—Gracias por preocuparos, milord, pero pocas de nuestras mujeres tienen capacidad de encauzar —contestó sosegadamente el hombre—. Y, si alguna lo hace, actuaremos como hemos hecho siempre y la conduciremos a Tar Valon.
De pronto las mujeres prorrumpieron en carcajadas, un estallido de risas que repicaban como tañido de campanas. El Buscador se relajó de manera visible. Si las mujeres reían, entonces Mat no era la clase de hombre que las golpearía ni las mataría por interferir en sus cosas. Por su parte, Mat se puso ceñudo. Para él, aquellas risas no tenían ni pizca de gracia.
Los gitanos se marcharon después de que el Buscador hubo musitado más disculpas por haberlos molestado, pero las mujeres siguieron echando ojeadas hacia atrás y tapándose la boca con la mano mientras reían. Algunos hombres se acercaron e inclinaron la cabeza a la par que caminaban; era obvio que les estaban preguntando, pero ellas se limitaron a sacudir la cabeza. Y a volverla de nuevo hacia atrás. Y a reírse.
—¿Qué les habéis contado? —inquirió Mat con acritud.
—Oh, eso no es de tu incumbencia, ¿verdad que no, Juguete? —repuso Tuon, y Selucia se echó a reír.
Oh, vaya si rió con estridencia la puñetera. Mat decidió que más valía no saber qué habían dicho. Las mujeres lo pasaban en grande irritando y pinchando a un hombre.
9
La vía rápida
Tuon y Selucia no eran las únicas mujeres que le daban problemas a Mat, por supuesto. A veces parecía que la mayoría de los problemas que había tenido en la vida provenían de ellas, cosa que no entendía en absoluto ya que siempre procuraba tratarlas bien. Hasta Egeanin contribuía con su parte de preocupaciones, aunque era la parte más pequeña.
—Tenía razón. Crees que puedes casarte con ella —dijo arrastrando las palabras cuando le pidió ayuda con Tuon.
Ella y Domon estaban sentados en la escalerilla del carromato, ambos con un brazo rodeando al otro. Un hilillo de humo salía de la pipa de Domon. Era un bonito día y la mañana estaba mediada, aunque algunas nubes empezaban a agruparse y amenazaban con lluvia dentro de unas horas. Los artistas ofrecían sus actuaciones a los habitantes de cuatro pueblos pequeños que, combinados, quizás igualaban en tamaño a Cruce de Runnien. Mat no tenía ganas de ver la función. Oh, sí, todavía le gustaba ver el número de los contorsionistas y aún más el de acróbatas y equilibristas femeninas, pero cuando uno veía hacer malabares y tragar sables y fuego y cosas por el estilo todos los días, hasta Miyora y sus leopardos pasaban a ser… Bueno, menos interesantes, ya que no vulgares y corrientes.
—Da igual lo que piense yo, Egeanin. ¿Queréis contarme lo que sepáis de ella? Tratar de descubrir algo sobre esa mujer es como pescar con una venda sobre los ojos o como atrapar un conejo en un zarzal sin protegerse las manos.
—Me llamo Leilwin, Cauthon. No olvides eso nunca más —dijo en un tono más adecuado para dar órdenes sobre la cubierta de un barco, y los ojos parecían querer remachar la orden como dos martillos azules—. ¿Por qué iba a ayudarte? Apuntas demasiado alto para ti, un topo aspirando al sol. Podrías enfrentarte a la ejecución sólo por decir que quieres desposarla. Es ofensivo. Además, he dejado todo eso atrás. O me ha dejado a mí —añadió amargamente. Domon la estrechó con el brazo con el que la rodeaba.
—Pues, si habéis dejado atrás todo eso, ¿qué os importa lo ofensivo que pueda resultar mi deseo de casarme con ella?
Domon se quitó la pipa de la boca el tiempo suficiente para echar un anillo de humo a la cara de Mat.
—Si no quiere ayudarte, no insistas. —Lo dijo en el mismo tono de mando que si estuviera en la cubierta de un barco.
Egeanin masculló entre dientes. Parecía discutir consigo misma. Finalmente, sacudió la cabeza.
—No, Bayle. Tiene razón. Si me han dejado a la deriva, entonces he de encontrar un barco nuevo y otro rumbo. No puedo volver a Seanchan nunca, así que tanto da si corto el cabo y acabo de una vez.
