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Mat lo miró con una ceja enarcada.

—No escupieron al hablar de ellos, Mat. No torcieron el gesto ni gruñeron. No lucharán contra ellos a menos que Nathin les diga lo contrario, y no va a hacerlo. —Thom soltó el aire con fuerza—. Es muy extraño, pero me he encontrado con lo mismo desde Ebou Dar hasta aquí. Esos extranjeros llegan, toman el mando, imponen sus leyes, capturan mujeres que pueden encauzar, y si los nobles les tienen ojeriza, son muy pocos los que parecen tenérsela entre el pueblo llano. A menos que tengan una esposa o una familiar entre las que atan a una correa, claro. Muy extraño, y presagia lo difícil que puede resultar echarlos. Claro que Altara es Altara. Apostaría a que están encontrando un recibimiento más frío en Amadicia y en Tarabon. —Sacudió la cabeza—. Esperemos que sea así, porque si no… —No añadió nada más, pero era fácil imaginárselo.

Mat echó una ojeada a Tuon. ¿Qué sentía al oír a Thom hablar así de su gente? Ella no dijo nada, y se limitó a caminar a su lado mientras miraba con curiosidad a su alrededor bajo la cobertura de la capucha.

Edificios techados con tejas, de tres o cuatro plantas, la mayoría de ladrillo, se sucedían a ambos lados de la amplia y adoquinada calle principal de Maderin; comercios y posadas con letreros que se mecían con el aire frío se apiñaban junto a establos y casas de gente rica, con grandes faroles encima de los portales abovedados, y construcciones más humildes que albergaban a gente más pobre, a juzgar por la ropa tendida que había colgada en casi todas las ventanas. Carros tirados por caballos y carretillas de mano cargados con pacas, cajas o barriles avanzaban despacio a través de la moderada aglomeración de gente, hombres y mujeres que caminaban con paso vivo por la calle llena de la proverbial industria sureña, niños que jugaban al corre que te pillo. Tuon lo observaba todo con el mismo interés. Un tipo que empujaba una piedra de amolar montada en ruedas mientras gritaba que afilaba tijeras o cuchillos hasta que cortaran deseos atrajo su atención tanto como la mujer delgada de gesto duro, vestida con pantalón de cuero y que llevaba dos espadas cruzadas a la espalda; sin duda se trataba de una guardia de mercader o quizás de una cazadora del Cuerno, pero en cualquier caso una rareza. Una domani pechugona con un ajustado vestido rojo y casi transparente a la que acompañaba un par de corpulentos guardaespaldas con coseletes guarnecidos con escamas obtuvo ni más ni menos atención que un tipo tuerto y larguirucho con ropas de paño desgastadas que vendía alfileres, agujas y cintas en una bandeja. Mat no había notado ese tipo de curiosidad en Tuon cuando habían estado en Jurador, aunque allí se había centrado en buscar seda. Sin embargo, aquí era como si intentara memorizar cuanto veía.

Thom los condujo enseguida hacia un laberinto de calles que en su mayoría sólo merecían tal nombre porque estaban empedradas con toscos adoquines del tamaño de dos puños de hombre. Edificios tan grandes como los de la calle principal, algunos con comercios en el piso bajo, se alzaban sobre ellos a una altura que casi no dejaban ver el cielo. Muchas de esas callejas eran demasiado estrechas para que cupiera un carro —en algunas Mat no habría tenido que extender los brazos del todo para tocar las paredes de uno y otro lado— y más de una vez tuvo que pegar a Tuon contra la fachada de un edificio para que pudiera pasar una carretilla de mano cargada hasta los topes, en medio del traqueteo de las ruedas sobre los irregulares adoquines y las disculpas por las molestias que ofrecía el hombre que la empujaba; sin aflojar la marcha. También caminaban pesadamente por aquella apretujada conejera mozos de cuerda tan doblados por el peso que casi iban paralelos con el suelo, cada uno de ellos con una bala o caja sobre la espalda que apoyaban sobre un rollo de cuero acolchado que llevaban fajado a las caderas. Sólo de verlos a Mat le daba dolor de espalda. Le recordaban lo mucho que detestaba trabajar.

