—El a’dam también se puede usar para dar placer, como un gran premio —le dijo Tuon a Joline, sin hacer caso del puño que aporreaba la madera detrás de ella.
Joline entreabrió los labios y sus ojos se desorbitaron. Se tambaleó y la mesa suspendida con cuerdas del techo se meció cuando la mujer se asió a ella con las dos manos para no caerse. Sin embargo, si estaba impresionada lo ocultó bien. Se alisó la falda gris oscuro una vez que se sostuvo erguida de nuevo, aunque eso no tenía que significar nada. El rostro de la mujer volvía a ser la personificación de la compostura Aes Sedai. Edesina, que miraba por encima del hombro, igualaba aquella mirada sosegada, si bien ahora llevaba puesto al cuello el tercer a’dam —aunque, pensándolo bien, tenía el semblante más pálido de lo habitual—, pero Teslyn había empezado a llorar en silencio; los sollozos le sacudían los hombros y las lágrimas le caían por las mejillas.
Noal estaba tenso; la viva imagen de un hombre dispuesto a hacer una estupidez. Mat le asestó un puntapié por debajo de la mesa y, cuando el hombre lo miró furioso, sacudió la cabeza. El ceño de Noal se hizo más profundo, pero apartó la mano de la chaqueta y se recostó en la pared. Todavía encolerizado. Bueno, allá él. Los cuchillos no servían de nada en ese momento, pero quizá las palabras sí. Sería mucho mejor que a este asunto se le pusiera fin con palabras.
—Escúchame —le dijo a Tuon—. Si piensas un poco, verás que hay un centenar de razones para que esto no funcione. Luz, pero si tú misma puedes aprender a encauzar. ¿Es que saber eso no cambia nada? No eres tan distinta de ellas. —Por el caso que le hizo, podría haberse vuelto de humo.
—Intenta abrazar el saidar —dijo Tuon arrastrando las palabras, con los ojos severos prendidos en Joline. Habló con una voz bastante suave en comparación con la expresión de su mirada, pero aun así era evidente que esperaba obediencia.
¿Obediencia? Pero si parecía una jodida pantera contemplando fijamente a tres cabras. Una pantera, curiosamente, más bella que nunca. Una hermosa pantera que podría despedazarlo con las garras con tanta facilidad como a las cabras. Bien, ya se había enfrentado a panteras en otras ocasiones, y eso pertenecía a sus propios recuerdos. Había una especie de exaltación extraña en enfrentarse a una pantera.
—Adelante —apremió Tuon—. Sabes que el escudo ha desaparecido. —Joline dejó escapar un pequeño gruñido de sorpresa y Tuon asintió con la cabeza—. Bien. Has obedecido por primera vez. Y has aprendido que no puedes tocar el Poder mientras lleves el a’dam a menos que yo lo desee. Pero ahora quiero que asas el Poder, y lo haces, aunque ni siquiera intentaste abrazarlo. —Los ojos de Joline se desorbitaron ligeramente, una pequeña grieta en su porte sosegado—. Y ahora —continuó Tuon—, quiero que no asas el Poder, y ya has perdido el contacto. Tus primeras lecciones.
Joline inhaló profundamente. Empezaba a tener una expresión… Asustada, no, pero sí intranquila.
—¡Pero qué puñetas, mujer! —gruñó Mat—. ¿Crees que puedes pasearlas por ahí con esas cadenas puestas sin que nadie se dé cuenta? —Un fuerte golpe retumbó en la puerta. Un segundo empellón produjo un ruido de madera rota. Quienquiera que estuviera golpeando la mirilla en el lado opuesto no había dejado de hacerlo. De algún modo eso no despertaba una sensación de urgencia. Si los Guardianes entraban, ¿qué podían hacer?
—Las alojaré en la carreta que están utilizando y las entrenaré de noche —barbotó bruscamente, irritada—. Y no soy en absoluto como estas mujeres, Juguete. En absoluto. Puede que fuera capaz de aprender, pero elijo no hacerlo, igual que elijo no robar ni asesinar. Ahí radica la diferencia. —Recuperando el control con un esfuerzo evidente, se sentó con las manos sobre la mesa, de nuevo centrada en las Aes Sedai. —He obtenido un éxito considerable con una mujer como vosotras. —Edesina dio un respingo y musitó un nombre en un susurro tan quedo que no se la oyó—. Sí —dijo Tuon—. Tienes que haber conocido a mi Mylen en las casetas o haciendo ejercicio. Os entrenaré tan bien como a ella. Habéis nacido con la maldición de una oscura tara, pero yo os enseñaré a sentiros orgullosas del servicio que prestáis al imperio.