Lo que sabía sobre Tuon eran rumores en su mayor parte —al parecer la familia imperial vivía tras altos muros incluso cuando estaba a plena vista y sólo escapaban murmullos de lo que ocurría al otro lado de esos muros—, pero aun así bastaron para que a Mat se le pusieran de punta los pelos de la nuca. ¿Su futura esposa había mandado asesinar a un hermano y a una hermana? ¡Después de que ellos intentaron matarla a ella, cierto, pero aun así! ¿Qué clase de familia era una cuyos miembros se iban matando unos a otros? La Sangre seanchan y la familia imperial, para empezar. La mitad de sus hermanos habían muerto, asesinados la mayoría de ellos, y puede que otros también. Algo de lo que Egeanin —Leilwin— tenía que contar era conocido generalmente entre los seanchan, y poco más reconfortante. A Tuon se la había instruido en la intriga desde la infancia, se la había instruido en el uso de armas y para luchar sin estar armada, fuertemente custodiada pero esperando que fuera su propia y última línea defensiva. A todos los que nacían de la Sangre se les enseñaba a fingir, a encubrir sus intenciones y ambiciones. El poder variaba constantemente entre la Sangre, algunos para ascender más, otros para caer, y ese baile se danzaba también en la familia imperial, sólo que más rápido y con más peligro. La emperatriz —empezó a añadir «así viva para siempre», y casi se ahogó al tragarse las palabras, tras lo cual cerró los ojos varios segundos antes de continuar—, la emperatriz había dado a luz muchos hijos, como hacían todas las emperatrices para que de ese modo, entre los que sobrevivieran, hubiera uno apto para gobernar después de ella. Ni un estúpido ni un necio ascendería al Trono del Cristal. A Tuon se la juzgaba muy lejos de ser cualquiera de esas dos cosas. ¡Luz! La mujer con la que iba a casarse era tan peligrosa como un Guardián y una Aes Sedai en un solo ser. Y podría ser igual de perjudicial.
Mantuvo varias conversaciones con Egeanin —tenía buen cuidado en llamarla Leilwin a la cara o de lo contrario se le echaría encima con una daga, pero seguía pensando en ella como Egeanin— en un intento de descubrir más cosas, pero lo que sabía sobre la Sangre era principalmente de las conclusiones de lo que se veía desde fuera, y los conocimientos que tenía de la corte imperial, tal como admitió ella misma, eran poco más que los que tuviera un golfillo de Seandar. El día que regaló la yegua a Tuon había cabalgado junto al carromato de Egeanin mientras sostenían una de esas conversaciones infructuosas. Había acompañado a Tuon y a Selucia durante un tramo, pero las dos siguieron mirándolo de soslayo para después intercambiar una mirada y soltar risitas tontas. Por lo que les habían contado a las gitanas, ni la más mínima duda. Un hombre podía aguantar esa situación hasta un punto.
—Un regalo inteligente, esa yegua —dijo Egeanin, que se inclinó hacia el borde del asiento para asomarse y echar un vistazo a la hilera de carromatos. Domon llevaba las riendas, aunque a veces lo hacía ella, pero conducir un tiro de caballos no estaba entre las habilidades que se aprendían en un barco—. ¿Cómo lo sabías?
—¿Saber qué? —preguntó Mat.
La mujer se puso derecha y se ajustó la peluca. Mat no sabía por qué seguía llevando esa cosa. Su cabello negro aún era corto, pero no más que el de Selucia.
—Lo de los regalos de cortejar. Entre la Sangre, cuando se corteja a alguien más encumbrado, un regalo tradicional es algo exótico o singular. Y lo mejor es si se puede relacionar el regalo de algún modo con uno de los deleites de quien lo recibe. Es bien sabido que a la Augusta Señora le encantan los caballos. También es bueno tu reconocimiento de que no esperas ser su igual. Tampoco es que esto vaya a funcionar, ya sabes. No tengo ni idea de por qué sigue aquí ahora que has dejado de vigilarla, pero no creerás que va a pronunciar realmente las palabras. Cuando se case será por el bien del imperio, no porque cualquier holgazán como tú le regale un caballo o la haga sonreír.