10
Un pueblo en Shiota
El día siguiente le dio un respiro a Mat, o eso parecía. Tuon, con un traje de montar azul de seda y el ancho cinturón de cuero labrado, no sólo cabalgó a su lado mientras la caravana del espectáculo rodaba lentamente hacia el norte, sino que movió los dedos a Selucia cuando la mujer intentó meter su pardo entre ellos. Selucia se había comprado una montura, a saber cómo; era un castrado de figura compacta que no podía igualar a Puntos o a Akein pero que aun así aventajaba al ruano por un buen margen. La mujer de ojos azules, que ese día llevaba debajo de la capucha el pañuelo grande envolviéndole la cabeza, se situó al otro lado de Tuon y su expresión no habría tenido nada que envidiar a la de una Aes Sedai orgullosa de no delatar nada en su semblante. Mat no pudo evitar sonreír. Que disimulara su frustración ella, para variar. Al no tener caballos, las Aes Sedai tenían que ir en el carromato, y Metwyn estaba lejos, en el pescante del carromato púrpura, para que oyera por casualidad lo que hablaba con Tuon. De la lluvia de la noche anterior sólo quedaban unas pocas nubes vaporosas en el cielo, y todo parecía ir bien en el mundo. Ni siquiera el repicar de los dados dentro de su cabeza podía estropear nada de eso. Bueno, había momentos malos, pero sólo eran momentos.
Más temprano, una bandada de cuervos los sobrevoló, una docena o más de las negras aves. Volaban deprisa, sin desviarse del rumbo, pero, de todos modos, Mat los observó hasta que se redujeron a motitas en el cielo y después desaparecieron del todo. Por ahí no vendría nada que estropeara el día. Al menos a él. Tal vez sí a alguien que estuviera más al norte.
—¿Has visto algún augurio en ellos, Juguete? —preguntó Tuon. Era tan grácil montada en la silla como en todo lo que hacía. Mat no recordaba haberla visto desmañada con nada—. La mayoría de los augurios que sé relacionados específicamente con cuervos se refieren a que se posen en el tejado de alguien al amanecer o en el ocaso.
—Pueden ser espías del Oscuro —le dijo Mat—. Y a veces las cornejas también. Y las ratas. Pero no se pararon a mirarnos, así que no hay razón para preocuparse.
Ella se pasó la mano enfundada en el guante verde por la parte superior de la cabeza y suspiró.
—Juguete, Juguete —murmuró mientras se colocaba la capucha de nuevo—. ¿En cuántos cuentos de niños crees? ¿Crees que si duermes en la colina del Viejo Hob una noche de luna llena las serpientes te darán respuestas verdaderas a tres preguntas, o que los zorros roban la piel de la gente y quitan los nutrientes de los alimentos para que te mueras de hambre aunque te hinches a comer?
Esbozar una sonrisa fue todo un esfuerzo de voluntad.
—Creo que nunca he oído hablar de ninguno de esos dos.
Darle un timbre jovial a la voz también requirió un arduo esfuerzo. ¿Qué probabilidades había de que mencionara a las serpientes dando respuestas verdaderas, cosa que habían hecho en cierto modo los alfinios, y en la misma tirada mencionar que los zorros robaban la piel? Estaba bastante convencido de que los elfinios lo hacían; y que fabricaban cuero con ella. Pero lo que casi le hizo soltar un respingo fue lo del Viejo Hob. Lo otro era probablemente el resultado de la influencia ta’veren en el mundo. Desde luego Tuon no sabía nada sobre él y las serpientes y los zorros. Sin embargo, en Shandalle, tierra natal de Artur Hawkwing, el Viejo Hob, Caisen Hob —o el Viejo Siniestro— había sido otro nombre por el que se conocía al Oscuro. Los alfinios y los elfinios merecían indudablemente tener un nexo con el Oscuro, pero eso era algo en lo que no quería pensar, y menos si él tenía alguno con los jodidos zorros. ¿Y también con las serpientes? Semejante posibilidad bastaba para agriarle el estómago.
