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La cosa no acababa ahí, claro. Cuando una mujer quería discutir, podía seguir y seguir aunque fuera ella sola, y allí todas querían discutir. Edesina apoyó a Joline, al igual que la señora Anan, como si tuviera tanto derecho a opinar como las Aes Sedai. Y lo más increíble fue que Seta y Bethamin se pusieron de parte de Teslyn, negando el deseo de aprender a encauzar, agitando las manos y discutiendo a voces y con tanto fervor como las demás. Muy sabiamente, Mat aprovechó la ocasión para escabullirse del carromato y cerrar suavemente la puerta tras él. Las Aes Sedai volverían a poner su atención en él a no tardar y no había necesidad de recordárselo con su presencia. Al menos dejaría de preocuparse sobre dónde estaban los jodidos a’dam y si las sul’dam intentarían utilizarlos de nuevo. Eso ya se había solucionado de una vez por todas.

No se había equivocado respecto a Blaeric y a Fen. Lo estaban esperando al pie de los escalones y la expresión de sus semblantes era tormentosa, como poco. Sin duda sabían bien lo que le había ocurrido a Joline, aunque resultó que no sabían quién era el culpable.

—¿Qué ha pasado ahí dentro, Cauthon? —demandó Blaeric, la mirada de sus ojos azules tan penetrante que podría abrir agujeros. El más alto de los dos, aunque por muy poco, se había tenido que afeitar el mechón de cola de caballo al estilo shienariano y tampoco le hacía gracia que el pelo le estuviera empezando a crecer cubriéndole todo el cuero cabelludo.

—¿Has estado tú involucrado? —inquirió fríamente Fen.

—¿Y cómo iba estarlo? —contestó mientras bajaba al trote los escalones como si no tuviera ninguna preocupación—. Es Aes Sedai, por si no os habéis dado cuenta. Si queréis saber qué ha pasado, os sugiero que le preguntéis a ella. Yo no soy tan majadero como para hablar de ello, tenedlo por seguro. Lo único es que yo no le preguntaría justo ahora. Aún siguen discutiendo ahí dentro. Aproveché la oportunidad para escabullirme mientras aún tenía la piel intacta.

Quizá no había sido la mejor elección de palabras que había podido hacer. El semblante de los dos Guardianes se tornó aún más tormentoso, por imposible que pudiera parecer tal cosa. No obstante, dejaron que siguiera su camino sin que Mat tuviera que recurrir a los cuchillos. Además, tampoco ninguno de los dos parecía muy ansioso por entrar en el carromato. Por el contrario, se acomodaron en los peldaños a esperar, los muy tontos. Dudaba que Joline se mostrara muy comunicativa con ellos, pero sí que podía descargar parte de su irritación en los Guardianes porque lo sabían. De estar en su lugar, habría buscado tareas que lo mantuvieran alejado de ese carromato durante… Oh, digamos que un mes o dos. Eso podría ser de ayuda. De algo. Las mujeres tenían una gran memoria para ciertas cosas. A partir de ahora tendría que estar vigilante con Joline. Aun así, seguía pensando que había merecido la pena.

Con los seanchan acampados al otro lado de la calzada y con Aes Sedai discutiendo y mujeres encauzando como si nunca hubieran oído hablar de los seanchan y con los dados matraqueando en su cabeza, ni siquiera ganarle dos partidas de guijas a Tuon esa noche consiguió que sintiera otra cosa que recelo. Se fue a dormir —en el suelo, ya que le tocaba a Domon usar una de las dos camas; Egeanin siempre ocupaba la otra— con los dados rebotándole dentro del cráneo, pero estaba seguro de que el día siguiente sería mejor que el que se acababa. Bueno, nunca había presumido de tener razón siempre. Pero ojalá no se equivocara tan a menudo.

8

Huevos de dragón

A la mañana siguiente, Luca tenía a la gente del espectáculo levantando el campamento, desmontando la enorme pared de lona y guardando todo en las carretas cuando el cielo todavía estaba oscuro. Fue por el bullicio, los golpes y los gritos por lo que Mat se despertó, atontado y agarrotado de dormir en el suelo. O todo lo que pudo dormir, a costa de los jodidos dados. Eso generaba sueños que acababan con la posibilidad de dormir. Luca iba corriendo de aquí para allí en mangas de camisa y con una linterna e impartía órdenes que más que acelerar las cosas las retrasaba, pero Petro, tan ancho que parecía achaparrado a pesar de que no era apenas más bajo que Mat, hizo un alto en enganchar el tiro de cuatro caballos al carromato de Clarine y suyo para explicárselo. Con la luna menguante ya baja en el horizonte y medio oculta tras los árboles, un farol en el pescante era toda la luz que los alumbraba, un dorado foco titilante que se repetía más de un centenar de veces por todo el recinto. Clarine había ido a darles un paseo a los perros, ya que se pasarían la mayor parte del día en el carromato.

