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Durante varios días después de regalarle el ramillete de flores de seda no le llevó regalos, y le había parecido detectar atisbos de decepción cuando aparecía con las manos vacías. Entonces, cuatro días después de salir de Jurador, justo cuando el sol asomaba por el horizonte en un cielo despejado, hizo que la joven y Selucia salieran del carromato púrpura. Bueno, él habría querido que estuviera sólo ella, pero Selucia era su sombra cuando se trataba de separarlos. Lo había comentado en broma una vez, y las dos mujeres siguieron hablando como si él no hubiera dicho nada. Por suerte sabía que Tuon podía reírse de una broma, porque había veces en las que parecía no tener ningún sentido del humor. Selucia, envuelta en una capa verde de paño con la capucha echada de forma que casi tapaba completamente el pañuelo rojo envuelto a la cabeza, lo miró con desconfianza; claro que ella casi siempre lo miraba así. Tuon nunca se molestaba en ponerse un pañuelo, pero la mínima longitud de su cabello negro no destacaba tanto con la capucha de la capa azul echada.

—Tápate los ojos, Tesoro —le dijo—. Tengo una sorpresa para ti.

—Me gustan las sorpresas —contestó ella mientras se ponía las manos sobre los ojos. Esbozó una fugaz sonrisa de expectación, pero sólo duró un instante—. Algunas sorpresas, Juguete. —Eso sonaba a advertencia. Selucia no se apartaba de la joven, pegada a su hombro, y aunque la exuberante mujer daba la impresión de sentirse muy tranquila, algo le decía a Mat que estaba tan tensa como una gata presta para saltar. Supuso que a ella no le gustaban las sorpresas.

—Espera aquí —dijo y giró en la esquina del carromato púrpura. Cuando regresó, traía de las riendas a Puntos y a la cuchilla, los dos animales ensillados y embridados. La yegua caminaba con paso Brioso, retozona ante la perspectiva de una salida—. Ahora puedes mirar. Pensé que te gustaría dar un paseo. —Disponían de horas; el recinto podría ser un lugar desierto por la ausencia total de señales de vida en los carromatos. Sólo en un puñado de ellos se veía salir humo por las chimeneas de metal—. Es tuya —añadió, y se quedó rígido al tiempo que las palabras se le atascaban en la garganta.

Esta vez no cabía duda. Había sido decir que la yegua era suya y de repente los dados no sonaron tan fuerte en su cabeza. No es que giraran más despacio, de eso estaba seguro. Había habido más de un juego rodando. Uno se había parado cuando llegó al acuerdo con Aludra, y otro cuando le había dicho a Tuon que la yegua era de ella. Eso era muy raro por sí mismo —¿cómo iba a ser determinante en su destino regalarle un caballo?— pero, Luz, ya había sido suficientemente malo preocuparse por un único juego de dados que lo ponía sobre aviso. ¿Cuántos más estaban rodando todavía dentro de su cráneo? ¿Cuántos momentos determinantes más esperaban para caer estrepitosamente sobre él?

Tuon se dirigió de inmediato hacia la cuchilla con una gran sonrisa que no se borró mientras la examinaba tan a fondo como lo había hecho él. Después de todo, entrenaba caballos como entretenimiento. Caballos y damane, que la Luz lo ayudara. Se dio cuenta de que Selucia lo estaba observando y el rostro de la mujer era una máscara inexpresiva. ¿Por la yegua o porque se había quedado tieso como un poste?

—Es una cuchilla —dijo mientras palmeaba el hocico corto de Puntos. El castrado había hecho mucho ejercicio, pero la ansiedad de la cuchilla parecía haberlo contagiado—. La raza cuchilla goza del favor de la aristocracia domani, y no es probable que veas otro ejemplar fuera de Arad Doman. ¿Qué nombre le vas a poner?

—Da mala suerte ponerle nombre a un caballo antes de haberlo montado —contestó Tuon mientras asía las riendas. Todavía sonreía de oreja a oreja y sus ojos inmensos relucían—. Es un gran animal, Juguete. Un regalo maravilloso. O es que tienes buen ojo con los caballos o es que tuviste suerte.

—Tengo buen ojo, Tesoro —respondió, receloso. Parecía más complacida de lo que justificaba la yegua en sí.

—Si tú lo dices… ¿Y la montura de Selucia?

