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—¿Cómo es que conocéis a Cadsuane? —demandó Joline mientras intentaba sacudirse la falda en la zona del trasero, pero al primer palmetazo hizo un gesto de dolor y renunció a limpiar la falda a la par que asestaba una mirada fulminante a Mat para demostrarle que seguía teniéndolo presente en su mente. Las lágrimas aún le brillaban en los grandes ojos castaños, así como en las mejillas, pero Mat pensó que aunque tuviera que pagar por ello había merecido la pena.

—Dijo algo sobre la prueba para alcanzar el chal —comentó Edesina.

—Dijo: «¿Cómo ibas a pasar la prueba para ganar el chal si te quedas pasmada en momentos así?» —añadió Teslyn.

La señora Anan apretó los labios un instante, pero si el comentario la perturbó recobró la compostura en un abrir y cerrar de ojos.

—Recordaréis que he dirigido una posada —dijo secamente—. Mucha gente visitaba La Mujer Errante y muchas personas hablaban, quizá más de lo debido.

—Ninguna Aes Sedai habría hablado de eso —empezó Joline, que entonces se giró rápidamente. Blaeric y Fen empezaban a subir la escalerilla. Los dos eran de las Tierras Fronterizas y, por ende, hombres de talla alta. Mat se puso de pie con rapidez, listo para usar los cuchillos si era necesario. Podrían vapulearlo, pero no sin derramar sangre por ello.

Sorprendentemente, Joline se lanzó hacia la puerta y se la cerró a Fen en las narices, tras lo cual echó el pestillo. El saldaenino no hizo intención de abrirla, pero Mat estaba seguro de que esos dos lo estarían esperando cuando se marchara. Al volverse, los ojos de Joline eran brasas al rojo vivo, hasta con las lágrimas, y parecía haberse olvidado de la señora Anan de momento.

—Si se os ocurre alguna vez pensar siquiera que… —empezó mientras sacudía el dedo delante de él.

Mat adelantó un paso y plantó el índice delante de la cara de la mujer con tal rapidez que ella retrocedió de un salto y chocó contra la puerta. De la que salió rebotada y soltando otro chillido mientras le aparecían unas incipientes chapetas en las mejillas. A Mat le importaba un bledo si eran de cólera o de turbación. Joline abrió la boca, pero él no estaba dispuesto a dejarle meter baza.

—De no ser por mí estaríais llevando un collar de damane al cuello, y vosotras también, Edesina y Teslyn —empezó con tanto acaloramiento en la voz como el que le irradiaba de los ojos—. A cambio, todas habéis tratado de intimidarme. Hacéis las cosas a vuestro aire y nos ponéis en peligro a todos. ¡Os ponéis a encauzar cuando sabéis jodidamente bien que hay seanchan justo al otro lado de la calzada! Podrían tener una damane con ellos, o una docena, por lo que sabéis. —Dudaba que hubiera alguna, pero dudar no era tener la certeza, en cualquier caso, y no pensaba compartir esas dudas con ellas, y menos en ese momento—. Bien, habré aguantado algunas cosas, aunque más vale que sepáis que estoy hasta la coronilla, y que lo que no voy a consentir es que me golpeéis. Volved a abofetearme y juro que os acribillo el trasero a golpes el doble de fuertes para que os escueza el doble que ahora. ¡Os lo prometo!

—Y no intentaré impedírselo la próxima vez si lo hace —dijo la señora Anan.

—Ni yo —abundó Teslyn, a la que hizo eco Edesina tras un par de segundos.

Joline se había quedado como si le hubieran asestado un golpe entre los ojos con un martillo. Muy satisfactorio para Mat. Siempre y cuando consiguiera resolver cómo evitar que Blaeric y Fen le rompieran los huesos.

—Y ahora ¿alguna querría explicarme por qué puñetas decidisteis poneros a encauzar como si fuera la Última Batalla? ¿Tenéis que mantenerlas así, Edesina? —Señaló con la cabeza a Seta y a Bethamin. Sólo era una conjetura con cierta base, pero Edesina abrió mucho los ojos un instante, como si pensara que su ter’angreal no sólo detenía los flujos del Poder, sino que le permitía verlos. En cualquier caso, al cabo de un instante las dos seanchan se sostenían de pie en una postura normal. Bethamin empezó a secarse sosegadamente las lágrimas con un pañuelo de lino blanco, en tanto que Seta se sentaba en la cama más próxima y se ceñía los brazos sobre el torso, temblorosa; parecía más conmocionada que Bethamin.

