Ahora todo el mundo en el espectáculo sabía que las tres mujeres eran Aes Sedai, pero su carromato grande, cubierto con un enlucido desvaído por las lluvias, seguía estando cerca de las carretas de almacenaje con cubiertas de lona, cerca de las hileras de caballos. Luca había estado dispuesto a cambiar la disposición de algunos carromatos para ubicar a una Augusta Señora que le había dado un salvoconducto, pero no para unas Aes Sedai que lo ponían en peligro con su presencia, además de que estaban prácticamente sin un céntimo. La mayoría de las mujeres del espectáculo se mostraban bien dispuestas hacia las hermanas, y los hombres, cautelosos en mayor o menor grado —casi siempre ocurría así con las Aes Sedai—, pero seguramente Luca las habría echado a la calle para que se las arreglaran como pudieran de no ser por el oro de Mat. Las Aes Sedai representaban más una amenaza que otra cosa mientras estuvieran en zonas controladas por los seanchan. Mat Cauthon no recibía palabras de agradecimiento por ello; tampoco es que estuviera esperando que se las dieran. Se habría conformado con un mínimo de respeto, algo bastante improbable. Después de todo, las Aes Sedai eran Aes Sedai.
A los Guardianes de Joline, Blaeric y Fen, no se los veía por ninguna parte, así que no tuvo que dar explicaciones para entrar en el carromato. Sin embargo, cuando se acercaba a los escalones manchados de barro en la parte trasera del carromato, el medallón de la cabeza de zorro que llevaba debajo de la camisa se puso helado en contacto con el torso, y luego más frío aún. Permaneció petrificado como una estatua durante un momento. ¡Esas necias estaban encauzando allí! Saliendo del estupor, subió los escalones de dos en dos y abrió con un portazo.
Las mujeres que esperaba encontrar dentro estaban todas presentes: Joline, una Verde esbelta y guapa, de ojos grandes; y Teslyn, una Roja de hombros estrechos que por el gesto parecía que masticara piedras; y Edesina, una Amarilla atractiva más que guapa, con las ondas del negro cabello cayéndole hasta la cintura. Las había salvado a las tres de los seanchan, había sacado a Teslyn y a Edesina de las casetas de las damane, pero su gratitud era variable, por no decir inexistente. Bethamin, tan atezada como Tuon pero alta y con bonitas curvas, y la rubia Seta habían sido sul’dam antes de verse obligadas a ayudar a rescatar a las tres Aes Sedai. Las cinco compartían el carromato, las Aes Sedai para no perder de vista a las antiguas sul’dam, y las antiguas sul’dam para no perder de vista a las Aes Sedai. Ninguna era consciente de la tarea que realizaba, pero la desconfianza mutua se encargaba de que la llevaran a cabo de continuo. A la que no esperaba encontrar allí era a Setalle Anan, que había dirigido La Mujer Errante en Ebou Dar antes de que, por alguna razón, decidiera que formaría parte de aquel rescate. Claro que Setalle era de las que arrollaban. Y, de hecho, era de las que se entremetían. Se inmiscuía constantemente entre Tuon y él. Sin embargo, lo que hacían las mujeres no se lo había esperado.
En el centro de la carreta, Bethamin y Seta estaban rígidas como los postes de una valla, metidas hombro contra hombro entre las dos camas que no se podían levantar para sujetar contra las paredes, y Joline abofeteaba a Bethamin una y otra vez, primero con una mano y luego con la otra. Lágrimas silenciosas se deslizaban por las mejillas de la mujer alta, y Seta parecía temerse que ella sería la siguiente. Edesina y Teslyn, cruzadas de brazos, observaban con el semblante inexpresivo, en tanto que la señora Anan demostraba su desaprobación con un ceño por encima del hombro de Teslyn. Si su desaprobación era por las bofetadas o porque Bethamin se las hubiera merecido, Mat no lo sabía ni le importaba.
Llegó hasta las mujeres de una zancada, asió el brazo alzado de Joline y la hizo girar de un tirón.
