda, con los velos descansando sobre el torso y las lanzas metidas en el correaje del estuche del arco, a la espalda. Bain y Chiad menospreciaban a Sevanna por utilizar Doncellas Lanceras como guardia de honor a pesar de que no había sido nunca Doncella y por tener siempre vigilada la tienda, pero nunca había menos de seis mujeres, de noche y de día. Esas dos también miraban con desdén a las Doncellas Lanceras Shaido por permitirlo. Ni ser un jefe de clan ni hablar en nombre de uno daba tanto poder como el que poseía la mayoría de los nobles. Las manos de las Doncellas se movían velozmente en una rápida conversación. Vio el signo para «Car’a’carn» más de una vez, pero no captó lo suficiente para deducir de qué hablaban o si se referían a al’Thor o a Couladin.