Antes de que el sol asomara por el horizonte, el espectáculo abandonó Jurador como una larga serpiente de carruajes rodando por la ancha calzada adelante a través de la oscuridad, con la chillona monstruosidad de Luca, tirada por seis caballos, a la cabeza. El carromato de Tuon iba justo detrás, conducido por Gorderan, tan ancho de hombros que bien podría pasar por un forzudo, y Tuon y Selucia, bien abrigadas en las capas y con las capuchas echadas, apretujadas a su lado. Las carretas de almacenamiento, las jaulas de animales y los caballos sobrantes cerraban la marcha. Los centinelas del campamento seanchan los vieron partir, figuras silenciosas vestidas con armaduras que recorrían el perímetro del campamento en medio de la noche. Eso no quería decir que en el campamento reinara el silencio. Formas oscuras permanecían firmes en hileras entre las tiendas mientras una voz pasaba lista bramando los nombres a un ritmo constante y otras respondían. Mat casi contuvo la respiración hasta que aquellos gritos regulares se dejaron de oír a su espalda. La disciplina era algo fantástico. Para otros, claro.
Cabalgaba en Puntos junto al carromato de las Aes Sedai, más o menos en el centro de la larga fila de vehículos, encogiéndose un poco cada vez que la cabeza de zorro se ponía fría contra su pecho, cosa que empezó antes de que hubieran recorrido poco más de una milla. Por lo visto Joline no perdía el tiempo. Fergin, que llevaba las riendas, charlaba sobre caballos y mujeres con Metwyn. Los dos estaban tan felices como cerdos dándose la buena vida; claro que ellos no tenían ni idea de lo que pasaba dentro del carromato. Por lo menos el medallón sólo se ponía frío, y apenas. Estaban usando pequeñas cantidades de Poder. Aun así, le desagradaba encontrarse cerca de donde se encauzaba, fuera poco o mucho. Por experiencia, las Aes Sedai llevaban problemas en la escarcela y nunca vacilaban a la hora de esparcirlos sin importar quién estuviera en medio. No, con los dados rodando en la cabeza habría agradecido que no hubiera una Aes Sedai a diez millas de distancia.
Le habría gustado cabalgar junto a Tuon para tener oportunidad de charlar con ella sin importar que Selucia y Gorderan oyeran todo lo que decía, pero uno no quería que una mujer pensara que estaba demasiado ansioso. Si se hacía eso o ella se aprovechaba o se escabulliría como una gota de agua sobre una parrilla engrasada. Tuon ya encontraba el modo de sacar ventaja de sobra, y él tenía muy poco tiempo para andar con mucho cortejo. Antes o después ella pronunciaría las palabras que completarían la ceremonia matrimonial, tan seguro como que el agua mojaba, pero eso sólo hacía más urgente descubrir cómo era ella, lo que hasta el momento no había resultado nada sencillo. Esa mujercita conseguía que un rompecabezas de herrero pareciera fácil en comparación. Pero ¿cómo podía un hombre casarse con una mujer si no la conocía? Peor aún, tenía que conseguir que ella lo viera como algo más que el Juguete. El matrimonio con una mujer que no sintiera respeto por él sería como llevar una camisa de ortigas avispa negra de día y de noche. ¡Y aún peor, tenía que conseguir que se interesara por él o se encontraría escondiéndose de su propia esposa para que no lo convirtiera en un da’covale! Y, para rematarlo, tenía que hacer todo eso en el tiempo que quiera que quedara antes de tener que enviarla de vuelta a Ebou Dar. Menudo guisado, y sin duda un plato sabroso para un héroe de leyenda, una cosilla de nada en la que ocupar el tiempo de ocio antes de salir corriendo a llevar a cabo alguna gran hazaña, sólo que el puñetero Mat Cauthon no era un jodido héroe. Sin embargo, tenía que hacerlo, y no quedaba tiempo ni espacio para los errores.
