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—Creo que sé dónde está esa torre, Thom. Mejor dicho, Domon lo sabe. Pero no puedo ir contigo. Los elfinios sabrían que iba hacia allí y puede que los alfinios también. Así me abrase, ya deben de estar enterados de lo de esta carta porque la he leído. Quizá saben hasta la última palabra de lo que hemos dicho. No te puedes fiar de ellos. Se aprovecharán de ello si está en su mano, y si saben que vas allí será justo lo que estén planeando hacer, sacar partido de ello. Te arrancarán la piel y con ella se harán correajes. —Los recuerdos que tenía de ellos eran suyos todos, pero bastaban y sobraban para respaldar sus palabras.

Lo estaban mirando como si se hubiera vuelto loco, hasta Olver. Ya no había más remedio que contarles sus encuentros con los alfinios y los elfinios. O, al menos, lo que fuera imprescindible. No las respuestas recibidas de los alfinios, naturalmente, ni sus dos regalos de los elfinios. Pero lo de los recuerdos de los otros hombres era necesario para explicar su razonamiento respecto a que los elfinios y los alfinios tenían vínculos con él ahora. Y lo de los correajes de cuero pálido que llevaban los elfinios; eso detalles parecían importantes. Y cómo habían intentado matarlo. Eso era muy importante. Había dicho que quería marcharse, pero no había especificado que vivo, así que lo sacaron y lo colgaron. Incluso se quitó el pañuelo para enseñar la cicatriz para dar más peso a sus palabras, y rara vez dejaba que nadie viera esa marca. Los tres lo escucharon en silencio, Thom y Noal atentamente, y Olver abriendo más y más la boca, maravillado. El tamborileo de la lluvia en el techo de la tienda era el único sonido, aparte de su voz.

—Todo eso no ha de salir de esta tienda —finalizó—. Las Aes Sedai ya tienen razones de sobra para querer ponerme las manos encima. Si descubren lo de esos recuerdos, jamás me libraré de ellas. —¿Llegaría a liberarse realmente de ellas alguna vez? Empezaba a creer que no, pero tampoco hacía falta darles nuevos motivos para que se entrometieran en su vida.

—Y tú ¿eres familia de Jain? —Noal alzó las manos en un gesto apaciguador—. Tranquilo, hombre. Te creo. Es sólo que superas cualquier cosa que he hecho yo. Y también las que hizo Jain. ¿Me dejáis que sea el tercero? Puedo ser muy mañoso y útil en momentos de apuro, ¿sabéis?

—Así me abrase. ¿Es que todo lo que he dicho te ha entrado por un oído y ha salido por otro? Sabrán que voy. ¡Es posible que ya lo sepan todo!

—Y no importa —contestó Thom—. A mí no. Iré solo, si es menester. Pero, si no he leído mal —empezó mientras doblaba la carta casi con ternura—, la única esperanza de éxito es si tú eres uno de los tres. —Se quedó allí, sentado en el catre, en silencio y mirándolo a los ojos.

Mat quería apartar la vista, pero le fue imposible. ¡Jodidas Aes Sedai! Esa mujer casi seguro que estaba muerta y todavía intentaba coaccionarlo para que actuara como un héroe. Bueno, a los héroes se les daban palmaditas en la cabeza y se los quitaba de en medio hasta la próxima vez que hiciera falta un héroe, si es que sobrevivían a ser un héroe, para empezar. Con mucha frecuencia no ocurría así. Nunca se había fiado realmente de Moraine y tampoco le había caído bien del todo. Sólo los tontos se fiaban de las Aes Sedai. Claro que, de no ser por ella, estaría de vuelta en Dos Ríos limpiando el estiércol del establo y ocupándose de las vacas de su padre. O tal vez estaría muerto. Y ahí estaba el viejo Thom, sin decir nada, sólo mirándolo. Ésa era la pega, que apreciaba a Thom. «¡Oh, pero qué jodienda!»

—Así me abrase por ser idiota —rezongó—. Iré.

El trueno retumbó ensordecedoramente y justo al instante un relámpago centelleó con tanta intensidad que la luz penetró a través de la lona. Cuando la resonancia del estallido del trueno cesó, se hizo un silencio absoluto en su cabeza. El último juego de dados se había parado. Mat se habría echado a llorar.