—Ayer… —El hombre forzudo sacudió la cabeza y palmeó al animal que tenía más cerca y que aguardaba pacientemente a que acabara de abrochar las últimas correas, como si el caballo hubiera dado señales de inquietud. Tal vez el que estaba nervioso era él. La noche era fresca, no fría realmente, pero se abrigaba con una chaqueta oscura y llevaba puesto un gorro de punto. A su esposa le preocupaba que cayera enfermo por alguna corriente o por el frío, y se ocupaba de que no ocurriera tal cosa—. Bueno, somos forasteros en todas partes, ¿sabéis?, y un montón de gente cree que puede abusar de los forasteros. Si dejamos que un hombre se salga con la suya, lo intentarán diez más, cuando no cien. A veces el magistrado de la localidad, o alguien que actúa como si lo fuera, hace valer la ley en nuestra defensa también, pero sólo en ocasiones. Todo porque somos forasteros y mañana o al día siguiente nos habremos marchado y, en cualquier caso, todo el mundo piensa que los extraños no andan detrás de nada bueno nunca. Así que tenemos que valernos por nosotros mismos y luchar por lo que es nuestro si es menester. Sin embargo, una vez que has hecho eso ha llegado el momento de marcharse. Lo mismo ahora que cuando sólo éramos unas pocas docenas con Luca, contando a los mozos, aunque en aquellos tiempos nos habríamos marchado tan pronto como esos soldados se fueron. En aquellos tiempos no habríamos perdido tanto dinero al irnos con precipitación —añadió secamente y sacudió la cabeza, tal vez por la codicia de Luca o quizá por lo grande que se había hecho el espectáculo, antes de continuar con su tarea.

»Esos tres seanchan tienen amigos o, al menos, compañeros a los que no les gusta que a los suyos les planten cara y tengan que retirarse con el rabo entre las piernas. La abanderada fue quien se lo mandó, pero podéis tener por seguro que nos culparán a nosotros porque creen que a nosotros nos pueden sacudir, pero a ella no. Puede que sus oficiales o sus gobernantes o quienes sean hagan justicia, como hizo ella, pero no lo sabemos seguro. En cambio, lo que sí es cierto es que esos tipos ocasionarán problemas si nos quedamos otro día. No tiene sentido quedarse cuando ello significa luchar contra soldados y que quizás algunos de los nuestros acaben heridos y no puedan actuar, y que seguro que habrá problemas con la ley, sea de un modo u otro. —Era el parlamento más largo que Mat había oído pronunciar nunca a Petro, que se aclaró la garganta como si lo azorara haber hablado de más—. Bueno —murmuró mientras se agachaba para seguir con los arreos—, Luca querrá ponerse en camino pronto. Y vos querréis ocuparos de vuestros caballos.

Mat no quería eso en absoluto. Lo más maravilloso de tener dinero no era lo que se podía comprar, sino que se podía pagar a otros para que hicieran el trabajo. Tan pronto como comprendió que el espectáculo se preparaba para ponerse en camino, había despertado a los Brazos Rojos en la tienda que compartían con Chel Vanin para que engancharan los tiros de caballos a su carreta y a la de Tuon, seguir las instrucciones dadas respecto a la cuchilla y ensillar a Puntos. El corpulento ladrón de caballos —no había robado ninguno desde que Mat lo conocía, pero eso era lo que había sido otrora— se había despabilado justo el tiempo suficiente para decir que se levantaría cuando volvieran los otros, y después se giró entre las mantas y empezó a roncar de nuevo antes de que Harnan y los demás hubieran acabado de meterse las botas. Las habilidades de Vanin eran tales que nadie dijo una palabra de protesta aparte de los rezongos habituales por la hora, y todos excepto Harnan habrían rezongado aunque los hubiera dejado dormir hasta mediodía. Cuando esas habilidades hicieran falta, los compensaría con creces, y lo sabían, incluso Fergin. El flaco Brazo Rojo no era muy listo salvo en lo relacionado con el servicio de soldado, pero en eso sí que estaba bien puesto. Bueno, estaba puesto lo suficiente.