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—¿Eres pariente de Jain el Galopador? —preguntó Olver, excitado. Su libro favorito era Los viajes de Jain el Galopador, que habría seguido leyendo a la luz de la lámpara mucho después de que hubiera pasado la hora de irse a dormir si Juilin y Thera se lo hubieran permitido. Afirmaba que tenía intención de ver todo lo que el Galopador había visto cuando fuera mayor. Todo eso y más.

—¿Quién es ese hombre con dos nombres? —inquirió Tuon—. Sólo se habla así de los grandes hombres, y vosotros os referís a él como si todos tuvieran que conocerlo.

—Era un necio —dijo Noal con gesto torvo, antes de que Mat tuviera ocasión de abrir la boca, aunque a Olver sí le dio tiempo a abrirla, pero se le quedó así mientras el viejo continuaba—. Salió a vagabundear por el mundo y dejó que una buena y amante esposa falleciera de una calentura sin estar allí para cogerla de la mano mientras moría. Permitió que lo usara como una herramienta… —El semblante de Noal se quedó repentinamente en blanco. Pareció que contemplaba algo más allá a través de Mat y se frotó la frente como si tratara de recordar algo.

—Jain el Galopador fue un gran hombre —replicó ferozmente Olver. Apretó los puños como si se dispusiera a pelear por su héroe—. ¡Luchó contra trollocs y Myrddraal y corrió más aventuras que cualquier otra persona en todo el mundo! ¡Incluso Mat! ¡Capturó a Cowin Gemallan después de que éste traicionara a Malkier a manos de la Sombra!

Noal salió de su abstracción con un sobresalto y dio palmaditas a Olver en el hombro.

—Sí que lo hizo, chico. Eso hay que reconocerlo en su favor. Mas ¿hay alguna aventura por la que merezca la pena dejar morir sola a una esposa? —Su voz destilaba tal tristeza que parecía que él fuera a morirse en el sitio.

Olver no tenía respuesta a eso y puso mala cara. Si Noal había hecho que el chico cogiera antipatía a su libro preferido, Mat iba a tener unas palabras con el viejo. Leer era importante —él lo hacía; bueno, a veces— y se había ocupado de que Olver tuviera libros de su agrado.

Tuon se puso de pie y se inclinó por encima de la mesa para posar la mano en el brazo de Noal. La expresión severa se había borrado de su semblante y la había reemplazado otra de ternura. Un ancho cinturón de cuero labrado en color amarillo oscuro le ceñía el talle de manera que ponía de relieve las suaves curvas de la joven. Más monedas gastadas de su arcón. Bueno, el dinero siempre parecía llegarle con facilidad, y si ella no se lo gastaba, entonces seguramente que él lo tiraría con cualquier otra mujer.

—Tenéis buen corazón, maese Charin —dijo Tuon. ¡Llamaba a todo el mundo por su puñetero nombre excepto a Mat Cauthon!

—¿Lo tengo, milady? —dijo Noal, que parecía desear realmente tener una respuesta—. A veces creo que… —Lo que quiera que pensara a veces no iban a saberlo de momento, porque enmudeció.

La puerta se abrió y Juilin asomó la cabeza, sin entrar. El gorro cónico rojo del rastreador teariano seguía inclinado en el airoso ángulo que era habitual, pero la cara atezada denotaba preocupación.

—Soldados seanchan se están instalando al otro lado de la calzada. Voy a ver a Thera. Se llevará un susto de muerte si se entera por boca de cualquier otra persona. —Y, tan rápido como había llegado, volvió a desaparecer. La puerta osciló atrás y adelante.

7

Un medallón frío

Soldados seanchan. ¡Qué puñetas! Era lo único que le faltaba a Mat, con los dados rodando dentro de su cabeza.

—Noal, busca a Egeanin y la pones sobre aviso. Olver, tú ve a advertir a las Aes Sedai, y a Bethamin y a Seta. —Esas cinco estarían juntas o, al menos, cerca unas de otras. Las dos antiguas sul’dam seguían a las hermanas como si fueran su sombra cada vez que salían del carromato que compartían todas. Luz, esperaba que a ninguna se le hubiera ocurrido ir a la ciudad otra vez. ¡Eso sería como meter a una comadreja en un gallinero!—. Yo me acercaré a la entrada e intentaré descubrir si tenemos problemas.

—Ella no responderá a ese nombre —masculló Noal mientras se deslizaba entre la cama y la mesa. Se movía con agilidad para alguien que parecía haberse roto la mitad de los huesos del cuerpo en un momento u otro—. Sabes que no.

