—Y no contéis a nadie lo que visteis —advirtió Luca en más de una ocasión—. No hemos visto nada fuera de lo normal. No querremos espantar a la clientela. —La gente lo miró como si hubiera perdido la chaveta. Nadie quería pensar siquiera en aquel pueblo desvaneciéndose en la nada ni en el buhonero, cuanto menos hablar de ello.
Mat estaba sentado dentro de la tienda, en mangas de camisa; esperaba que Thom y Juilin regresaran de la visita a la ciudad para indagar si había presencia seanchan allí. Pasaba el rato echando los dados sobre la pequeña mesa. Tras una primera serie de tiradas altas en su mayor parte, cinco puntos solitarios lo contemplaron diez veces seguidas; la mayoría de los hombres consideraba una tirada aciaga la de los Ojos del Oscuro.
Selucia retiró el faldón de la entrada y pasó. A despecho de la sencilla falda pantalón de color marrón y la blusa blanca, se las arregló para parecer una reina que entrara en un establo. Un establo sucio, a juzgar por la expresión de su cara, aunque Lopin y Nerim habrían dejado satisfecha a su madre en lo tocante a limpieza.
—Quiere verte —dijo, arrastrando las palabras con un tono perentorio y mientras se toqueteaba el pañuelo floreado para comprobar si seguía en su sitio y le cubría el cabello amarillo—. Ven.
—¿Para qué me quiere? —preguntó Mat, que apoyó los codos en la mesa. Incluso extendió las piernas y las cruzó por los tobillos. Si uno dejaba que una mujer pensara que iba a salir corriendo si lo llamaba, entonces ya nunca salía de debajo de su pie.
—Ella te lo dirá. Estás perdiendo tiempo, Juguete. No le va a gustar.
—Pues si Tesoro espera que acuda corriendo cuando llama con el dedo, más vale que se acostumbre a aguantar algo que no es de su gusto.
Torciendo el gesto —si su señora toleraba ese nombre, Selucia se lo tomaba como una ofensa personal— cruzó los brazos bajo el impresionante busto.
Estaba claro como el agua que pensaba quedarse allí hasta que la acompañara, y Mat tenía intenciones de hacer esa espera larga. Tiró los dados. Los Ojos del Oscuro. Así que esperaba que saltara en cuanto dijera «rana». ¡Ja! Otra tirada, los dados giraron sobre la mesa y uno casi cayó por el borde. Los Ojos del Oscuro. Aun así, tampoco tenía otra cosa que hacer de momento.
Sin embargo, se puso la chaqueta —una buena prenda de seda en color bronce— con toda la tranquilidad del mundo. Para cuando cogió el sombrero ya se oían los golpecitos del pie de la mujer en el suelo.
—Bien ¿a qué esperas? —le preguntó. Ella soltó un gruñido y levantó el faldón de la entrada para que saliera; Luz, gruñía como una gata.
Setalle y Tuon estaban sentadas en una de las camas y charlaban cuando Mat entró en el carromato púrpura, pero enmudecieron en el instante que cruzó el umbral y le dirigieron una mirada fugaz pero evaluadora, lo que le confirmó que el tema de conversación había sido Mat Cauthon. Eso le puso de punta el vello de la nuca. Obviamente, lo que Tuon quería era algo que pensaba que él desaprobaría. Y también era igualmente obvio que se proponía conseguirlo de todos modos. La mesa estaba recogida contra el techo y Selucia pasó a su lado rozándolo para sentarse al lado de Tuon cuando ésta se cambió a la banqueta, serio el semblante y firme la mirada de aquellos hermosos ojos. Que se colgara inmediatamente a todos los prisioneros.
—Deseo visitar la sala común de una posada —anunció—. O una taberna. Nunca he visto por dentro ninguna de las dos. Me acompañarás a una de esta ciudad, Juguete.
Mat se dio tiempo para respirar de nuevo.
—No hay problema. Iremos en cuanto Thom o Juilin me digan que la ciudad es segura.
—Tiene que ser un antro. Lo que llaman un garito.
