—Si no te importa que lo pregunte, Thom, ¿por qué lees esa carta de esa forma? Quiero decir que a veces por tu gesto se diría que intentas descifrar lo que pone.
Olver soltó un chillido de alegría por la buena tirada de los dados.
—Eso es porque intento descifrarlo, en cierto modo. Toma. —Le tendió la hoja, pero Mat sacudió la cabeza.
—No me incumbe, Thom. La carta es tuya, y no se me dan bien los acertijos.
—Oh, pero es que sí te incumbe. Moraine escribió esto antes de… Bueno, lo escribió ella.
Mat lo miró de hito en hito unos instantes antes de coger la página arrugada, y cuando bajó la vista a la tinta emborronada, parpadeó. Una letra pequeña y meticulosa cubría el papel, pero el encabezamiento era «Mi querido Thom». ¿Quién habría imaginado que Moraine, nada menos, se dirigiría así al viejo Thom Merrilin?
—Thom, esto es personal. No creo que deba…
—Lee —lo interrumpió Thom—. Ya verás.
Mat respiró hondo. ¿Una carta de una Aes Sedai muerta que era un rompecabezas y que era de su incumbencia en cierto modo? De repente, lo último que habría querido hacer era leer esa carta. De todos modos, empezó. Faltó poco para que el pelo se le pusiera de punta.
«Mi querido Thom:
Habría querido escribirte muchas palabras, palabras salidas del corazón, pero he escrito éstas porque sabía que debía hacerlo y ahora apenas queda tiempo. Hay muchas cosas que no te puedo decir a no ser que quiera provocar el desastre, pero las que sí puedo, te las contaré. Pon mucha atención a lo que voy a decirte. Dentro de poco bajaré a los muelles y allí me enfrentaré a Lanfear. ¿Que cómo lo sé? Ese secreto les pertenece a otros. Baste decir que lo sé y dejo que esa precognición sirva de prueba para todo lo demás que voy a decir.
Cuando recibas esto te dirán que he muerto. Todos lo creerán. No estoy muerta, y es posible que viva hasta la edad que tenía designada. También puede ser que tú y Mat Cauthon y otra persona, un hombre que no conozco, intentéis rescatarme. Y digo puede ser porque es posible que no lo hagas o no puedas hacerlo, o porque Mat podría rehusar. No me tiene el mismo afecto que tú pareces sentir, y tiene sus razones para ello que cree que son buenas. Si lo intentas, sólo debéis ser tú, Mat y el otro hombre. Que seáis más significará la muerte para todos. Que seáis menos significará la muerte para todos. Incluso si vienes sólo con Mat y con el otro también hay posibilidad de que se produzca la muerte. Os he visto intentarlo y morir, a uno o a dos o a los tres. Me he visto a mí misma morir en ese intento. Nos he visto a todos sobrevivir y morir como cautivos.
Si de todos modos decidís realizar el intento, el joven Mat sabe cómo encontrarme, pero aun así no debes mostrarle esta carta antes de que te pregunte por ella. Eso es de la máxima importancia. No debe saber nada de lo que pone en la carta hasta que pregunte. Los acontecimientos han de sucederse conforme a unas pautas, cueste lo que cueste.
Si vuelves a ver a Lan, dile que todo esto es para bien. Su destino sigue otro camino distinto del mío. Le deseo toda la felicidad con Nynaeve.
Una última cosa. Recuerda que sabes jugar a serpientes y zorros. Recuerda y presta atención.
Es la hora, y he de hacer lo que debo hacer.
«Que la Luz te ilumine y te otorgue alegría, mi querido Thom, nos volvamos a ver o no».
El trueno retumbó cuando acababa la carta. Muy apropiado. Sacudiendo la cabeza, le tendió la carta.
—Thom —empezó a decir muy suavemente—, el vínculo de Lan con ella se rompió. Eso lo produce la muerte. Él dijo que estaba muerta.
—Y su carta dice que todo el mundo creerá que es así. Lo sabía, Mat. Lo sabía por anticipado.
—Es posible, pero Moraine y Lanfear cayeron por aquel marco ter’angreal, que se derritió. Era de piedra roja, o eso parecía. De piedra, Thom, pero se derritió como cera. Yo lo vi. Pasó dondequiera que estén los elfinios, e incluso si estuviera viva ya no tenemos medios para llegar hasta allí.
