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Cualquier Aes Sedai era capaz de enseñarle a tener paciencia a una piedra si había una razón para ello, pero no estaban acostumbradas a que se las tratara como si no existieran. Mat veía que la frustración iba en aumento, los ojos entrecerrados y las bocas tensas que tardaban cada vez más en aflojarse, las manos que apuñaban la falda para no asir a Tuon y sacudirla. Todo llegó a un punto crítico antes de lo que Mat había esperado y en absoluto del modo que había imaginado.

La noche siguiente de que le regalara la yegua, compartió la cena con Tuon y Selucia. Y con Noal y Olver, por supuesto. Esos dos se las ingeniaban para pasar con Tuon tanto tiempo o más que él. Lopin y Nerim, con la misma formalidad que si se encontraran en un palacio en lugar de un espacio abarrotado por el que apenas podían moverse, sirvieron una típica cena de principios de primavera, consistente en un fibroso asado de cordero con guisantes que se habían conservado en seco y nabos que habían pasado demasiado tiempo en la bodega de alguien. Aún era demasiado pronto para que se hubiera cosechado nada nuevo. Con todo, Lopin había preparado una salsa de pimienta para el cordero y Nerim había encontrado piñones para los guisantes, con lo que había comida suficiente y nada sabía a pasado, así que fue una cena tan buena como podía esperarse en aquellas circunstancias. Olver se marchó después de cenar ya que había jugado antes con Tuon, y Mat cambió de sitio con Selucia para jugar a las guijas. También se quedó Noal, a despecho de las muchas miradas elocuentes, y se puso a desbarrar sobre las Siete Torres en la desaparecida Malkier, que por lo visto habían superado a cualquier cosa de Cairhien, y a Shol Arbela, la Ciudad de las Diez Mil Campanas, en Arafel, y a todo tipo de maravillas de las Tierras Fronterizas, torres extrañas hechas de cristal más duro que el acero y un cuenco de metal de cien pasos de diámetro instalado en la ladera de una colina, y cosas por el estilo. A veces intercalaba comentarios sobre el juego de Mat: que si se estaba poniendo a descubierto por la izquierda, que si estaba tendiendo una buena trampa por la derecha, y justo cuando Tuon parecía a punto de caer en ella. Ese tipo de cosas. Mat no abrió la boca excepto para hablar con Tuon, aunque le costó apretar los dientes en más de una ocasión para no romper ese mutismo. A Tuon le parecía entretenida la cháchara de Noal.

Estudiaba el tablero y se preguntaba si tendría una pequeña posibilidad de conseguir unas tablas cuando Joline entró en el carromato a la cabeza de Teslyn y Edesina, la propia altivez en un pedestal, la impasibilidad Aes Sedai de la cabeza a los pies. Joline lucía el anillo de la Gran Serpiente. Pasando con dificultad por delante de Selucia, a la que asestaron miradas muy frías cuando la seanchan tardó en apartarse, se situaron al extremo de la estrecha mesa. Noal se quedó muy, muy quieto, echando miradas de soslayo a las hermanas mientras metía la mano debajo de la chaqueta como si el muy necio creyera que sus cuchillos podrían servirle de algo en esas circunstancias.

—Hay que poner fin a esto, Augusta Señora —empezó Joline, que de manera deliberada hizo como si Mat no estuviera. No sugería, sino que lo exponía, anunciando lo que pasaría porque así tenía que ser—. Vuestro pueblo ha traído la guerra a estas tierras, un conflicto como no habíamos visto desde la Guerra de los Cien Años, puede que desde la Guerra de los Trollocs. El Tarmon Gai’don está próximo, y esta guerra debe acabar antes de que llegue o acarreará el desastre al mundo entero. Amenaza con provocar eso, sin exageraciones. Así que ha de acabarse esa actitud enfurruñada vuestra. Llevaréis nuestra oferta a quienquiera que mande entre vosotros. Puede mantenerse la paz hasta que regreséis a vuestras propias tierras, al otro lado del océano, u os enfrentaréis a todo el poderío de la Torre Blanca, respaldado por todos los tronos desde la Tierras Fronterizas hasta el Mar de las Tormentas. La Sede Amyrlin seguramente ya los ha convocado contra vosotros. He oído que hay vastos ejércitos de las Tierras Fronterizas en el sur, y que otros ejércitos están en marcha. No obstante, mejor será poner fin a esto sin más derramamiento de sangre. Así que evitad la destrucción de vuestro pueblo y contribuid a traer la paz.