Se quedó boquiabierto. ¿Un garito? Los garitos eran lo peor de lo peor, lugares sucios y apenas iluminados donde la cerveza y el vino eran baratos y aun así no valían ni la mitad de lo que se pagaba, la comida era peor, y cualquier mujer que se le sentaba a uno en el regazo intentaría quitarle el dinero del bolsillo o robarle la bolsa del dinero, o tendría a dos hombres esperando arriba para atizarle en la cabeza en cuanto entrara en su cuarto. A cualquier hora del día o de la noche había dados rodando en doce partidas diferentes, a veces con apuestas asombrosas dado el tipo de antros que eran. Nada de oro —sólo un tonto de remate enseñaría oro en un garito— pero a menudo la plata cambiaba de sitio en las mesas. Pocos de los jugadores habrían conseguido el dinero por medios medianamente honrados, y esos pocos tendrían la mirada tan dura como los camorristas y navajeros que daban caza a los borrachos por la noche. Los garitos solían tener contratados dos o tres tipos duros armados con garrotes para poner fin a las peleas, y la mayoría de los días se ganaban la paga de sobra. Por lo general impedían que los clientes se mataran unos a otros, pero cuando no lo conseguían el cadáver se sacaba a rastras por la puerta trasera y se abandonaba en un callejón o encima de algún montón de basura. Y mientras tanto no se dejaba de beber ni de jugar. Eso era un garito. ¿Cómo había oído hablar Tuon de esos sitios?
—¿Habéis sido vos la que le habéis dado esa idea? —inquirió secamente a Setalle.
—Vaya, ¿qué os hace pensar tal cosa, en nombre de la Luz? —replicó ella a la par que abría los ojos como hacen las mujeres cuando fingen ser inocentes. O cuando quieren que un hombre crea que están fingiendo, sólo para confundirlo. No entendía para qué se molestaban. A él las mujeres lo confundían todo el tiempo, sin intentarlo siquiera.
—Eso es totalmente imposible, Tesoro. Si entro en un garito con una mujer como tú habré disputado seis peleas a cuchillo antes de que pase una hora, si es que sobrevivo tanto tiempo.
Tuon esbozó una sonrisa complacida. Sólo fue un atisbo, pero no cabía duda de que era complacida.
—¿Lo crees de verdad?
—Estoy convencido. —Palabras que provocaron otra fugaz sonrisa de agrado. ¡De agrado! ¡La puñetera quería verlo enzarzado en una pelea a cuchillo!
—Aun así, Juguete, lo prometiste.
Discutieron sobre si lo había prometido… Bueno, él planteó con tranquilidad y lógica que decir que algo podría hacerse sin problemas no era una promesa; Tuon insistió con testarudez en que lo había prometido, en tanto que Setalle cogía el bastidor de bordar y Selucia lo miraba con el aire divertido de quien ve a un hombre que intenta defenderse de algo que no tiene defensa; y él no gritó, por mucho que dijera Tuon que sí lo hacía… Entonces llamaron a la puerta. Tuon hizo una pausa.
—¿Ves, Juguete? —dijo al cabo de un momento—, así es como se hace. Llamas y luego esperas. —Hizo un breve gesto con los dedos por encima del hombro a su doncella.
—Podéis entrar a su presencia —dijo Selucia mientras se erguía en actitud regia. ¡Probablemente esperaba que quienquiera que entrara se postrara ante ellas!
Era Thom, con la chaqueta azul oscuro y la capa gris oscuro que lo hacían pasar desapercibido en cualquier sala común o taberna, un hombre ni pobre ni rico. Un hombre que podía pagarse su bebida mientras escuchaba los comadreos o invitar a otro a una copa de vino para que le contara las noticias y los últimos rumores. No se postró, pero sí hizo una elegante reverencia a pesar del problema que tenía en la pierna derecha.
—Milady —musitó a Tuon antes de volver la atención hacia Mat—. Harnan me dijo que te vio venir hacia aquí. Confío en no interrumpir nada. Oí… voces.
Mat se puso ceñudo. No había gritado.
—No interrumpes. ¿Qué has descubierto?
—Que puede haber seanchan en la ciudad de vez en cuando. Nada de soldados, pero parece que están construyendo dos pueblos de granjeros a unas pocas millas al norte de la calzada y otros tres más unas cuantas millas al sur. Los habitantes de esos pueblos acuden de vez en cuando a comprar cosas.
Mat se las arregló para no sonreír cuando volvió la cara para hablar con ella. Incluso dio a su voz un timbre pesaroso.