—Lo que sea, se verá —repuso enigmáticamente Tuon, que a continuación empezó a intercambiar gestos de los dedos con Selucia.
«Hablando de mí a mis espaldas, sólo que lo hacen delante de mis narices». Detestaba que hicieran eso.
—Como juglar Luca no tiene precio, Thom, pero no creo que consiga hacerlos cambiar de parecer.
—No es mal orador, lo reconozco, pero dista mucho de ser un juglar —dijo Thom, que resopló, despectivo, y se atusó el bigote con los nudillos—. Aun así, yo diría que los ha embaucado. ¿Quieres apostar, muchacho? ¿Una corona de oro, digamos?
Mat se sorprendió a sí mismo al echarse a reír. Había estado convencido de que no volvería a reírse hasta que consiguiera borrar de la mente la imagen de aquel buhonero hundiéndose en la calzada. Y los caballos. Casi los oía chillar aún con bastante fuerza para tapar el repicar de los dados.
—¿Quieres apostar conmigo? Vale, de acuerdo. Eso está hecho.
—No jugaría a los dados contigo —explicó secamente Thom—, pero sé reconocer a alguien capaz de hacer cambiar de opinión a una multitud. Yo también lo he hecho.
Tras acabar con Caemlyn, Luca se lanzó al apoteósico final con un chispazo de su acostumbrada pomposidad.
—Y desde allí —anunció, pavoneándose—, a la mismísima Tar Valon. Alquilaré barcos para que nos lleven a todos. —Mat se atragantó al oír eso. ¿Que Luca alquilaría barcos? ¿Luca, que era tan agarrado que derretiría grasa de ratones para aprovecharla como sebo?—. En Tar Valon acudirán tales multitudes que podríamos pasarnos el resto de la vida en esa vasta y esplendorosa ciudad, donde los comercios construidos por los Ogier más parecen palacios y los palacios superan cualquier descripción posible. Los dirigentes que ven Tar Valon por primera vez se echan a llorar y claman que sus ciudades son villorrios y que sus palacios más parecen chozas de labriegos. La propia Torre Blanca está en Tar Valon, recordad, y es la construcción más grande del mundo. La mismísima Sede Amyrlin nos pedirá que actuemos para ella. Hemos dado refugio a tres Aes Sedai en apuros. ¿Quién pensaría que no hablarían en nuestro favor a la Sede Amyrlin?
Mat miró hacia atrás y vio que las tres hermanas ya no deambulaban por el prado donde el pueblo se había desvanecido. En cambio permanecían de pie, juntas, en la calzada y lo observaban, las tres la viva imagen de la serenidad Aes Sedai. Entonces cayó en la cuenta de que no era a él al que miraban. Estudiaban a Tuon. Las tres habían accedido a no molestarla más y, siendo como eran Aes Sedai, estaban comprometidas con lo dicho, aunque ¿hasta dónde llegaba la palabra de una Aes Sedai? Siempre encontraban una forma de eludir ese Juramento de no mentir. De modo que Tuon no llegaría a ver Caemlyn, y puede que ni siquiera Lugard. Siempre cabía la posibilidad de que hubiera hermanas en las dos ciudades. Qué sencillo para Joline y las otras informar a esas Aes Sedai que Tuon era una Augusta Señora seanchan. Lo más seguro era que Tuon se hallara camino de Tar Valon antes de que él tuviera tiempo de pestañear. Como «invitada», por supuesto, para que ayudara a detener la lucha. Sin duda habría muchos que dirían que eso sería bueno, que debería entregarla él mismo y decirles quién era la joven en realidad, pero había dado su palabra. Empezó a calcular a qué distancia de Lugard podría arriesgarse a llegar antes de encontrar un medio para mandarla de vuelta a Ebou Dar.
Luca había tenido que esforzarse para hacer que Tar Valon pareciera más imponente que Caemlyn después de su discursito de enaltecimiento de esa ciudad, y si alguna vez llegaban a Tar Valon algunos se sentirían desilusionados al compararla con sus disparatadas descripciones… ¿La Torre Blanca mil pasos de altura? ¿Palacios de construcción Ogier del tamaño de montes? ¡Pero si hasta afirmó que había un stedding Ogier dentro de la ciudad! Finalmente pidió que alzaran la mano quienes estuvieran a favor de seguir adelante. Todos la alzaron, incluso los niños, y ellos no tenían voto. Mat sacó una bolsa de la chaqueta y le tendió a Thom una corona ebudariana.
