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La alargada cara del abstemio cairhienino se avinagró en un gesto desaprobador, pero hizo una reverencia y siguió al teariano con presteza. Mat no creía que Lopin tuviera que sentarse encima de él; esa noche no.

Juilin acudió con Amathera y Olver, así que las partidas de serpientes y zorros, disputadas sobre el suelo de lona, se sumaron a las de guijas que se jugaban en la pequeña mesa. Amathera era una jugadora aceptable con las guijas, lo que no era de extrañar considerando que otrora había sido una dirigente, pero el gesto de la boca, como si hiciera pucheros, se acentuó cuando Olver y ella perdieron en serpientes y zorros, aunque nadie ganaba nunca en ese juego. Aunque, claro está, Mat sospechaba que como dirigente tampoco había sido muy buena. Los que no estaban jugando se sentaban en el catre. Mat observaba las partidas mientras le tocaba quedarse en la cama, como hacía Juilin cuando Amathera jugaba. Rara vez apartaba la vista de ella salvo cuando le tocaba jugar. Noal chachareaba relatando sus historias —aunque hilaba esos relatos sin dejar de jugar, y hablar no parecía afectar su habilidad con las guijas— y Thom se sentaba y leía la carta que Mat le había llevado, cosa que daba la impresión de haber ocurrido hacía mucho tiempo. La hoja de papel estaba llena de arrugas ya que Thom la llevaba en el bolsillo de la chaqueta, y mucho más ajada de tanto releerla. Había dicho que era de una mujer muerta.

Fue una sorpresa cuando Domon y Egeanin asomaron por los faldones de la entrada. No es que hubieran evitado a Mat exactamente desde que él había abandonado el carromato verde, pero tampoco hacían nada por verlo. Como todos los demás, lucían mejores ropas que las que habían llevado como disfraces al inicio del viaje. La falda pantalón de Egeanin y la chaqueta de cuello alto, ambas prendas de paño azul y con bordados en un tono amarillo casi dorado en dobladillo y puños, tenían cierto aire militar, mientras que Domon, con una chaqueta de buen corte y pantalones amplios metidos en las botas de boca vuelta, tenía toda la apariencia de un próspero comerciante illiano.

Tan pronto como Egeanin entró, Amathera, que se encontraba sentada en el suelo de lona con Olver, se hizo un ovillo, de rodillas. Juilin suspiró y se levantó de la banqueta donde estaba sentado enfrente de Mat, pero Egeanin llegó antes junto a la otra mujer.

—No es menester eso, ni conmigo ni con nadie —dijo, arrastrando las palabras, mientras se agachaba para asir a Amathera por los hombros para que se pusiera de pie. Amathera se incorporó despacio, vacilante, y mantuvo la vista baja hasta que Egeanin le sostuvo la barbilla con la mano y le hizo alzar la cara—. Mírame a los ojos. Mira a los ojos a todo el mundo.

La tarabonesa se pasó la lengua por los labios con nerviosismo, pero siguió con la mirada prendida en la cara de Egeanin cuando ésta le retiró la mano de la barbilla. Por otro lado, tenía los ojos muy abiertos.

—Vaya, esto es un cambio —comentó Juilin, desconfiado. Y con un dejo de rabia en el tono. Estaba tieso como un palo. Le desagradaban los seanchan, cualquier seanchan, por lo que le habían hecho a Amathera—. Me llamasteis ladrón por liberarla. —En esa frase hubo más que un dejo de ira. Detestaba a los ladrones. Y a los contrabandistas, como Domon.

—Todo cambia con el tiempo —dijo jovialmente Domon, que sonrió para evitar más comentarios acalorados—. Vaya, vuestra apariencia es de ser un hombre honrado, maese husmeador. Leilwin me hizo prometer que renunciaría al contrabando antes de acceder a casarse conmigo. Así la Fortuna me clave su aguijón, ¿quién ha oído hablar de una mujer que no quiera casarse con un hombre a menos que renuncie a un negocio lucrativo? —Rió con tantas ganas como si fuera el mejor chiste del mundo.

Egeanin le atizó un puñetazo en las costillas con bastante fuerza para que la risa diera paso a un gruñido. Casado con ella, debía de tener el torso repleto de moretones.

