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Una vara y una cuchilla

Mat no había esperado que Luca abandonase Jurador después de un sólo día —la amurallada ciudad salinera era rica, y a Luca le encantaba verse las manos llenas de monedas—, así que no se sintió decepcionado en realidad cuando el hombre le dijo que el Gran Espectáculo Ambulante y Magnífica Exhibición de Maravillas y Portentos de Valan Luca permanecería allí al menos dos días más. No se sentía decepcionado, pero de algún modo había esperado seguir teniendo la suerte de cara, sin olvidar el hecho de que era ta’veren. Claro que, a su modo de ver, ser ta’veren nunca le había traído nada bueno.

—Las colas en la entrada son casi tan largas ya como lo eran ayer en el momento de más afluencia —dijo Luca prodigándose en gestos.

Era por la mañana temprano, al día siguiente de la muerte de Renna, y se encontraban en el interior del enorme y llamativo carro de Luca. El hombre alto estaba sentado en una silla dorada junto a la mesa estrecha, una mesa de verdad, con taburetes para los invitados metidos debajo. La mayoría de los otros carros tenían un tablón que colgaba del techo y la gente se sentaba en las camas para comer. Luca aún no se había puesto una de sus llamativas chaquetas, pero sus gestos suplían con creces esa falta. Latelle, su mujer, cocinaba las gachas de avena del desayuno en la pequeña cocina de ladrillo con cubierta de hierro que había en uno de los rincones del carro sin ventanas. El aroma de las especias cargaba el aire. Para Mat, la mujer de rostro severo ponía tantas especias en la comida que todo lo que cocinaba era incomible; no obstante, Luca engullía todo lo que su mujer le ponía delante como si fuera un festín. Debía de tener la lengua curtida como cuero.

—Hoy espero el doble de visitantes, tal vez el triple, y mañana también. La gente no puede ver todo en una sola visita y aquí se pueden permitir el lujo de venir dos veces. El boca a boca, Cauthon. El boca a boca. Eso atrae a tantas personas como las flores nocturnas de Aludra. Tal como están saliendo las cosas, me siento como si fuera ta’veren. Mucho público, con perspectivas de que haya más. Un salvoconducto de la Augusta Señora… —Luca enmudeció de golpe y pareció sentirse un tanto avergonzado, como si acabara de recordar que el nombre de Mat aparecía en el salvoconducto, pero para puntualizar que se lo excluía de esa protección.

—Si fueras realmente ta’veren no te gustaría —masculló Mat entre dientes, lo que provocó que el otro hombre lo mirara de forma rara. Metió un dedo por el pañuelo de seda negra que le tapaba la marca de la soga y tiró de él. Por un instante había tenido la impresión de que le apretaba demasiado. Había pasado una noche de sueños lóbregos en los que los cadáveres flotaban río abajo, y despertó con el matraqueo de los dados en la cabeza. Siempre era una mala señal y ahora parecían rebotarle dentro del cráneo con más fuerza que antes—. Puedo pagarte lo mismo que ganarías por cada función que hicieras de aquí a Lugard, por mucha gente que asistiera. Esto, además de lo que te prometí por llevarnos a Lugard. —Si el espectáculo no se detenía cada dos por tres podrían reducir el tiempo para llegar a Lugard a tres cuartos como poco. O más, si podía convencer a Luca de pasar todo el día en la calzada en lugar de la mitad, como hacían ahora.

A Luca pareció gustarle la idea y asintió, pensativo, pero luego sacudió la cabeza con una tristeza claramente fingida y extendió las manos con las palmas hacia arriba.

—¿Y qué se pensaría de un espectáculo ambulante que nunca se detiene para dar una función? Parecería sospechoso, ni más ni menos. Tengo un salvoconducto y además la Augusta Señora hablaría en mi favor, pero dudo que quieras que los seanchan se nos echen encima. No; para ti es más seguro de esta manera.

Ese hombre no estaba pensando en la jodida seguridad de Mat Cauthon, sino en que su jodido espectáculo podría ganar más de lo que él podría pagarle. Eso, y que ser el centro de atención como cualquier artista del circo era casi tan importante para él como el oro. Algunos miembros de la compañía hablaban de lo que harían al retirarse, pero Luca no. Él tenía la intención de continuar hasta caer muerto en mitad de una función. Y lo organizaría para que hubiera una asistencia de público lo más numerosa posible cuando tal cosa sucediera.