—Y tú sabes a quién me refiero —le replicó secamente Mat al tiempo que miraba hacia Tuon y Selucia, ceñudo. Esta estupidez del nombre era culpa de ellas. Selucia le había dicho a Egeanin que ahora su nombre era Leilwin Sin Barco, y ése era el que usaba la otrora capitana seanchan. Bueno, pues él no estaba dispuesto a tolerar ese tipo de cosas, ni para sí mismo ni para ella. La mujer tenía que entrar en razón, antes o después.

—Sólo lo comento —respondió Noal—. Vamos, Olver.

Mat fue tras ellos, pero antes de que llegara a la puerta Tuon le habló.

—¿Y a nosotras no nos adviertes que nos quedemos dentro del carromato, Juguete? ¿No dejas a nadie que nos vigile?

Los dados le decían que tendría que buscar a Harnan o uno de los otros Brazos Rojos y apostarlo fuera, aunque sólo fuera para evitar accidentes.

—Diste tu palabra —respondió sin vacilar, no obstante, mientras se ponía el sombrero. La sonrisa que recibió en respuesta merecía la pena correr el riesgo. Que lo asparan, pero cómo se le iluminaba el semblante al sonreír. Las mujeres eran siempre un juego de azar, pero a veces una sonrisa era premio de sobra.

Desde la entrada vio que los días de Jurador sin presencia seanchan habían llegado a su fin. Justo al otro lado de la calzada, enfrente de donde estaba instalado el espectáculo, varios centenares de hombres se despojaban de la armadura, descargaban carretas, montaban tiendas en filas ordenadas, colocaban líneas de estacas para atar caballos. Todo llevado a cabo con gran eficacia. Vio taraboneses con el velo de malla colgando del yelmo y petos pintados a rayas azules, amarillas y verdes, así como hombres que evidentemente pertenecían a la infantería apilando picas y colgando arcos mucho más cortos que el arco de Dos Ríos y vestidos con el mismo tipo de armadura. Supuso que debían de ser amadicienses. Ni los soldados de Tarabon ni los de Altara solían ir a pie; además, los altaraneses al servicio de los seanchan llevaban la armadura con marcas diferentes por alguna razón. También había seanchan, por supuesto, puede que unos veinte o treinta, que él viera. No cabía error con aquellas armaduras pintadas, de láminas imbricadas, ni aquellos extraños yelmos semejantes a una cabeza de insecto.

Tres soldados se acercaron caminando sin prisa a través de la calzada; eran hombres delgados, encallecidos. Las chaquetas azules, con el cuello a rayas blancas y verdes, eran bastante sencillas a despecho de los colores y denotaban el uso de la armadura encima, si bien no indicaban rango. En ese caso, no eran oficiales, pero aun así podían resultar tan peligrosos como víboras rojas. Dos de los tipos podrían haber pasado por oriundos de Murandy o incluso de Dos Ríos, pero el tercero tenía los ojos rasgados como un saldaenino y la piel de color miel. Sin pararse, echaron a andar hacia el interior del espectáculo.

Uno de los cuidadores de caballos apostados en la entrada lanzó un silbido de tres notas agudas que empezaron a repetirse como un eco por todo el recinto en tanto que el otro, un tipo bizco llamado Bollin, puso la jarra de cristal delante de los tres.

—Es un céntimo de plata cada uno, capitán —dijo con engañosa suavidad. Mat había oído hablar al hombre en ese mismo tono un instante antes de atizarle a otro mozo con una banqueta en la cabeza—. Los niños pagan cinco cobres si me llegan más arriba de la cintura, y tres si son más bajos, pero sólo los niños a los que hay que llevar en brazos pasan gratis.

El seanchan de tez color miel alzó una mano como si pensara empujar a Bollin para apartarlo, pero entonces vaciló y endureció más el gesto, si tal cosa era posible. Los otros dos se pusieron en guardia a su lado, prietos los puños, cuando el sonido de pies a la carrera anunció la llegada de todos los hombres del espectáculo, aparentemente, tanto artistas con el atuendo chillón como mozos con ropas toscas de paño. Todos llevaban una cachiporra de algún tipo en la mano, incluido Luca, vestido con una chaqueta de un rojo intenso con bordados de estrellas doradas y las botas altas vueltas en la pantorrilla, y Petro, con el torso al aire, que tenía un carácter más tranquilo y agradable que ningún otro hombre que Mat conociera, pero que en esos momentos mostraba una expresión tormentosa.