—Quiero ser libre —dijo Theril de repente—, pero si ponemos en libertad a cualquiera, entonces les hemos ganado. —Pareció sorprendido de haber hablado y se puso colorado como un tomate. Su padre lo miró ceñudo, pero después asintió con la cabeza, pensativamente.
—Muy bien dicho —le contestó suavemente Faile al chico—. Pero he hecho un juramento y pienso ceñirme a él. Tú y tu padre… —Enmudeció cuando Aravine, echando un vistazo hacia atrás, posó una mano en su brazo. La mujer había dejado de sonreír y ahora tenía cara de susto.
Faile giró la cabeza y vio a Rolan plantado junto a su tienda. Con sus buenas dos manos más alto que Perrin, llevaba el shoufa enrollado al cuello, con el velo negro caído sobre el ancho torso. La lluvia le daba brillo en la cara y hacía que el corto y pelirrojo cabello se le pegara al cráneo en rizos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? No mucho o Aravine se habría fijado antes en él. La minúscula tienda no era gran cosa como escondrijo. Alvon y su hijo habían hundido los hombros, como si pensaran atacar al alto Mera’din. Muy mala idea. Como diría Perrin, no era cuestión de que unos ratones atacaran a un gato.
—Sigue con tus tareas, Alvon —se apresuró a decir—. Y tú también, Aravine. Vamos, marchaos.
Aravine y Alvon tuvieron suficiente sentido común para no hacerle reverencias antes de irse tras echar una última ojeada preocupada a Rolan, pero Theril alzó ligeramente la mano para tocarse la frente antes de darse cuenta y frenar el gesto. Con un intenso rubor, salió disparado en pos de su padre.
Rolan se adelantó desde el costado de la tienda y se plantó frente a Faile. Lo más extraño era que llevaba un ramillete de flores silvestres azules y amarillas en una mano. Faile era muy consciente de la vara que sostenía en el interior de la manga. ¿Dónde iba a esconderla? Cuando Therava descubriera que había desaparecido sin duda pondría patas arriba el campamento.
—Has de tener cuidado, Faile Bashere —dijo Rolan mientras le sonreía desde su imponente altura. Alliandre opinaba que no era realmente guapo, pero Faile decidió que se equivocaba. Esos ojos azules y esa sonrisa lo hacían casi hermoso—. Lo que te traes entre manos es peligroso y puede que yo no esté aquí mucho más para protegerte.
—¿Peligroso? —Sintió frío en el estómago—. ¿A qué te refieres? ¿Y dónde vas? —La idea de perder su protección le hizo sentir un repentino vacío en el estómago. Pocas mujeres de las tierras húmedas habían escapado del interés de los hombres Shaido. Sin él…
—Algunos de nosotros estamos pensando en regresar a la Tierra de los Tres Pliegues. —La sonrisa se borró en su cara—. No podemos seguir a un falso Car’a’carn, un hombre de las tierras húmedas, por si fuera poco, pero quizá se nos permita vivir nuestra vida en nuestros propios dominios. Lo estamos pensando. Llevamos mucho tiempo lejos del hogar y estos Shaido nos asquean.
Encontraría la forma de arreglárselas cuando se hubiera ido. Tendría que conseguirlo. De algún modo.
—¿Y qué es lo que estoy haciendo que es peligroso? —Intentó hablar con un timbre despreocupado, pero no resultó fácil. Luz, ¿qué le ocurriría sin él?
—Esos Shaido están ciegos incluso si no están ebrios, Faile Bashere —contestó sosegadamente. Le retiró la capucha y le puso una flor en el cabello, sobre la oreja izquierda—. Nosotros, los Mera’din, utilizamos los ojos. —Otra flor fue a parar a su cabello, al lado contrario—. Últimamente has hecho muchos amigos nuevos, y planeas escapar con ellos. Un plan osado, pero peligroso.
—¿Y se lo piensas decir a las Sabias o a Sevanna? —Se sobresaltó cuando dijo aquello en un tono impasible mientras sentía retortijones en el estómago.