—Ya está listo, Valan —dijo cariñosamente Latelle mientras levantaba la olla de hierro del fogón con un paño para protegerse las manos; a continuación, la puso encima de un salvamanteles de grueso tejido que había colocado en la mesa. Ya había dos servicios preparados, con platos blancos de cerámica vidriada y cucharas de plata. Luca usaba cucharas de plata cuando todo el mundo se las arreglaba con una de hojalata o de estaño o incluso de hueso o de madera. De mirada severa y gesto duro en la boca, la entrenadora de osos tenía un aspecto raro con el largo delantal blanco puesto encima del vestido azul de lentejuelas. Probablemente sus osos desearían tener un árbol al que trepar cuando los miraba ceñuda. Pero, por raro que pudiera parecer, se desvivía para contentar a su marido.

—¿Queréis desayunar con nosotros, maese Cauthon? —preguntó Latelle, aunque no había nada de invitador en su tono; de hecho, era todo lo contrario ya que no hizo la menor intención de girarse hacia el armario donde guardaba los platos.

Mat le hizo una reverencia que agrió aún más el gesto de la mujer. Siempre había sido educado con ella, pero Latelle se había cerrado en banda, sin querer simpatizar con él.

—Agradezco vuestra amable invitación, señora Luca, pero no.

Latelle dejó escapar un gruñido como respuesta a su comportamiento cortés. Mat se puso el sombrero de ala ancha y salió del carro. Los dados continuaban girando.

El carro grande de Luca, pintado en rojo y azul relucientes y decorado con estrellas doradas y cometas, por no mencionar las fases lunares en plateado, se encontraba en mitad del espectáculo, lo más alejado posible de las malolientes jaulas de los animales y las hileras de caballos estacados. Estaba rodeado por carromatos más pequeños —casitas sobre ruedas—, la mayoría sin ventanas y pintados con un solo color, sin ninguna decoración adicional como el de Luca, y por tiendas del tamaño de una pequeña casa de colores azules, verdes o rojos y algunas veces de rayas. El sol casi había llegado a su cenit en un cielo por el que unas nubes —blancas y pequeñas como salpicaduras de espuma— se desplazaban despacio. Los niños y las niñas corrían jugando con aros y pelotas mientras los miembros de la compañía, hombres y mujeres, hacían el calentamiento retorciéndose y estirándose para las actuaciones matinales; casi todos llevaban chaquetas y vestidos de lentejuelas, relucientes y llenos de colorido. Cuatro contorsionistas, vestidas con diáfanos pantalones atados a los tobillos y blusas tan finas que dejaban poco a la imaginación, le hicieron torcer el gesto con dolor. Dos de ellas estaban sentadas sobre sus propias cabezas encima de una manta extendida en el suelo, junto a su tienda de color rojo, mientras las otras habían retorcido el cuerpo en un par de nudos que parecían más allá de toda posibilidad de poder desatarse. ¡Debían de tener un muelle, en lugar de columna vertebral! Petro, el hombre forzudo, hacía ejercicios de calentamiento con el torso al aire delante del carro verde que compartía con su esposa. Con cada mano levantaba unas pesas que Mat no creía ser capaz de poder levantar con las dos. El hombre tenía los brazos más gruesos que las piernas de Mat, y ni siquiera estaba sudando. Los perritos de Clarine formaban una línea frente a la escalerilla del carromato y movían la cola ansiosamente esperando a su entrenadora. A diferencia de los osos de Latelle, Mat imaginaba que los perros de la regordeta mujer actuaban para hacerla sonreír.

Siempre tenía tentaciones de sentarse tranquilamente en algún lugar cuando los dados rodaban en su cabeza —un sitio en el que no pareciera probable que fuera a pasar nada— y esperar a que se detuvieran; pero, a pesar de que habría disfrutado observando a las acróbatas, algunas de las cuales llevaban tan poca ropa encima como las contorsionistas, empezó a recorrer la media milla de distancia que había hasta Jurador sin dejar de observar atentamente a todas las personas que caminaban por la ancha calzada de tierra apelmazada. Había algo que quería comprar.