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La gente llegaba para ponerse en la larga cola que esperaba detrás de una recia cuerda extendida a lo largo de la alta pared de lona del espectáculo. Se podían contar con los dedos de una mano aquellos que llevaban más que un simple y pequeño bordado en la ropa, ya fuera en los vestidos de señora o en las chaquetas cortas de hombre. Unos cuantos carros de ruedas altas de granjeros avanzaban cansinamente, tirados por un caballo o un buey. Unas figuras se movían entre el bosquecillo de molinos de viento que bombeaban los pozos de sal en las bajas colinas que había detrás de la ciudad y alrededor de las largas planchas de evaporación. Una caravana de carretas cubiertas con lona, veinte de las cuales iban tiradas por troncos de seis caballos, salía con gran estruendo por las puertas de la ciudad cuando Mat se acercaba a ellas. La mercader a la que pertenecía la caravana, cubierta con una capa de un vivo color verde, iba sentada junto al conductor de la primera carreta. Una bandada de cuervos graznó al pasar volando por encima; Mat sintió un escalofrío, pero nadie desapareció de su vista, todo el mundo proyectaba una larga sombra, que él pudiera ver. Y a pesar de que ese día no había apariciones de muertos andando por la calzada, Mat estaba seguro de que era justo eso lo que había visto el día anterior.

Que los muertos caminasen no podía significar nada bueno, eso seguro. Probablemente tenía algo que ver con el Tarmon Gai’don y Rand. En su mente surgió un remolino de colores y, por un instante, pudo ver en su cabeza a Rand y a Min besándose, de pie junto a una cama grande. Tropezó con sus propios pies y por poco no se fue de bruces al suelo. ¡Estaban desnudos! Tenía que tener cuidado si pensaba en Rand… Los colores volvieron a arremolinarse y cobraron consistencia y nitidez un instante; tropezó de nuevo. Lo peor no era atisbar besos y arrumacos. Tenía que tener muchísimo cuidado con lo que pensaba. ¡Luz!

Los dos guardias apoyados en las alabardas y apostados junto a las puertas tachonadas con hierro, hombres duros vestidos con petos blancos y yelmos cónicos rematados con cimeras de cola de caballo, lo miraron recelosos. Probablemente pensarían que estaba borracho. El gesto tranquilizador que les hizo Mat no logró cambiar su expresión un ápice. En aquel momento no le habría venido nada mal un trago de algo fuerte. Sin embargo, los guardias no intentaron impedirle que entrara y se limitaron a observarlo mientras pasaba. Los borrachos causaban problemas, sobre todo alguien que estuviera ebrio a una hora tan temprana, pero un beodo con una chaqueta de calidad —sin adornos, pero bien cortada y de buena seda— y con encajes en los puños, era un asunto totalmente diferente.

Las calles adoquinadas de Jurador eran ruidosas incluso a estas horas. Había vendedores ambulantes que llevaban bandejas o que voceaban sus mercancías detrás de carretillas, tenderos junto a unas mesas estrechas colocadas delante de las tiendas que pregonaban a los cuatro vientos la calidad de sus artículos, y también toneleros que metían a golpe de martillo los aros que sujetaban las duelas de barriles para transportar sal. El ruido ensordecedor de los telares de los artesanos que hacían alfombras casi conseguía ahogar el repicar esporádico de los martillos de los herreros, por no mencionar la música de flautas, tambores y salterios que salía de posadas y tabernas. Era un desbarajuste de ciudad, con tiendas, casas y posadas pegadas a establos y tabernas, todos de piedra y con tejas rojizas. Una ciudad sólida, Jurador. Y acostumbrada al latrocinio. La mayoría de las ventanas de las plantas bajas estaban protegidas por rejas de hierro forjado. También lo estaban las ventanas de la planta alta en casas de los más ricos, sin duda comerciantes de sal en su mayoría. La música de posadas y de tabernas ejercía una fuerte atracción en él. Probablemente había partidas de dados en muchas de ellas. Casi podía sentir cómo rodaban los dados en las mesas. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había hecho girar los dados entre las manos en lugar de que estos lo hicieran dentro de su cabeza, pero no había ido a la ciudad a jugar esa mañana. Aún no había desayunado, así que se acercó a una mujer amojamada que llevaba una bandeja colgada del cuello con una correa.