Aun así, fue un paseo a caballo agradable, con el día caldeándose a medida que subía el sol hacia el cenit, aunque no llegó a ser realmente cálido. Hizo malabares con seis bolas de madera pintadas de colores, y Tuon rió y aplaudió, y con razón. Esa proeza había impresionado al malabarista al que le compró las bolas, y resultaba aún más difícil si se iba montado a caballo. Contó varios chistes que la hicieron reír, y uno que le hizo poner los ojos en blanco e intercambiar movimientos de dedos con Selucia. A lo mejor no le gustaban los chistes sobre camareras de tabernas. Y no había sido subido de tono en absoluto. No era tan tonto para caer en eso. Sin embargo, le habría gustado que se riera. Tenía una risa preciosa, rica en tonalidades, cálida, abierta. Hablaron de caballos y discutieron sobre métodos de entrenamiento con animales obstinados. Aquella bonita cabeza guardaba unas cuantas ideas curiosas, por ejemplo ¡que se podía tranquilizar a un caballo díscolo mordiéndole la oreja! Con eso más parecía que se lo encendería más que un fuego en un almiar. Y nunca había oído hablar de canturrear quedito para apaciguar a un caballo, y no aceptaría que su padre le había enseñado esa técnica a menos que lo probara con una demostración.
—Bueno, difícilmente puedo demostrarlo sin que haya un caballo que necesita tranquilizarse, ¿verdad? —contestó.
Ella volvió a poner los ojos en blanco y Selucia la imitó. Pero no había acaloramiento en la discusión; nada de ira, sólo espíritu. Y Tuon tenía tanto que parecía imposible que cupiera en una mujer tan pequeña. Fueron sus silencios los que estropearon un poco el día, más que las serpientes y los zorros; ésos estaban lejos y no podía hacer nada al respecto. Tuon se encontraba justo a su lado, y ahí sí que tenía mucho que hacer. Ella no se refirió en ningún momento a lo que había ocurrido con las tres Aes Sedai ni a las propias hermanas tampoco. Nunca mencionó el ter’angreal de la cabeza de zorro ni el hecho de que hubiera fallado lo que quiera que hubiera hecho que Teslyn o Joline tejieran contra él. Tal como si la noche anterior hubiese sido un sueño.
Era un general planeando una batalla, había dicho Setalle. Entrenada en la intriga y el disimulo desde la infancia, según Egeanin. Y todo apuntaba directamente hacia él. Pero ¿con qué fin? Por supuesto no podía tratarse de una forma de cortejar de la Sangre seanchan. Egeanin no sabía mucho al respecto, pero seguro que no. Conocía a Tuon hacía cuestión de semanas y la había raptado; ella lo llamaba Juguete, había intentado comprarlo, y sólo un estúpido vanidoso le daría la vuelta a eso para convertirlo en la forma de actuar de una mujer enamorada. Lo cual dejaba un abanico de posibilidades que iba de un complejo plan de venganza a… A sólo la Luz sabía qué. Lo había amenazado con convertirlo en un copero. Eso, según Egeanin, significaba ser da’covale, aunque la mujer había resoplado con desdén ante tal idea. A los coperos se los escogía por la guapura y, en opinión de la antigua capitana, él se quedaba corto en eso. Bueno, para ser sincero, él opinaba lo mismo, aunque seguramente no lo admitiría ante los demás. Había habido mujeres a las que les había gustado su cara. No había nada que asegurara que Tuon no completaría la ceremonia del matrimonio para hacerle creer que estaba a salvo y sentirse cómodo y a gusto, y después mandar que lo ejecutaran. Entender lo que hacía o pensaba una mujer nunca era fácil, pero comparadas con Tuon comprender a las demás parecía casi un juego de niños.
Durante largo rato no vieron siquiera una granja, pero más o menos al cabo de dos horas después de pasar el sol su cenit llegaron a un pueblo grande. El repique del martillo de un herrero sobre el yunque sonaba apagado. Los edificios, algunos de tres pisos, eran todos con el armazón de sólidas vigas de madera a la vista y argamasa blancuzca entre medias, con tejados de dos aguas hechos de bálago y altas chimeneas de piedra. Algo de esas casas pareció hurgar en la memoria de Mat, pero no habría sabido decir qué. No se divisaba ni una sola granja en el bosque ininterrumpido. Sin embargo, los pueblos siempre tenían granjas que los sustentaban y a su vez vivían de ellos. Debían de encontrarse más alejadas de la calzada, detrás de los árboles.