Era el día que más pronto se habían puesto en camino desde el principio del viaje, pero sus esperanzas de que los seanchan hubieran asustado a Luca lo bastante para que avanzara más deprisa se vieron defraudadas enseguida. Conforme el sol ascendía en el cielo iban dejando atrás edificios de piedra de granjas esparcidas por las laderas y alguno que otro pueblo con los techos de tejas o de bálago junto a la calzada y rodeados de campos vallados con piedra, campos arrebatados a los bosques, donde hombres y mujeres se quedaban mirando boquiabiertos cuando el espectáculo pasaba y los niños corrían junto a los carromatos hasta que los padres los llamaban. Sin embargo, a media tarde la hilera de vehículos llegó a una población más grande, Cruce de Runnien, cerca de un mal llamado río que podría vadearse en menos de veinte pasos sin meterse más allá de la cintura en el agua a pesar del puente de piedra que lo salvaba. No tenía ni punto de comparación con Jurador, pero contaba con cuatro posadas así como un descampado de tierra prensada de casi media milla entre el pueblo y el río, donde los mercaderes podían estacionar sus carretas para pasar la noche. Granjas con sus campos vallados, sus huertos y sus pastos conformaban un bonito mosaico de piezas irregulares en el entorno a lo largo de más o menos una legua junto a la calzada, y tal vez más al otro lado de las colinas que había a ambos lados. Al menos, sí cubrían las laderas que Mat alcanzaba a ver. Eso era suficiente para Luca.
Ordenó que se montara la pared de lona en el claro, cerca del río para que fuera más fácil dar de beber a los animales, y luego se encaminó hacia el pueblo con la chaqueta y una capa de un rojo tan intenso que a Mat le hacía daño en los ojos, y con tantos bordados de estrellas y cometas dorados que un gitano habría llorado de vergüenza si hubiera tenido que ponérsela. El enorme cartel azul y rojo ya estaba extendido por encima de la entrada, cada carromato en su sitio, las plataformas de los números de los artistas descargadas y la pared casi levantada del todo cuando regresó escoltando a tres hombres y tres mujeres. El pueblo no estaba tan lejos de Ebou Dar, pero sus ropas habrían podido proceder de cualquier otro país. Los hombres llevaban chaquetas de paño cortas, de colores vivos y con bordados de dibujos angulares por los hombros y las mangas, y pantalones oscuros y holgados que iban metidos por dentro de las botas de caña alta. Las mujeres, que se recogían el pelo en una especie de moño enroscado en la coronilla, llevaban vestidos casi tan coloridos como las ropas de Luca, las estrechas faldas deslumbrantes de flores desde las caderas hasta el dobladillo. Todos llevaban cuchillos largos al cinto —aunque la mayor parte tenía la hoja recta— y acariciaban el mango cada vez que alguien los miraba; eso al menos era igual. Altara era Altara en cuanto a susceptibilidad. Esas personas eran el alcalde, los cuatro posaderos y una mujer enjuta, de tez apergaminada y cabello blanco, vestida de rojo, a quien los otros se dirigían con un respetuoso «madre». Puesto que el gordinflón alcalde tenía tantas canas como ella, por no mencionar que era casi calvo, y a ninguno de los posaderos les faltaban al menos unas pinceladas grises en el cabello, Mat llegó a la conclusión de que la mujer debía de ser la Zahorí del pueblo. Le sonrió y se tocó el ala del sombrero cuando pasó por delante, lo que le reportó una mira incisiva de la mujer así como una aspiración de aire por la nariz al más puro estilo de Nynaeve. Oh, sí, y tanto que era la Zahorí.
Luca les mostró todo el recinto con muchas sonrisas, gestos exagerados, reverencias teatrales y florituras con su capa; de vez en cuando se paraba aquí o allí para que un malabarista o un equipo de acróbatas ejecutara una parte de su número para los invitados. Sin embargo, la sonrisa se convirtió en una mueca agria una vez que se hubieron marchado y se perdieron de vista.