—¡Empanada de carne! —gritaba—. Hecha con la mejor carne de res de Altara.

Mat confió en lo que decía la mujer y le dio los cobres que costaba. No había visto vacas en ninguna de las granjas cercanas a Jurador, sólo ovejas y cabras, pera era mejor no indagar demasiado de qué estaban hechas las empanadas que se compraban en las calles de cualquier ciudad. Bien podía haber vacas en las granjas aledañas. Podía. En cualquier caso, la empanada era sabrosa y, para su sorpresa, aún estaba caliente. Siguió andando por las calles abarrotadas de Jurador mientras hacía malabarismos con la empanada caliente para no quemarse y se limpiaba la grasa que le escurría por la barbilla.

Tuvo cuidado de no chocar con nadie de la multitud. Por lo general, los altaraneses eran muy susceptibles. En esta ciudad se podía deducir la posición social de cualquiera, sin temor de errar mucho, por la cantidad de bordados que llevaban chaquetas, vestidos y capas —a más bordados, más alta— incluso antes de estar lo suficientemente cerca para distinguir si el tejido era paño o seda, aunque las mujeres acaudaladas se cubrían el rostro de tez olivácea con velos transparentes sujetos con vistosas peinetas que iban prendidas a las trenzas prietamente enroscadas. Pero tanto los hombres como las mujeres, ya fueran comerciantes de sal o vendedores ambulantes de cintas, llevaban al cinto largos cuchillos de hoja curva cuyas empuñaduras acariciaban de vez en cuando, como si buscaran pelea. Mat intentaba evitar las peleas siempre, aunque su suerte rara vez le funcionaba en eso y, más bien, era su condición de ta’veren la que tomaba el control en tales situaciones. Los dados nunca habían indicado una pelea —batallas, en todo caso, pero no una riña callejera—, pero aun así iba con mucho cuidado. Tampoco es que eso fuera a ayudar. Cuando los dados se paraban, se paraban, y eso era todo. Pero no había por qué correr ningún riesgo. Odiaba correr riesgos, excepto cuando jugaba, por supuesto, y para él eso rara vez significaba arriesgar algo.

Vio un barril lleno de gruesos bastones de combate y otros más finos para andar, delante de una tienda que tenía expuestas espadas y dagas bajo la atenta mirada de un tipo robusto que tenía los nudillos hundidos y al que le habían roto la nariz más de una vez. Una recia porra le colgaba del cinturón junto a la inevitable daga. El hombre proclamaba con voz bronca que todas las hojas de acero allí expuestas eran andoreñas, pero todo el mundo que no hacía sus propias cuchillas decía siempre que eran andoreñas, cuando no de las Tierras Fronterizas. Incluso de Tear, algunas veces. En Tear se fabricaba buen acero.

Para sorpresa y deleite de Mat, dentro del tonel había una vara fina que parecía de tejo negro y que sobresalía unos treinta centímetros por encima de su cabeza. Sacó la vara del tonel y comprobó las excelentes vetas que parecían trenzadas. ¡Y tanto que era tejo negro! Esas vetas características eran las que daban a los arcos tal potencia, el doble que con cualquier otra madera. Nunca se podía estar seguro hasta que se empezara a rebajar la madera para quitar el sobrante, pero el listón parecía perfecto. Luz, ¿cómo es que había tejo negro en el sur de Altara? Estaba seguro de que sólo crecía en Dos Ríos.

La tendera, una mujer muy compuesta que lucía un vestido bordado con pájaros de vivo plumaje bajo los senos, salió de la tienda y empezó a alabar las virtudes de las armas que vendía.