—Nunca me había alegrado tanto de perder, Thom —dijo. En realidad, no le gustaba perder nunca, pero en las actuales circunstancias era mejor que ganar.
El antiguo juglar hizo una pequeña reverencia.
—Creo que la guardaré como recuerdo —comentó mientras hacía girar la gruesa moneda de oro sobre los nudillos—. Para que me recuerde que hasta el hombre más afortunado del mundo puede perder.
A pesar del gesto generalizado de alzar la mano, hubo una sombra de renuencia en cruzar aquel tramo de calzada. Después de que Luca condujo de vuelta su carromato a la vía, se quedó sentado y con la vista fija al frente mientras Latelle se asía a su brazo con tanta fuerza como hacía Amathera con Juilin. Finalmente, masculló algo que podría ser un juramento y azuzó al tiro de caballos con las riendas. Para cuando llegaron al tramo fatal de la calzada iban a galope, y así los mantuvo Luca hasta hallarse bastante más allá de donde había acabado el empedrado. Ocurrió lo mismo con el resto de los carromatos: una pausa, esperar hasta que el carromato de delante hubiera pasado, y entonces un fustigar con las riendas y una fuerte galopada. El propio Mat respiró hondo antes de taconear a Puntos para que avanzara. Al paso, nada de a galope, pero le costó no clavar talones, sobre todo al pasar junto al sombrero del buhonero. El oscuro semblante de Tuon y el pálido de Selucia estaban tan vacíos de expresión como los de las Aes Sedai.
—Algún día veré Tar Valon —dijo sosegadamente Tuon en medio de todo aquello—. Probablemente la haga mi capital. Me enseñarás la ciudad, Juguete. ¿Has estado allí?
¡Luz! Era una mujercita muy dura. Bellísima, pero sin duda alguna dura como el acero.
Tras aflojar la marcha después de la galopada, Luca marcó un paso vivo en lugar del avanzar sin prisa habitual de la caravana del espectáculo. El sol empezó a descender en el cielo y pasaron por varios prados pegados a la calzada lo bastante amplios para que estacionaran todos los carromatos, pero Luca siguió adelante hasta que las sombras se alargaron al frente y el sol se convirtió en una gran bola roja sobre el horizonte. Aun entonces, se quedó parado, con las riendas en la mano, y mirando fijamente un herboso prado que había junto a la calzada.
—Sólo es un campo —dijo al cabo en voz demasiado alta, e hizo virar al tiro hacia allí.
Mat acompañó a Tuon y a Selucia al carromato púrpura una vez que entregaron los caballos a Metwyn, pero esa noche no habría cena ni partida de guijas con ella.
—Es una noche para rezar —le dijo a Mat antes de entrar con su doncella al carromato—. ¿Es que no sabes nada, Juguete? Que los muertos caminen por el mundo es señal de que el Tarmon Gai’don está próximo.
Mat no se tomó eso como una de las supersticiones de Tuon; después de todo, él había pensado algo muy parecido. No era de los que rezaban, pero sí elevaba una pequeña plegaria de vez en cuando. A veces no se podía hacer nada más.
Nadie quería dormir, así que las lámparas ardieron hasta tarde por todo el campamento. Y nadie quería estar solo tampoco. Mat cenó en su tienda, sin compañía, poco apetito y con los dados matraqueando en su cabeza con más fuerza que nunca, pero Thom fue a jugar a las guijas justo cuando terminaba de cenar, y Noal llegó poco después. Lopin y Nerim se dejaron caer por allí unos minutos haciendo reverencias y preguntando si Mat o los otros deseaban algo, pero cuando llevaron vino y copas —Lopin llevó el jarro alto de barro y rompió el sello de cera; Nerim se encargó de llevar las copas en una bandeja de madera— Mat les encargó que fueran a reunirse con Harnan y los otros soldados.
—No me cabe duda de que se estarán emborrachando, lo que me parece una buena idea —dijo—. Es una orden. Decidles de mi parte que compartan lo que tengan.
Lopin se inclinó con aire serio sobre el orondo vientre.
—He ayudado al jefe de fila de vez en cuando procurándole algunos productos, milord. Espero que sea generoso con el brandy. Vamos, Nerim, lord Mat quiere que nos emborrachemos, y te vas a emborrachar conmigo aunque para ello tenga que sentarme encima de ti y echarte el brandy garganta abajo.