—Lo que yo sé, lord Mat, es que habéis cometido todos los errores posibles que un hombre puede cometer con unas Aes Sedai, aparte de matar a una. La razón de que viniera con vosotros en primer lugar en vez de irme con mi esposo y la mitad de las razones por las que sigo aquí es intentar evitar que deis demasiados pasos en falso. A decir verdad, no sé por qué me preocupo, pero lo hago, y no hay más vuelta de hoja. Si os hubieseis dejado guiar por mí no tendrías problemas con ellas ahora. No sé hasta dónde puedo remediar la situación ahora, pero todavía estoy dispuesta a intentarlo.
Mat sacudió la cabeza. Sólo había dos vías para tratar con Aes Sedai sin salir escaldado: dejarlas que lo pisotearan a uno o no acercarse a ellas. No estaba dispuesto a seguir la primera y la segunda estaba descartada ya, así que tendría que encontrar una tercera vía y dudaba que estuviera en seguir los consejos de Setalle. El consejo de una mujer respecto a las Aes Sedai por lo general era escoger el primer camino, aunque no lo expresara así. Hablaban de contemporización, pero nunca se esperaba que fueran las Aes Sedai las que contemporizaran.
—¿La mitad de las razones? ¿Y cuál es la otra…? —Gruñó como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago—. ¿Tuon? ¿Pensáis que no soy de fiar con ella?
La señora Anan se rió de él; era un sonido grato, alegre.
—Sois un granuja, milord. Bien, algunos granujas resultan buenos esposos una vez que se les ha limado un poco las aristas. Mi Jasfer era un granuja cuando lo conocí. Pero vos todavía pensáis que podéis picar de un pastel aquí, picar de otro allí y luego dar unos pasos de baile hacia el siguiente.
—De esto no hay pasos de baile que valgan para alejarse —dijo Mat con la mirada prendida en la puerta del carromato y el entrecejo fruncido. Los dados tintinearon, lejanos, en su cabeza—. Para mí no. —No estaba seguro de querer realmente seguir con ese baile, pero por mucho que quisiera o que deseara, estaba pillado y bien pillado.
—De modo que así estamos, ¿eh? —murmuró la mujer—. Vaya, pues habéis elegido a una buena para que os parta el corazón.
—Tal vez sea así, señora Anan, pero tengo mis razones. Será mejor que entre antes de que se coman todo. —Se volvió hacia la escalerilla del carromato, pero ella le puso la mano en el brazo.
—¿Podría verlo? Sólo verlo.
No cabía duda de a qué se refería. Mat vaciló y luego tiró del cordón del que colgaba el medallón y lo sacó por el cuello de la camisa. No habría sabido decir por qué. A Joline y Edesina les había negado incluso echarle un vistazo. Era una buena pieza artesanal, una cabeza de zorro de plata, tan grande como la palma de su mano. Era un escorzo y sólo se veía uno de los ojos. Todavía quedaba luz suficiente para distinguir, si uno se acercaba a él, que la mitad de la pupila estaba oscurecida para conformar el antiguo símbolo Aes Sedai. La mano de la mujer tembló ligeramente como si siguiera con un dedo el trazo alrededor de ese ojo. Había dicho que sólo quería verlo, pero Mat le permitió que lo tocara. Setalle soltó un largo suspiro.
—Antaño fuisteis Aes Sedai —dijo quedamente él, y la mano de la mujer se paralizó.
Se recobró con tanta rapidez que Mat podría muy bien habérselo imaginado. De nuevo era la majestuosa Setalle Anan, posadera de Ebou Dar, con los grandes aros dorados en las orejas y el Cuchillo de Esponsales colgado con el puño hacia abajo sobre el redondo busto, tan lejana a una Aes Sedai como era posible.
—Las hermanas creen que miento en cuanto a no haber estado nunca en la Torre. Piensan que estuve allí de joven como criada y que escuché lo que no habría debido.
—No os han visto mirando esto. —Hizo saltar el medallón sobre la palma de la mano una vez antes de ponerlo a buen resguardo por dentro de la camisa. Ella fingió no darle importancia, y él fingió no haber notado que sólo fingía.
Los labios de Setalle se curvaron en una fugaz y pesarosa sonrisa, como si supiera lo que Mat estaba pensando.