Estaba a punto de preguntarle a Thom cuánto más tenían que caminar —Maderin no era una ciudad tan grande— cuando llegaron a El Anillo Blanco, en uno de esos callejones sinuosos en los que si extendía los brazos abarcaba más que el ancho del pavimento; era un edificio de ladrillo con tres plantas, enfrente de la tienda de un cuchillero. El letrero pintado que colgaba sobre la puerta roja de la posada, un círculo blanco de puntilla fruncida, hizo que los hombros se le agarrotaran de nuevo. Lo llamarían «anillo» pero eso era una liga de mujer o él no había visto una en su vida. Puede que no fuera un garito, pero posadas con letreros como ése por lo general eran unos antros por derecho propio. Aflojó la sujeción de los cuchillos que llevaba por dentro de las mangas de la chaqueta, así como los que guardaba en el doblez de la boca de las botas, se movió para sentir el roce de los que tenía debajo de la chaqueta y se encogió de hombros para notar el que colgaba por la espalda, cerca de la nuca. Aunque si las cosas llegaban a esos extremos… Tuon asintió con gesto aprobador. ¡La puñetera mujer se moría de ganas de verlo en una pelea con cuchillos! Selucia tuvo el sentido común de fruncir el ceño.

—Ah, sí —dijo Thom—. Una juiciosa precaución. —Y comprobó sus propios cuchillos, con lo que consiguió que a Mat se le acalambraran más los músculos agarrotados de los hombros. Thom llevaba casi tantos cuchillos como él dentro de las mangas y debajo de la chaqueta.

Selucia movió los dedos para decirle algo a Tuon y de repente se enzarzaron en una silenciosa discusión y los dedos se movían a gran velocidad. Claro que no podía ser eso —Tuon poseía a Selucia igual que quien tenía un perro, y uno no discutía con su perro— pero sí que parecía una discusión, las dos mujeres con un gesto tenaz plasmado en el semblante. Finalmente, Selucia enlazó las manos e inclinó la cabeza en señal de aquiescencia. Una sumisión reacia.

—Todo irá bien —le dijo Tuon con tono jovial—. Ya lo verás, todo irá bien.

Mat habría querido estar seguro de eso. Inhalando profundamente, le ofreció la muñeca para que pusiera la mano en ella de nuevo y siguió a Thom.

En la espaciosa sala común de El Anillo Blanco, forrada de madera, había más de dos docenas de hombres y mujeres, casi la mitad forasteros, obviamente, que estaban sentados alrededor de mesas cuadradas bajo el techo de gruesas vigas de madera. Todos vestían prendas cuidadas de fino paño con un mínimo de adornos, y la mayoría charlaba en voz baja con el vino delante, en parejas, y las capas dobladas sobre el respaldo bajo de las sillas, aunque tres hombres y una mujer con largas trencillas adornadas con cuentas tiraban unos dados rojos de una copa de vino sobre una de las mesas. De la cocina llegaban aromas agradables, incluido el de carne asada. Cabra, lo más probable. Al lado del ancho hogar de piedra, donde un fuego ardía parsimoniosamente y se veía un reloj de barril en latón pulido sobre la repisa, una joven de mirada descarada que rivalizaba con Selucia —y la blusa desanudada casi hasta la cintura lo ponía de manifiesto— mecía las caderas y, acompañada por un salterio y una flauta, cantaba una canción sobre una mujer que jugaba con todos sus amantes como quien hace malabarismos. Tenía una voz insinuante, y entonaba con un adecuado timbre indecente. Ninguno de los parroquianos parecía escucharla.

Un bonito día de primavera que salí a pasear donde la paja aventaba me encontré al joven Jac; tenía claro el cabello, sus ojos también lo eran. Le di un beso, sí; oh, ¿acaso tú no se lo dieras? Acurrucados, jugamos hasta que el sol estuvo alto y no voy a contar cuántas veces me hizo suspirar.