—¿Por qué iba a hacerlo? —inquirió él al tiempo que añadía una tercera flor al adorno—. Jhoradin cree que se llevará a Lacile Aldorwin a la Tierra de los Tres Pliegues con él aunque sea uno de los Asesinos del Árbol. Cree que podrá convencerla para que haga una guirnalda de esponsales que pondrá a sus pies. —Lacile había encontrado a su protector metiéndose en las mantas del Mera’din que la había hecho gai’shain, y Arrela había hecho lo mismo con una de las Doncellas que la había capturado, pero Faile dudaba que Jhoradin lograra su propósito. Las dos mujeres estaban centradas en escapar, prestas como flechas apuntando al blanco—. Y ahora que lo pienso, podría llevarte conmigo si nos vamos.
Faile alzó la vista hacia él y lo observó intensamente. La lluvia empezaba a empaparle el cabello.
—¿Al Yermo? Rolan, amo a mi esposo. Te lo he dicho ya, y es verdad.
—Lo sé —contestó él sin dejar de ponerle flores—. Pero de momento sigues vestida de blanco, y lo que pasa mientras vistes de blanco se olvida cuando te lo quitas. Tu esposo no te lo puede echar en cara. Además, si nos vamos, cuando estemos cerca de una ciudad de las tierras húmedas, te dejaré marchar. Para empezar, yo jamás te habría hecho gai’shain. Ese collar y ese cinturón tienen bastante oro para que te conduzca sana y salva hasta tu esposo.
A Faile se le abrió la boca por la impresión. Se sorprendió cuando el puño golpeó por primera vez el ancho pecho del Aiel. A los gai’shain jamás se les permitía recurrir a la violencia, pero el hombre se limitó a sonreírle.
—¡Eres…! No se me ocurre una palabra lo bastante mala. ¿Así que me has hecho pensar todo el tiempo que ibas a abandonarme con estos Shaido cuando tu intención era ayudarme a escapar?
Por fin él le agarró el puño y lo paró fácilmente con aquella manaza que cubría la suya por completo.
—Si nos vamos, Faile Bashere —rió. ¡El hombre rió!—. No está decidido. Sea como sea, un hombre no debe dejar que una mujer piense que está demasiado ansioso.
De nuevo se sorprendió a sí misma, esta vez por empezar a reírse y a llorar al mismo tiempo, tan fuerte que tuvo que apoyarse en él o se habría ido al suelo. ¡Ese puñetero sentido del humor Aiel!
—Estás muy hermosa con flores en el pelo, Faile Bashere —musitó mientras le ponía otra—. Y sin ellas. Y, de momento, todavía vistes de blanco.
¡Luz! Tenía la vara, apoyada contra el brazo la fría superficie, pero no había posibilidad de entregársela a Galina hasta que Therava volviera a dejarla andar libremente por el campamento, no había forma de estar segura de que la mujer no la traicionaría antes de ese momento, llevada por la desesperación. Rolan le ofrecía una salida, «si» es que los Mera’din decidían marcharse, pero él seguiría intentando engatusarla para llevarla a sus mantas mientras vistiera de blanco. Y si los Mera’din decidían no marcharse, ¿delataría alguno de ellos sus planes de huida? ¡Si daba crédito a lo que decía Rolan, todos lo sabían! Esperanza y peligro, todo se unía de forma inextricable. Qué embrollo.
Resultó que no se había equivocado respecto a la reacción de Therava. Justo antes de mediodía, hicieron salir a todos los gai’shain al exterior y les mandaron que se desnudaran del todo. Cubriéndose lo mejor que podía con las manos, Faile se acurrucó junto a otras mujeres que llevaban el cinturón y el collar de Sevanna —les habían hecho que se los pusieran de inmediato tras desnudarse— apiñadas en un grupo apretado por mor de la decencia mientras los Shaido revolvían las tiendas de los gai’shain y arrojaban todo fuera, al barro. Faile sólo podía pensar en el escondrijo dentro de la villa y rezar. Esperanza y peligro, y no había forma de desenmarañarlos.