Ninguna de las Aes Sedai se mostró inclinada a hablar, de modo que la señora Anan lo hizo en su lugar.

—Hubo una discusión. Joline quería ir a ver a esos seanchan por sí misma y no había manera de convencerla de lo contrario. Bethamin decidió meterla en cintura, como si no tuviera idea de lo que ocurriría. —La posadera sacudió la cabeza en un gesto de fastidio—. Intentó tumbar a Joline sobre sus rodillas, y Seta la ayudó. Entonces Edesina las sujetó con flujos de Aire. Es una suposición —aclaró cuando todas las Aes Sedai le asestaron una mirada intensa—. No seré capaz de encauzar, pero sé usar los ojos.

—Eso no justifica lo que sentí —dijo Mat—. Aquí se estaba encauzando una gran cantidad de Poder.

La señora Anan y las tres Aes Sedai lo estudiaron inquisitivamente al tiempo que las miradas sostenidas parecían sondear en busca del medallón. No se iban a olvidar del ter’angreal, eso era bien cierto. Joline continuó con la explicación.

—Bethamin encauzó. Nunca había visto el tejido que usó, pero durante unos instantes, hasta que perdió el contacto con la Fuente, hizo que unas chispas se agitaran todo en derredor de nosotras tres. Creo que habría usado todo el Poder que hubiera podido absorber.

Los sollozos sacudieron repentinamente a Bethamin. Se dobló hasta casi llegar al suelo.

—No era mi intención —gimió, los hombros estremecidos y el semblante contraído—. Pensé que ibais a matarme, pero no quería hacerlo. No quería. —Seta empezó a mecerse atrás y adelante mientras contemplaba a su amiga con horror. O quizás a su antigua amiga. Las dos sabían que un a’dam podía retenerlas, y tal vez a cualquier sul’dam, pero bien podrían haber negado el verdadero alcance de lo que significaba eso. Cualquier mujer capaz de usar un a’dam podía aprender a encauzar. Seguramente habían intentado negar con todas sus fuerzas ese duro hecho, olvidarlo. Sin embargo, llegar a encauzar lo cambiaba todo.

Por la Luz bendita, era lo único que faltaba, como si no hubiera ya bastantes problemas.

—¿Y qué vais a hacer al respecto? —Sólo una Aes Sedai podía manejar aquello—. Ahora que ha empezado ya no podrá parar. Eso lo sé.

—Dejarla morir —repuso duramente Teslyn—. Podemos tenerla escudada hasta que haya ocasión de librarnos de ella, y entonces que se muera.

—No podemos hacer eso —intervino Edesina, que parecía escandalizada. Aunque, al parecer, no lo estaba por la idea de dejar morir a Bethamin—. Una vez que la dejemos ir, será un peligro para cualquiera que esté cerca.

—No volveré a hacerlo —sollozó Bethamin, casi suplicante—. ¡No!

Apartando a Mat de un empellón como si fuera una percha de chaquetas, Joline se enfrentó a Bethamin puesta en jarras.

—No dejarás de hacerlo. No puedes una vez que se ha empezado. Oh, es posible que al principio transcurran unos meses entre intento e intento de encauzar, pero volverás a intentarlo un vez, y otra y otra, y en cada ocasión el peligro aumentará. —Con un suspiro, bajó las manos a los costados—. Eres demasiado mayor para inscribirte en el libro de novicias, pero no hay vuelta de hoja. Tendremos que enseñarte. Al menos lo suficiente para que no representes un peligro para cualquiera.

—¿Enseñarle? —chilló Teslyn con un timbre estridente y poniéndose en jarras ella—. ¡Yo digo que la dejemos morir! ¿Sabes acaso cómo me trataron estas sul’dam cuando me tuvieron prisionera?

—No, ya que nunca has entrado en detalles, aparte de gimotear sobre lo espantoso que fue —replicó secamente Joline, que después añadió en tono muy firme—: Pero no pienso dejar que muera ninguna mujer si puedo evitarlo.