—No saqué a estas tres mujeres de Ebou Dar para que tú ahora las lleves de vuelta —manifestó firmemente Mat, que se desplazó a lo largo de la cama. La cabeza de zorro se puso aún más fría, y Tuon dejó escapar una exclamación sobresaltada.
—¿Cómo has… hecho eso, Juguete? El tejido se… deshizo al tocarte.
—Es un regalo, Tesoro.
Al ponerse de pie, Selucia hizo intención de ir hacia él, agazapada, las manos extendidas en una actitud suplicante. El miedo se plasmaba en la cara de la mujer.
—No debes… —empezó.
—¡No! —dijo tajantemente Tuon.
Selucia se puso erguida y retrocedió, aunque no apartó la vista de él. Lo extraño era que el miedo se había borrado de su semblante. Mat sacudió la cabeza, desconcertado. Sabía que la pechugona mujer obedecía a Tuon al instante —al fin y al cabo era so’jhin, tan propiedad de Tuon como su caballo, y de hecho pensaba que estaba bien y era justo— pero ¿hasta qué punto había que ser obediente para perder el miedo por una orden?
—Me han irritado, Juguete —dijo Tuon mientras él ponía las manos sobre el collar de Teslyn.
Todavía temblando y con las lágrimas rodándole aún por las mejillas, la Roja no parecía creer que fuera capaz de quitarle aquello.
—También me irritan a mí. —Puso los dedos en la posición indicada, apretó, y el collar se abrió con un chasquido.
—Gracias. —Teslyn le tomó las manos y se puso a besarlas sin dejar de llorar—. Gracias, gracias.
—De nada, pero no hace falta que… —Carraspeó, incómodo—. ¿Queréis dejar de hacer eso? Teslyn… —Apartar las manos requirió no poco esfuerzo.
—Quiero que dejen de molestarme, Juguete —dijo Tuon al tiempo que él se volvía hacia Joline. Viniendo de cualquier otra persona eso habría sonado como un estallido de mal humor. La pequeña y atezada mujer lo hizo sonar como una exigencia.
—Me parece que estarán de acuerdo en eso después de lo ocurrido —repuso secamente, pero Joline alzaba la vista hacia él con gesto terco, adelantada la barbilla—. Accederéis a eso, ¿no es así?
La Verde siguió callada.
—Yo sí —se apresuró a decir Teslyn—. Todas accedemos.
—Sí, accedemos todas —añadió Edesina.
Joline lo miraba en silencio, con obstinación, y Mat suspiró.
—Podría dejar que Tesoro se quedara con vos unos cuantos días, hasta que cambiaseis de opinión. —El collar de Joline chasqueó y se abrió en sus manos—. Pero no lo haré.
Todavía sin apartar la mirada de los ojos de él, la hermana se tocó la garganta como si quisiera asegurarse de que el collar ya no estaba allí.
—¿Te gustaría ser uno de mis Guardianes? —preguntó, tras lo cual soltó una suave risa—. No hace falta que pongas esa cara. Aun en el caso de que quisiera vincularte contra tu voluntad, no podría mientras lleves puesto ese ter’angreal. Está bien, Mat Cauthon, accedo. Puede que hayamos perdido la mejor ocasión de parar los pies a los seanchan, pero ya no volveré a acosar a… Tesoro.
Tuon siseó como una gata escaldada y Mat volvió a suspirar. Lo que se ganaba por un lado, se perdía por otro.
Se pasó gran parte de la noche haciendo lo que menos le gustaba en el mundo: trabajar. Excavó un profundo agujero donde enterró los tres a’dam. Hizo el trabajo personalmente porque, cosa curiosa, Joline los quería. Después de todo eran ter’angreal, y la Torre Blanca tenía que examinarlos. Tal vez fuera cierto, pero la Torre tendría que encontrar sus a’dam en otro sitio. Estaba bastante seguro de que ninguno de los Brazos Rojos los habría entregado si les decía que los enterraran, pero no quería correr el riesgo de que volvieran a aparecer y ocasionaran más problemas. Empezó a llover antes de que el agujero le llegara a la rodilla; era una lluvia fuerte y fría, y para cuando quiso terminar estaba chorreando, empapado hasta los huesos, y con el barro hasta la cintura. Un estupendo final para una velada fantástica, y los dados matraqueando dentro de su cabeza.