—¿Cuánto pide por la vara negra, señora? —preguntó Mat.
La mujer parpadeó, asombrada por el hecho de que un hombre vestido con seda y encajes quisiera ese tipo de arma; con lo fina que era la jodida tabla ¿cómo podía pensar que era un jodido bastón de combate? La mujer fijó un precio que Mat pagó sin regatear, lo que hizo que ella volviera a parpadear asombrada y que, acto seguido, frunciera el entrecejo, como si pensara que podría haber sacado más. Mat habría pagado más por lo que era un arco largo de Dos Ríos en potencia. Con la negra vara al hombro echó a andar, devoró el último trozo de empanada de carne y se limpió la mano en la chaqueta. Pero no había ido a la ciudad a desayunar o a comprar un bastón, como tampoco lo había hecho para jugar. Lo que le interesaba tenía que buscarlo en los establos.
En las caballerizas siempre tenían dos o tres caballos para vender, y si uno ofrecía un buen precio normalmente podían venderle uno que no estaba en venta. O por lo menos lo hacían cuando los seanchan no se habían quedado ya con los mejores. Por suerte, la presencia de los seanchan en Jurador había sido fugaz por el momento. Fue de establo en establo examinando zainos y ruanos, ruanos azulados y pintos, rucios, alazanes, negros, blancos, grises, rodados, yeguas y castrados. Un semental no serviría a sus propósitos. No todos los animales que vio tenían la cinchera plana y las cañas largas, pero aun así ninguno era como el que tenía en mente. Hasta que entró en un estrecho establo encajado entre una enorme posada de piedra llamada Los Doce Pozos de Sal y una tienda de alfombras.
Cualquiera habría pensado que los ensordecedores telares molestarían a los caballos, pero todos estaban tranquilos, al parecer acostumbrados al ruido. Las casillas del establo llegaban hasta el fondo del edificio más de lo que había imaginado, pero las lámparas que colgaban de los postes alumbraban el interior. El aire, lleno de motas de polvo, olía a heno, avena y estiércol de caballo reciente. Tres hombres armados con palas limpiaban los establos. El propietario mantenía el lugar limpio, con lo que había menos probabilidades de que los animales cogieran enfermedades. Mat había salido de algunos establos nada más olerlos.
Una yegua negra y blanca, que habían sacado de su establo y tenían sujeta por un ronzal mientras un mozo de cuadra colocaba paja nueva, estaba bien plantada y con las orejas tiesas, alerta. Medía unas quince palmos de alzada, tenía el cuello largo y la profunda cinchera prometía resistencia; las patas eran perfectamente proporcionadas, de caña corta y con un buen ángulo respecto con la cuartilla. La bajada de la espaldilla era buena, con la grupa a la misma altura que la cruz. Tenía unas líneas tan buenas como Puntos, o incluso mejores. Además de todo eso, pertenecía a una raza de la que había oído hablar pero nunca había pensado que vería, una «cuchilla» de Arad Doman. Ninguna otra raza tenía ese colorido tan distintivo. El negro se encontraba con el blanco en la capa del animal formando listas tan rectas que parecían cortadas a cuchilla, de ahí el nombre. Su presencia aquí era tan extraña como la vara de tejo negro. Siempre había oído que ningún domani vendería un cuchilla a un extranjero. Recorrió con la mirada las casillas del establo para estudiar a los otros animales. ¿Giraban más despacio los dados en su cabeza? No, sería su imaginación. A no dudar giraban igual de rápido como cuando estaba en el carro de Luca.
Un hombre enjuto, al que sólo le quedaba una orla de pelo cano en la cabeza, inclinó ésta en un saludo al tiempo que enlazaba las manos y se acercaba.
—Toke Fearnim, milord —se presentó con un acento bronco, sin dejar de mirar dubitativamente la vara para el arco que Mat llevaba sobre el hombro. Los hombres con chaquetas de seda y sellos de oro no solían llevar esas cosas—. ¿En qué puedo serviros? ¿Milord desea alquilar un caballo? ¿O comprarlo?
Unos bordados de pequeñas flores de vivos colores adornaban los hombros del chaleco que llevaba el hombre encima de una camisa que quizás otrora fuera blanca. Mat evitó mirar por completo las flores. El tipo llevaba uno de esos cuchillos curvos en el cinturón y tenía dos largas cicatrices blancas en la cara curtida. Viejas cicatrices. Si había tenido alguna pelea reciente no le había dejado marcas que estuvieran a la vista.