—¿Pero qué diantre estáis…? —Eso fue todo cuanto tuvo tiempo de decir antes de que la mujer usara la otra mano para propinarle un bofetón tan fuerte que los oídos le pitaron.
»Esto ya es la gota que colma el vaso —dijo, y todavía con puntitos negros bailándole en los ojos se sentó en la cama más cercana y tumbó a la sorprendida Joline sobre sus rodillas.
La mano derecha cayó en el trasero de la mujer con un sonoro cachete que arrancó un chillido sobresaltado de ella. El medallón se puso aún más frío y Edesina soltó un respingo cuando vio que no ocurría nada, pero Mat intentó no perder de vista a las otras dos hermanas y tampoco a la puerta por si llegaban los Guardianes de Joline, mientras sujetaba a ésta para que no se moviera y le propinaba cachetazos tan deprisa y tan fuerte como podía. Sin saber cuántas enaguas o prendas interiores llevaba debajo del rozado vestido de paño azul, quería asegurarse de dejarle marca. Parecía como si con la mano fuera marcando el compás de los dados que repicaban dentro de su cabeza. Revolviéndose y pataleando, Joline empezó a soltar maldiciones que en nada tenían que envidiar a las de un carretero al tiempo que el medallón adquiría un tacto gélido contra su pecho, pero a no tardar consiguió que en el acerbo vocabulario de la Aes Sedai se intercalaran aullidos. Su brazo no tendría punto de comparación con el de Petro, pero distaba mucho de ser débil. La práctica con el arco y el bastón de combate fortalecía los músculos.
Edesina y Teslyn parecían haberse quedado tan petrificadas como las dos antiguas sul’dam —bueno, Bethamin estaba sonriendo, pero daba la impresión de estar tan estupefacta como Seta—; sin embargo, cuando Mat empezaba a pensar que los chillidos de Joline superaban sus imprecaciones, la señora Anan intentó pasar entre las dos Aes Sedai. ¡Sorprendentemente, Teslyn hizo un gesto perentorio para que se quedara donde estaba! Muy pocas mujeres u hombres discutían las órdenes de una Aes Sedai, pero la señora Anan asestó a la hermana Roja una gélida mirada y se abrió hueco metiendo el hombro entre las dos Aes Sedai al tiempo que mascullaba algo que hizo que las dos la miraran con curiosidad. También tuvo que bregar para pasar entre Bethamin y Seta, lo que Mat aprovechó para descargar una última tanda de azotes y después empujó a la hermana Verde para quitársela de encima de las rodillas. De todos modos, la mano empezaba a escocerle. Joline aterrizó en el suelo con un golpe seco que la hizo soltar otra exclamación.
Plantándose delante de él, tan cerca que estorbó a Joline en su intento de incorporarse rápidamente, la señora Anan lo observó cruzada de brazos de un modo que hacía más pronunciado el busto que mostraba generosamente el escote bajo. A despecho del vestido que llevaba no era ebudariana —no con esos ojos color avellana—, pero llevaba grandes aros de oro en las orejas, un Cuchillo de Esponsales, con el mango adornado de gemas rojas y blancas por sus hijos e hijas, colgado de un grueso collar de plata al cuello, y una daga de hoja curva metida en el cinturón. La falda de color verde oscuro estaba recogida y cosida en el lado izquierdo para dejar a la vista las enaguas rojas. Con pinceladas grises en el cabello, volvía a ser la majestuosa posadera ebudariana, segura de sí misma y acostumbrada a dar órdenes. Mat esperaba que lo reprendiera —¡era tan buena como las Aes Sedai a la hora de abroncar a la gente!— pero le sorprendió cuando al hablar lo hizo en un tono y con un aire pensativos.
—Joline debe de haber intentado deteneros, al igual que Teslyn y Edesina, pero fuera lo que fuera lo que hicieron, no les funcionó. Creo que eso significa que poseéis un ter’angreal capaz de desbaratar los flujos del Poder. He oído que existe ese tipo de objetos. Se supone que Cadsuane Melaidhrin posee uno, o así afirman los rumores. Sin embargo nunca he visto uno y me encantaría hacerlo. No intentaré arrebatároslo, pero os agradecería que me lo mostraseis.