—… sólo se ven mujeres fuera de los pueblos —estaba diciendo Noal, pero el viejo sarmentoso de cabello blanco se interrumpió al entrar Mat al carromato y cerrar la puerta tras de sí.
Los retazos de puntilla en las bocamangas de Noal habían conocido tiempos mejores, al igual que la chaqueta en fino paño gris de buen corte, aunque ambas cosas estaban limpias, si bien, a decir verdad, resultaban chocantes con los dedos retorcidos y el rostro ajado. Ésos eran rasgos de un matón de taberna envejecido, uno que había seguido peleando mucho después de haber dejado de ser un jovencito. Olver, con la buena chaqueta azul que Mat había encargado hacer para él, exhibía una sonrisa tan amplia como la de un Ogier. Luz, era un buen chico, pero jamás sería guapo con esas grandes orejas y esa boca enorme. Su comportamiento con las mujeres tenía que mejorar y mucho, si quería tener algo de suerte en ese campo. Mat había intentado pasar más tiempo con él para alejarlo de la influencia de sus «tíos», Vanin, Harnan y los otros Brazos Rojos, y al chico parecía gustarle eso. No tanto como disfrutaba jugando a serpientes y zorros o a las guijas con Tuon y mirando fijamente el busto de Selucia. Estaba muy bien que esos chicos enseñaran a Olver a disparar un arco, a usar una espada y cosas por el estilo, pero si se enteraba quién era el que le enseñaba a mirar con lascivia…
—Esos modales, Juguete —dijo Tuon arrastrando las palabras como miel escurriendo de un plato. Miel endurecida. Cuando él se hallaba presente, a no ser que jugaran a las guijas, siempre mostraba una expresión severa que en nada tenía que envidiar a la de un juez al dictar una sentencia de muerte, y el tono le iba a la par—. Llamas, y esperas a recibir permiso para entrar. A no ser que seas propiedad o un sirviente. Entonces no tienes que llamar. Además, llevas la chaqueta manchada de grasa. De ti espero que conserves limpia la ropa.
La sonrisa de Olver se borró al oír que reprendía a Mat. Noal se pasó por el largo cabello los dedos retorcidos y suspiró, tras lo cual se puso a examinar el plato verde que tenía delante como si fuera a encontrar esmeraldas entre las aceitunas.
Con tono severo o sin él, Mat disfrutaba mirando a la mujercita de tez oscura que iba a ser su esposa; que ya era su esposa a medias. ¡Luz, lo único que tenía que hacer ella era pronunciar tres frases y estarían casados! Que lo asparan, pero qué hermosa era. Hubo un tiempo en el que la confundió con una muchachita, pero eso se había debido a su talla, además de llevar la cara tapada con un velo. Sin él, era evidente que la cara triangular pertenecía a una mujer. Los enormes ojos eran estanques oscuros en los que un hombre podría pasarse la vida nadando. Sus contadas sonrisas podían ser misteriosas o traviesas, y Mat las valoraba en mucho. También disfrutaba haciéndola reír. Al menos cuando no se reía de él. Sí, cierto, era un poco más delgada de lo que había preferido siempre en una mujer, pero si tenía ocasión de rodearla con un brazo sin que Selucia estuviera presente creía que ella encajaría a la perfección contra él. Y a lo mejor podría convencerla para que le diera unos cuantos besos con aquellos labios carnosos. ¡Luz, a veces soñaba con eso! Le daría igual que le echara reprimendas si ya estuvieran casados. Bueno, casi daría igual. Así lo asparan si entendía qué importaba un poco de grasa en la chaqueta. Lopin y Nerim, los dos criados que se le habían pegado, se pelearían por ver cuál de ellos limpiaba la prenda. Ya era poco lo que tenían que hacer y realmente se enzarzarían si él no decía a cuál le encargaba la tarea. Pero eso no se lo dijo a ella. No había nada que les gustara más a las mujeres que ponerte a la defensiva y, una vez que empezabas, ya te habían ganado.
—Intentaré recordarlo, Tesoro —respondió con la mejor de sus sonrisas mientras se deslizada junto a Selucia y dejaba el sombrero al otro lado. La manta se arrugó entre los dos, que estaban separados más de un palmo, pero cualquiera habría pensado que se había puesto pegado a la cadera de la mujer. Tenía los ojos azules, pero la mirada furiosa que le asestó era tan abrasadora que podría haberle chamuscado la chaqueta—. Espero que haya más agua que vino en la copa que tiene Olver delante.
—Es leche de cabra —dijo el muchacho, indignado.
Oh. Bueno, quizás el chico era todavía muy joven incluso para tomar vino muy aguado. Tuon estaba sentada muy derecha, aunque seguía siendo más baja que Selucia, que a su vez era de talla pequeña.
—¿Qué me has llamado? —inquirió en un tono tan tajante como se lo permitía su acento.
—Tesoro. Tú tienes un apodo cariñoso para mí, así que pensé que debería tener uno para ti, Tesoro. —Creyó que a Selucia se le iban a salir los ojos de las órbitas.
—Entiendo —murmuró Tuon mientras fruncía los labios en un gesto pensativo.
Los dedos de la mano derecha se menearon aparentemente con pereza, y Selucia se levantó de la cama de inmediato y se dirigió hacia uno de los armarios. Aun así se tomó un momento para asestarle una mirada feroz por encima de la cabeza de su señora.
—De acuerdo —dijo Tuon al cabo de un instante—. Será interesante ver quién gana este juego. Juguete.
La sonrisa de Mat se borró. ¿Juego? Sólo intentaba recobrar cierto equilibrio, pero Tuon lo veía como un juego y eso significaba que él podía perder. Y seguramente sería eso lo que pasaría, ya que no tenía ni idea de cómo iba el juego. ¿Por qué las mujeres tenían que hacerlo todo tan… complicado?
Selucia volvió a su sitio y puso una taza desportillada delante de Mat y un plato de loza azul vitrificada en el que había un pan crujiente, seis variedades de aceitunas en salmuera amontonadas y tres clases de queso. Eso le levantó de nuevo el ánimo. Había confiado en que ocurriera eso, pero no había abrigado muchas esperanzas. Cuando una mujer empezaba a darte de comer, le costaba mucho trabajo evitar que volvieras a poner los pies debajo de su mesa.
—El quid del asunto es —dijo Noal, que retomó lo que estaba contando antes— que en esos pueblos Ayyad se ven mujeres de cualquier edad, pero ningún hombre que tenga más allá de veinte años, como mucho. Ni uno.
Los ojos de Olver se abrieron más aún. El chico absorbía prácticamente las historias que contaba Noal sobre los países que había visto, incluso las tierras más allá del Yermo de Aiel; y se las tragaba enteras, sin mantequilla ni nada.
—¿Tienes algún parentesco con Jain Charin, Noal? —Mat masticó una aceituna y escupió discretamente el hueso en la palma de la mano. Tenía un gusto como si le faltara poco para ponerse mala. También sabía igual la siguiente. Pero tenía hambre, así que las engulló y luego siguió con un queso blanco de cabra que se desmigaba, todo el tiempo haciendo caso omiso de los gestos ceñudos que Tuon le dirigía.
El semblante del viejo había asumido la impasibilidad de una piedra y Mat tuvo tiempo de cortar un trozo de pan y comérselo antes de que Noal contestara.
—Primos —dijo por fin, a regañadientes—. Era mi primo.