11

Garito en Maderin

A despecho de que todos estuvieron despiertos hasta altas horas de la noche, el espectáculo se puso en camino muy pronto a la mañana siguiente. Con los ojos irritados y atontado, Mat salió pesadamente de la tienda cuando el cielo aún estaba oscuro y se encontró con hombres y mujeres equipados con linternas que iban de aquí para allí al trote, cuando no corriendo, y casi todos gritaban para que éste o aquél se diera prisa. Muchos caminaban con el paso inestable de quien no ha dormido. Parecía una idea general que cuanto más lejos estuvieran del pueblo que había desaparecido ante sus ojos, mejor. El carromato grande y chillón de Luca salió a la calzada antes de que el sol hubiera asomado del todo por el horizonte, y de nuevo marcó un ritmo considerable. Dos caravanas de mercaderes de unas veinte carretas cada una se cruzaron con ellos de camino al sur, así como otra caravana más lenta de gitanos, pero nada en sentido contrario. Cuanto más lejos, mejor.

Mat cabalgó al lado de Tuon, y Selucia no intentó interponer el pardo entre ellos; aún así, no entablaron conversación por mucho que Mat lo intentó. Aparte de alguna mirada indescifrable cuando decía alguna agudeza o hacía un chiste, Tuon cabalgó mirando directamente al frente, con la capucha de la capa azul echada de forma que le tapaba la cara. Ni siquiera los juegos malabares consiguieron atraer su atención. Había algo melancólico en el silencio de la joven y eso le preocupaba. Cuando una mujer guardaba silencio y no te hablaba, por lo general es que había problemas a la vista, y cuando estaba meditabunda entonces ya podías olvidar lo de «por lo general». No creía que fuera el pueblo de muertos lo que la inquietaba. Era demasiado dura para eso. No, se avecinaban problemas.

Había pasado poco más de una hora desde que se habían puesto en camino, cuando apareció a la vista una granja en el paisaje ondulado, con docenas de cabras de cara negra que pacían hierba en un anchuroso prado y un gran olivar. Los chicos que desbrozaban entre las hileras de los olivos de oscuras hojas soltaron los azadones y bajaron corriendo a las vallas de piedra para ver pasar el espectáculo mientras preguntaban muy excitados, a gritos, quiénes eran y dónde iban y de dónde venían. Hombres y mujeres salieron de los edificios desperdigados de la granja, techados con tejas, así como de dos grandes graneros con techos de bálago y se protegieron los ojos con la mano para darse sombra y ver. Mat sintió alivio al ver aquello. Los muertos no hacían caso de los vivos.

Mientras la caravana seguía adelante, granjas y olivares menudearon en el paisaje hasta estar pegados unos a otros de forma que el bosque se retiraba de la calzada una milla o más a ambos lados, y cerca ya de media mañana llegaron a una ciudad próspera, un poco mayor que Jurador. La larga caravana de un mercader con carretas de techos de lona giraba hacia las puertas principales, donde media docena de hombres que vestían bruñidos yelmos cónicos y coseletes de cuero con láminas de acero cosidas guardaba las puertas. Más hombres, armados con ballestas, vigilaban desde lo alto de las dos torres de la entrada. Pero si el Señor de Maderin, un tal Nathin Sarmain Vendare, esperaba problemas, los guardias eran la única señal de ello. Granjas y olivares llegaban justo hasta la muralla de piedra de Maderin, una práctica poco aconsejable y muy costosa si alguna vez hacía falta defender la ciudad.

Luca tuvo que llegar a un acuerdo con un granjero para montar el espectáculo en un prado que no se estaba utilizando y regresó mascullando que acababa de pagarle al charrán suficiente para que se comprara otro rebaño de cabras o puede que dos. Pero la pared de lona se levantó enseguida, con Luca azuzando a la gente para que se diera prisa. Tenían que dar una función ese día y marcharse por la mañana temprano.

Muy temprano. Nadie protestó ni dijo una palabra que no fuera necesaria. Cuanto más lejos, mejor.