Oh, vaya. Había merecido la pena intentarlo. Sin embargo, un hombre listo cubría sus apuestas, así que lanzó un agudo silbido y, en respuesta, Metwyn apareció al trote llevando de las riendas un rodado ensillado. Mat pasó por alto la amplia sonrisa que dividía el pálido semblante del hombre. El Brazo Rojo cairhienino había estado seguro de que no se saldría con la suya de dejar a Selucia en el recinto, pero tampoco era menester exhibir esa sonrisa burlona. Mat juzgaba que el castrado rodado, de diez años, era un animal bastante manso para Selucia —en sus recuerdos prestados, las doncellas de las damas rara vez pasaban de ser unas amazonas aceptables—, pero la mujer le hizo un repaso tan completo como el de Tuon. Y cuando hubo acabado dirigió una mirada a Mat que decía que montaría en el caballo para no dar la murga, pero que le parecía rotundamente insatisfactorio. Las mujeres eran capaces de condensar muchas cosas en una mirada.

Una vez fuera del campo donde el espectáculo estaba instalado, Tuon condujo a la cuchilla al paso por la calzada un tramo, después la puso al trote y a continuación a medio galope. Allí el suelo era una tierra compacta, arcillosa y amarilla, de la que sobresalían bordes de piedras de un antiguo pavimento. Sin embargo eso no era un problema para un caballo bien herrado, y Mat se había asegurado de que tal era el caso de la cuchilla. Llevaba a Puntos a la par con la yegua, más por el placer de ver su sonrisa que por otra cosa. Cuando Tuon disfrutaba, la severa juez quedaba olvidada y su semblante irradiaba de puro placer. No es que resultara fácil observarla, ya que Selucia mantenía al castrado entre ellos. La mujer de cabello amarillo era una formidable carabina y, por las miradas de soslayo que le dirigía y sus medias sonrisas, lo estaba pasando en grande frustrando sus esperanzas.

Al principio tuvieron la calzada para ellos solos a excepción de alguno que otro carro de granjero, pero al cabo del rato vieron aparecer una caravana de gitanos que se acercaba en una hilera de carromatos pintados en colores chillones y que rodaban lentamente hacia el sur por el lado contrario de la calzada, flanqueados por perros enormes. Esos perros eran la única protección real que tenían los gitanos. El conductor del primer carromato, de color tan rojo como las chaquetas de Luca y decorado en amarillo, y con las ruedas en contrastados verde y amarillo por si fuera poco, se incorporó casi del todo en el pescante para otear en dirección a Mat, y después volvió a sentarse y le dijo algo a la mujer que iba a su lado, sin duda para tranquilizarla con la presencia de dos mujeres en el grupo. Los gitanos eran precavidos por necesidad. La caravana al completo empezaría a azuzar a los caballos y huiría de un solo hombre si creían que quería hacerles daño.

Mat saludó con la cabeza al tipo cuando empezaron a pasar los carromatos a su lado. El hombre delgado, de pelo canoso, vestía una chaqueta de cuello alto y tan verde como las ruedas del vehículo, mientras que el vestido de la esposa era de rayas azules de distintos tonos, la mayoría lo bastante intensos para no desentonar con los atuendos de los artistas del espectáculo. El hombre canoso alzó la mano en un saludo…

Y Tuon hizo girar bruscamente a la cuchilla y entró a galope entre los árboles con la capa ondeando tras ella. En un visto y no visto, Selucia puso al rodado a galope y fue en pos de la joven. Sujetándose el sombrero para no perderlo, Mat hizo que Puntos girara y las siguió. En los carromatos se alzaron gritos, pero no les hizo caso. Tenía puesta toda su atención en Tuon. Habría querido saber qué se proponía. Escapar no, de eso estaba seguro. Seguramente sólo intentaba hacer que se subiera por las paredes. Si era eso, llevaba camino de conseguirlo. Puntos alcanzó enseguida al rodado y dejó atrás a una ceñuda Selucia que azuzaba a su montura con las riendas, pero Tuon y la cuchilla mantenían la ventaja mientras el terreno ondulado empezaba a ascender hacia otro montuoso. La trápala de los cascos de los dos caballos iba espantando bandadas de aves que alzaban el vuelo, polladas de paloma gris, codornices de plumaje moteado y algún urogallo pardo de cuello rizado. Lo único que hacía falta para que ocurriera un desastre era que la yegua se asustara en una de esas ocasiones. Hasta la montura mejor entrenada podía encabritarse y caer cuando un ave le salía volando entre las patas. O peor aún, Tuon cabalgaba como una loca, sin aflojar el paso y sin desviarse a menos que el sotobosque se volviera muy denso, y saltaba sobre árboles derribados por tormentas como si tuviera algún indicio de lo que había al otro lado. Bueno, él también tenía que cabalgar como un loco para no quedarse atrás, aunque se encogía cada vez que Puntos saltaba sobre el tronco de un árbol caído. Algunos eran casi tan gruesos como él de alto. Taconeó los flancos del castrado para instarlo a ir más deprisa aunque sabía que Puntos corría más rápido que nunca. Había elegido demasiado bien al comprar a esa puñetera cuchilla. Siguieron cabalgando por el bosque, más y más arriba.