Mat no podía ver la reacción de Edesina, pero Teslyn parpadeó, lo que en una Aes Sedai era tanto como dar un respingo. Quizá no era eso exactamente lo que esperaba que dijera Joline. Por su parte, Mat gimió para sus adentros. Que Joline no era una Gris —tan experta en las negociaciones como un hábil malabarista en los juegos de manos— saltaba a la vista. Tampoco lo era él, pero creía que la Verde había encontrado la vía rápida para sacar de quicio a Tuon.

Sin embargo, Tuon enlazó las manos sobre el regazo, debajo de la mesa, y se sentó muy erguida con la vista fija al frente, como si mirara a través de las Aes Sedai. En su semblante había un gesto increíblemente severo.

—Selucia —dijo sin alzar la voz.

Desplazándose detrás de Teslyn, la mujer de pelo amarillo se agachó justo lo suficiente para asir algo que había debajo de la manta sobre la que Mat estaba sentado. Cuando se irguió, todo pareció pasar al mismo tiempo. Sonó un chasquido y Teslyn chilló al tiempo que se llevaba las manos a la garganta. La cabeza de zorro se tornó hielo sobre el torso de Mat y Joline giró la cabeza para mirar con incredulidad a la Roja. Edesina se volvió y echó a correr hacia la puerta, que abrió a medias y cerró de golpe. Contra Blaeric y Fen, ya que se oyó caer a los dos hombres por la escalerilla del carromato. Edesina se quedó inmovilizada bruscamente, muy rígida, con los brazos pegados a los costados y la falda pantalón pegada contra las piernas debido a unas ataduras invisibles. Y todo ocurrió en unos instantes en los que Selucia no se había quedado inmóvil, sino que se agachó un momento hacia la cama en la que se sentaba Noal y sacó el collar plateado de otro a’dam que cerró con un chasquido alrededor del cuello de Joline. Mat vio que era eso lo que Teslyn aferraba con las dos manos. No intentaba quitárselo, sólo lo sujetaba, pero tenía blancos los nudillos. La cara estrecha de la Roja era la viva imagen de la desesperación; en los ojos desorbitados había una mirada acosada. Joline había recobrado la calma total de una Aes Sedai, pero tocaba el collar segmentado que le ceñía el cuello.

—Si creéis que podéis… —empezó, y luego enmudeció bruscamente, prietos los labios. Un brillo furioso centelleó en sus ojos.

—¿Veis? El a’dam se puede usar para castigar, aunque eso rara vez se hace. —Tuon se puso de pie; llevaba el brazalete de un a’dam en cada muñeca, y las brillantes cadenas se extendían, serpenteantes, por debajo de las mantas de las camas. Por la Luz bendita, ¿cómo se las había apañado para meter las manos en los brazaletes?

—No —dijo Mat—. Prometiste no hacer daño a mis seguidores, Tesoro. —Tal vez no era muy inteligente por su parte utilizar ese nombre ahora, pero ya era tarde para retirar lo dicho—. Has cumplido tus promesas hasta ahora. No incumplas una ahora.

—Prometí no causar disensiones entre tus seguidores, Juguete —repuso, cortante—. Y, en cualquier caso, es obvio que estas tres no son tus seguidoras.

La mirilla deslizante, que se usaba para hablar con el conductor del carromato o para pasar comida, se abrió con un seco golpe. Tuon echó un vistazo hacia atrás y la cerró con otro golpe más seco aún. Fuera, un hombre soltó un juramento y empezó a dar golpes en la mirilla.