—Las hermanas lo notarían si se permitieran darse cuenta —dijo como si estuvieran charlando sobre las posibilidades de que lloviera—. Pero las Aes Sedai esperan que cuando… ocurren ciertas cosas, la mujer se alejará discretamente y tendrá la decencia de morir al poco tiempo. Yo me marché, pero Jasfer me encontró medio muerta de hambre y enferma en las calles de Ebou Dar, y me llevó a su madre. —Soltó una risita; parecía estar relatando la simple historia de una mujer cuando conoció a su esposo—. Solía llevarle también gatitos callejeros. Bueno, ahora sabéis algunos de mis secretos y yo sé algunos vuestros. ¿Nos los guardamos para nosotros?
—¿Qué es lo que sabéis de mí? —demandó, alerta al instante. Algunos de esos secretos era peligroso saberlos, y si los conocía mucha gente entonces dejaban de ser secretos.
La señora Anan echó una ojeada al carromato, fruncido el entrecejo.
—Esa chica está jugando un juego con vos tan seguro como que vos jugáis uno con ella. No es el mismo. Su actitud es más la de un general planeando una batalla que la de una joven a la que cortejan. Sin embargo, si se entera de que estáis loco por ella, se aprovechará de esa ventaja. Estoy dispuesta a daros la posibilidad de que estéis igualados. O al menos hasta donde un hombre puede estarlo con una mujer que tenga dos dedos de frente. ¿Cerramos el trato?
—Hecho —contestó fervientemente—. Hay trato. —No le habría sorprendido si en ese momento los dados se hubieran parado, pero siguieron matraqueando.
Si la fijación de las hermanas con el medallón hubiera sido el único problema que le creaban, si se hubieran contentado con levantar rumores allí donde el espectáculo se paraba, habría dicho que aquellos días eran tan tolerablemente malos como era de esperar si se viajaba con Aes Sedai. Por desgracia, para cuando el espectáculo partió de Jurador, ya se habían enterado de quién era Tuon. No que fuera la Hija de las Nueve Lunas, pero sí una Augusta Señora seanchan, alguien con rango e influencia.
—¿Me tomas por idiota? —protestó Luca cuando Mat lo acusó de contárselo a las hermanas. Se puso muy erguido junto al carromato, en jarras, la viva estampa del hombre indignado y, a juzgar por la mirada fulminante, dispuesto a luchar—. Ése es un secreto que quiero que esté bien guardado hasta que… Bueno, hasta que ella me diga que puedo usar ese salvoconducto con su protección. No serviría de mucho si me lo revoca por haber hablado de algo que quiere mantener en secreto.
No obstante, en su tono había un atisbo de excesiva seriedad, y evitaba mirar a Mat directamente a los ojos. Lo cierto era que a Luca le gustaba presumir casi tanto como el oro. Debía de haber pensado que era seguro —¡seguro!— decírselo a las hermanas y sólo se había dado cuenta del enredo que había montado después de soltarlo.
Y vaya si era un enredo, tan liado como un foso repleto de serpientes. La Augusta Señora Tuon, tan a mano, brindaba una oportunidad a la que ninguna Aes Sedai se habría podido resistir. En eso, Teslyn era tan retorcida como Joline y Edesina. Las tres visitaban a Tuon en su carromato a diario, y aparecían de improviso a su lado cuando salía a pasear. Le hablaron de treguas y tratados y negociaciones, intentaron descubrir qué conexión había entre ella y los cabecillas de la invasión, trataron de convencerla de que colaborara para concretar conversaciones a fin de poner fin a la lucha. ¡Incluso le ofrecieron ayudarla a irse del espectáculo y regresar a casa!
Por desgracia para ellas, Tuon no veía tres Aes Sedai, representantes de la Torre Blanca, tal vez el mayor poder de la tierra, ni siquiera cuando las costureras empezaron a entregarles los trajes de montar y pudieron cambiarse la mezcolanza de restos que Mat había conseguido encontrar para ellas. Tuon veía dos damane huidas y una marath’damane, y no quería saber nada de ninguna de ellas hasta que «estuvieran decentemente sujetas a la cadena». En sus propias palabras. Cuando iban a su carromato, echaba el cerrojo, y si conseguían entrar antes de que lo hubiera echado, se marchaba. Cuando la arrinconaban, o más bien lo intentaban, las rodeaba del mismo modo que habría hecho para salvar un tocón. Hablaron hasta que casi se quedaron afónicas. Y ella siguió negándose a escucharlas.