—Espero que cumplas tu promesa, Bayle. Yo estoy cambiando, y tú debes hacer lo mismo. —Dirigió una fugaz mirada a Amathera, tal vez para asegurarse de que aún obedecía y seguía con la cabeza alta; a Egeanin le encantaba que los demás hicieran lo que les mandaba. Le tendió la mano a Juilin—. Yo estoy cambiando, maese Sandar. ¿Y vos?

Juilin vaciló, pero después le estrechó la mano.

—Lo intentaré. —Sonó dudoso.

—Un intento sincero es cuanto pido. —Mientras miraba con el entrecejo fruncido en derredor, Egeanin sacudió la cabeza—. He visto cubiertas inferiores menos abarrotadas que esto. Tenemos un poco de buen vino en nuestro carromato, maese Sandar. ¿Querréis vos y vuestra dama acompañarnos a tomar una o dos copas?

De nuevo vaciló Juilin.

—Bueno, casi me había ganado ya esta partida —dijo finalmente—. No tiene sentido acabarla. —Se encasquetó el gorro cónico en la cabeza, se ajustó la oscura chaqueta acampanada al estilo teariano, aunque no era menester hacerlo, y ofreció el brazo a Amathera en un gesto formal. Ella se asió con fuerza y, aunque seguía con los ojos prendidos en la cara de Egeanin, temblaba de manera evidente—. Supongo que Olver querrá quedarse y acabar la partida, pero mi dama y yo estaremos encantados de compartir el vino con vos y vuestro esposo, señora Sin Barco. —En la mirada del husmeador había un atisbo de desafío. Para él estaba claro que Egeanin tendría que hacer algo más para demostrar que ya no consideraba a Amathera como una propiedad robada.

Egeanin asintió como si entendiera perfectamente.

—Que la Luz brille sobre todos vosotros esta noche y todos los días y noches que nos queden —dijo como despedida a los que se quedaban. ¡Qué alegría de mujer!

Tan pronto como los cuatro se hubieron marchado un trueno retumbó en lo alto. Lo siguió otro estruendo, y la lluvia empezó a repicar sobre el techo de la tienda, convirtiéndose enseguida en un aguacero que acribilló sonoramente la lona de rayas verdes. A menos que Juilin y los otros hubieran echado a correr, se tomarían la copa empapados.

Noal se acomodó delante del paño rojo que hacía las veces de tablero, enfrente de Olver, y se encargó de la parte del juego que había tenido Amathera; tiró los dados para las serpientes y los zorros. Las fichas negras que representaban a Olver y a él estaban casi al borde del paño dibujado como una telaraña, pero era evidente a cualquier observador que no lo conseguirían. Para cualquiera excepto Olver, se entiende. El chico gimió cuando una ficha clara con un dibujo ondulado —una serpiente— tocó su ficha, así como cuando otra ficha con un dibujo triangular tocó la de Noal.

El viejo retomó también la historia que estaba contando cuando Egeanin y Domon habían entrado, algo relacionado con algún supuesto viaje en un surcador de los Marinos.

—Las Atha’an Miere son las mujeres más garbosas del mundo —dijo mientras movía las fichas negras hacia el círculo del centro del tablero—, incluso más que las domani, y ya sabéis que eso no es moco de pavo. Y cuando se pierde de vista la tierra… —Se interrumpió de golpe y carraspeó al tiempo que miraba a Olver, que se ocupaba de colocar las fichas de serpientes y zorros en las esquinas del tablero.

—¿Qué hacen entonces? —preguntó el chico.

—Bueno… —Noal se frotó la nariz con el dedo sarmentoso—. Bueno, pues, trepan por los aparejos con tal agilidad que cualquiera pensaría que en vez de pies tienen otro par de manos. Eso es lo que hacen.

Olver lanzó un «oh» admirado y Noal soltó un suspiro de alivio.

Mat empezó a retirar las fichas blancas y negras del tablero de la mesa y las metió en dos cajas de madera tallada. Los dados rebotaban dentro de su cabeza y los oía traquetear incluso cuando el trueno retumbaba con toda su fuerza.

—¿Otra partida, Thom?

El hombre canoso alzó la vista de la carta.

—Creo que no, Mat. Esta noche mi mente es una confusa maraña.