—Comprarlo, maese Fearnim, si es que tenéis alguno para vender y si es que veo uno medio decente. Me han ofrecido montones de pencos bocas blandas, medio cojos por los esparavanes y supuestamente de seis años cuando en realidad tenían dieciocho como poco. —Sopesó la tabla del arco al tiempo que sonreía. Su padre aseguraba que los tratos salían mejor si uno era capaz de conseguir que el otro tipo sonriera.
—Tengo tres para vender, milord, y ninguno de ellos sufre de esparavanes —contestó el hombre enjuto con otra reverencia y sin el menor atisbo de sonrisa. Gesticuló con la mano—. Una está fuera de su cuadra, ahí. Tiene cinco años y es un animal excelente, milord. Y una ganga por diez coronas. De oro —añadió suavemente.
Mat abrió la boca exageradamente.
—¿Por una picaza? ¡Sé que los seanchan han hecho que los precios suban, pero esto es ridículo!
—Oh, pero es que no es una picaza vulgar y corriente, milord, sino una cuchilla. Los domani de alcurnia montan cuchillas.
¡Oh, mierda! Adiós muy buenas a conseguir la ganga.
—Eso es lo que decís, sí —rezongó Mat mientras apoyaba un extremo de la tabla del arco en el suelo de piedra para apoyarse en ella. La cadera le molestaba rara vez ya, salvo cuando caminaba un buen trecho, justo lo que había hecho esa mañana y ahora sentía punzadas. Bueno, ganga o no ganga, tenía que seguir el juego. Las transacciones de ganado equino se regían por ciertas reglas, y romperlas era tanto como pedir que a uno le dejaran vacíos los bolsillos—. Nunca había oído que hubiera una raza llamada cuchilla. ¿Qué más tenéis? Pero que sean castrados o yeguas ¿eh?
—Castrados es todo lo tengo a la venta, milord, excepto la cuchilla —respondió Fearnim, que dio un poco de énfasis a la palabra «cuchilla». Se giró hacia el fondo del establo y gritó—. ¡Adela, trae ese zaino grande que está a la venta!
Una jovencita larguirucha, con la cara llena de espinillas y vestida con polainas y un chaleco liso y oscuro, llegó corriendo desde el fondo del establo. Fearnim mandó a Adela que sacara al zaino y después a un rodado gris, conducidos con ronzales, donde había luz, cerca de las puertas. Mat tuvo que reconocer eso en favor del hombre. No tenían mala estampa en absoluto, pero el zaino era demasiado grande, más de diecisiete palmos hasta la cruz, y el gris mantenía las orejas echadas hacia atrás e intentó morderle la mano a Adela en dos ocasiones. Sin embargo, la chica era hábil con los animales y esquivó con facilidad las arremetidas del arisco gris. Rechazar los dos habría sido fácil incluso si no le hubiera echado el ojo a la cuchilla.
Un gato flaco de rayas grises, como un gato de montaña en miniatura, apareció y se sentó a los pies de Fearnim para lamerse un tajo sanguinolento que tenía en el lomo.
—Las ratas están peores este año que nunca, por lo que recuerdo —murmuró el encargado del establo, que miraba al gato con el ceño fruncido—. Se defienden y luchan más también. Voy a tener que hacerme con otro gato, o tal vez dos. —Enfocó de nuevo la atención en el negocio—. ¿Desea milord echarle un vistazo a mi estrella si los otros no son de su agrado?
—Supongo que podría echar una ojeada a esa picaza, maese Fearnim, pero no por diez coronas —contestó Mat con aire dubitativo.
—De oro —dijo Fearnim—. Hurd, trae a la cuchilla hasta aquí para que la vea el señor. —Volvió a poner énfasis en la raza de la yegua. Conseguir que el hombre bajara el precio iba a ser difícil. A no ser que, para variar, el ser ta’veren le sirviera de ayuda. La buena suerte no le funcionaba nunca con algo tan sencillo como el regateo.
Hurd era el mozo que estaba cambiando la paja en la casilla de la yegua cuchilla, un tipo achaparrado al que debían de quedarle tres pelos blancos en la cabeza y ni un solo diente en la boca, algo que se puso de manifiesto cuando sonrió. Y lo estuvo haciendo todo el tiempo mientras dirigía a la yegua en un círculo al paso. Saltaba a la vista que le gustaba el animal, y con razón.