—La Torre de Ghenjei —intervino Olver y los tres adultos volvieron la cabeza hacia él para mirarlo de hito en hito—. Birgitte me lo dijo —añadió, a la defensiva—. La Torre de Ghenjei es el camino a las tierras de los alfinios y los elfinios. —Realizó el gesto que daba comienzo al juego de serpientes y zorros, un triángulo dibujado en el aire y después una línea ondulada que lo atravesaba—. Sabe más historias incluso que vos, maese Charin.
—Ésa no será Birgitte Arco de Plata, ¿verdad? —inquirió Noal con sarcasmo.
El chico le dirigió una mirada impasible.
—No soy un niño, maese Charin. Pero es muy buena con el arco, así que quizá sí lo sea. Birgitte renacida, quiero decir.
—No creo que exista posibilidad de eso —dijo Mat—. Yo también he hablado con ella, ¿sabes?, y lo último que quiere es ser una heroína. —Cumplía sus promesas, y los secretos de Birgitte estaban a salvo con él—. En cualquier caso, saber eso de la torre no sirve de mucho a menos que te dijera dónde está. —Olver sacudió tristemente la cabeza y Mat se inclinó para revolverle el pelo—. No es culpa tuya, chico. Sin ti ni siquiera sabríamos que existía.
Sus palabras no parecieron surtir el efecto deseado, porque Olver siguió mirando fijamente el paño rojo del tablero de juego con aire abatido.
—La Torre de Ghenjei —repitió Noal, que se sentó erguido, cruzado de piernas, y se estiró la chaqueta—. No hay muchos que conozcan ya esa historia. Jain dijo siempre que iría a buscarla algún día. En algún punto a lo largo de la Costa de las Sombras, dijo.
—Eso sigue siendo una enorme extensión de terreno en la que buscar. —Mat puso la tapa en una de las cajas—. Podría tardarse años. —Años que no tenían si Tuon estaba en lo cierto, y a él no le cabía la menor duda de que lo estaba.
—Ella dice que lo sabes, Mat. —Thom sacudió la cabeza—. «Mat sabe cómo encontrarme». Dudo mucho que hubiera escrito eso por capricho.
—Bueno, yo no tengo culpa de lo que diga, ¿verdad que no? Nunca había oído hablar de ninguna Torre Ghenjei hasta esta noche.
—Lástima. —Noal suspiró—. Me habría gustado verla, algo que el puñetero Jain el Galopador no hizo nunca. Déjalo estar —añadió cuando Thom abrió la boca—. No la olvidaría de haberla visto, e incluso aunque nunca hubiera oído su nombre se le habría venido a la memoria si hubiera oído referirse a una torre extraña que conduce a la gente a otras tierras. Es brillante como acero bruñido, según me contaron, de doscientos pies de altura y cuarenta de grosor, y no se ve una sola abertura en su superficie. ¿Quién olvidaría haber visto algo así?
Mat se había quedado paralizado. De repente el pañuelo negro le apretaba demasiado sobre la cicatriz dejada por la soga. La propia cicatriz parecía ser reciente y estar caliente. Le costaba inhalar aire.
—Y, si no hay aberturas, ¿cómo se entra en ella? —quiso saber Thom.
Noal se encogió de hombros, pero de nuevo Olver tomó la palabra.
—Birgitte dice que hay que hacer el signo en cualquier parte de la torre con un cuchillo de bronce. —Trazó en el aire el símbolo con el que se empezaba el juego—. Dice que tiene que ser un cuchillo de bronce. Se hace el signo y la puerta se abre.
—¿Qué más te contó sobre…? —empezó Thom, y entonces se interrumpió y frunció el entrecejo—. ¿Qué te pasa, Mat? Parece como si te hubieras mareado.
Lo que le pasaba era un recuerdo suyo, no de otro hombre, para variar. Uno de los que le habían embutido para llenar lagunas de su propia memoria, cosa que hicieron y más, o eso parecía. Claro que recordaba muchos más días de los que había vivido, pero tramos enteros de su propia vida se le habían borrado de la memoria, mientras que otros eran como mantas picadas por la polilla, por lo oscuros y borrosos. Sólo guardaba pequeños fragmentos aislados de la huida de Shadar Logoth, y vagas reminiscencias de escapar en el barco fluvial de Domon, pero algo de ese viaje resaltaba de forma notoria: una torre brillante como acero bruñido. ¿Mareado? Tenía el estómago tan revuelto que podría vomitar de un momento a otro.