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La llegada de la camarera con las bebidas lo salvó de tener que dar una respuesta. Jera era una joven sonriente con casi tantas curvas como la cantante, no tan ostentosamente exhibidas pero tampoco completamente ocultas por el blanco delantal que llevaba ceñido; muy ceñido. El vestido oscuro también se le ajustaba bastante. Tampoco es que le echara más que una ojeadita, por supuesto. Estaba con su futura esposa. En cualquier caso, sólo un completo idiota miraba a una mujer si estaba con otra.

Jera dejó sobre la mesa un jarro alto de peltre con vino y dos copas, también de peltre bruñido, y le tendió una ancha jarra de cerveza a Selucia, y entonces parpadeó desconcertada al ver que Selucia le pasaba la jarra a Tuon y la cambiaba por la copa de vino. Mat le tendió un céntimo de plata para aliviar su turbación, y la chica respondió con una alegre sonrisa y una reverencia antes de acudir corriendo a atender otro encargo de la posadera. Era poco probable que recibiera muchas propinas así.

—Podrías haberle devuelto la sonrisa, Juguete —dijo Tuon, que alzó la jarra de cerveza para olisquearla y arrugó la nariz—. Es muy guapa. Tenías un gesto tan severo que seguramente la asustaste. —Dio un sorbo y abrió los ojos, sorprendida—. Está muy buena.

Mat suspiró y echó un buen trago del oscuro vino que tenía un ligero aroma a flores. En ninguno de sus recuerdos, ni los suyos propios ni los de los otros hombres, recordaba haber entendido a las mujeres. Oh, sí, una o dos cosas aquí y allí, pero jamás por completo; ni de lejos.

Dando sorbos de cerveza a un ritmo constante —Mat no estaba por la labor de decirle que la cerveza se tomaba a tragos, no a sorbos; Tuon era muy capaz de emborracharse a propósito con tal de vivir a tope la experiencia del garito; no estaba dispuesto a ver cómo era capaz de cualquier cosa ese día… ni ningún otro—, dando sorbos entre frase y frase, la exasperante mujercita le hizo preguntas sobre las costumbres. Decirle cómo comportarse en un garito le resultó sumamente sencillo. No meterse con nadie, no hacer preguntas y sentarse con la espalda contra la pared si era posible y cerca de una puerta por si hacía falta salir corriendo. Lo mejor era no ir nunca a un sitio así, pero si no quedaba otro remedio… Sin embargo, la joven pasó enseguida a las cortes y los palacios, pero en eso obtuvo pocas respuestas. Podría haberle explicado más cosas sobre las cortes de Eharon o de Shiota o de una docena de otras naciones ya desaparecidas que respecto a las de cualquier nación de las que aún sobrevivían. Detalles de cómo se hacían las cosas en Caemlyn y Tear era todo lo que sabía realmente, y algunas cosas de Fal Dara, en Shienar. Bueno, y de Ebou Dar, pero las costumbres de ese país ella las conocía ya.

—Así que has viajado extensamente y has estado en otros lugares aparte de Tarasin —dijo finalmente Tuon y se echó el último sorbo de la jarra. Mat aún no se había tomado la mitad de la copa de vino, y le parecía que Selucia no había dado más que un par de pequeños sorbos a la suya—. Pero no eres noble de nacimiento, al parecer. Pensé que no debías serlo.

—No, no lo soy —respondió firmemente—. Los nobles… —Enmudeció y se aclaró la garganta. No podía decir que los nobles eran unos necios engreídos que llevaban la cabeza tan alta que no veían dónde pisaban. Después de todo, ella era quien era y lo que era.

Con el semblante inexpresivo, Tuon lo observó mientras dejaba la jarra vacía a un lado. Todavía sin apartar los ojos de él, movió los dedos de la mano izquierda, por encima del hombro, y Selucia dio unas palmadas fuertes. Algunos de los otros parroquianos los miraron con sorpresa.

—Te llamas a ti mismo un jugador —dijo Tuon—, y maese Merrilin te considera el hombre más afortunado del mundo.

—A veces tengo suerte —respondió cautamente.

—Veamos si hoy tienes aunque sea un poco, Juguete. —Tuon miró hacia la mesa donde unos dados repicaban al rodar sobre el tablero.

Mat no vio nada malo en ello. La certidumbre era que ganaría más que perdería, pero le parecía poco probable que uno de los mercaderes le sacara un cuchillo por mucha suerte que tuviera. No había visto que nadie llevara uno de esos largos cuchillos de cinturón como los que llevaban todos más al sur. Se puso de pie y le ofreció el brazo a Tuon, que posó ligeramente la mano sobre su muñeca. Selucia dejó el vino sobre la mesa y permaneció cerca de su señora.

Dos de los hombres altaraneses, uno flaco y calvo salvo por una orla de pelo oscuro, y el otro carirredondo y con tres papadas, pusieron ceño cuando Mat preguntó si un forastero podía unirse a la partida; el tercero, un tipo achaparrado y canoso, con el labio inferior colgante, se puso tieso como un poste. La mujer tarabonesa no se mostró tan hostil.

—Claro, por supuesto. ¿Por qué no? —dijo pronunciando las palabras con cierta dificultad. Tenía la cara encendida y la sonrisa que le dedicó tenía algo de relajación. Por lo visto era una de las que no tenían aguante con el vino. Al parecer, los parroquianos del lugar querían que siguiera alegre porque los ceños desaparecieron, aunque el hombre canoso siguió con el mismo gesto pétreo. Mat acercó sillas de la mesa próxima para Tuon y para sí mismo. Selucia prefirió seguir de pie detrás de su señora, lo que a él le pareció muy bien. Con seis sentados a la mesa ya estaban apretados.

Jera se acercó, hizo una reverencia y llenó de nuevo la jarra de Tuon mientras musitaba «milady», y otra camarera de cabello encanecido y casi tan corpulenta como la señora Heilin repuso el jarro de vino de la mesa de los jugadores. Sonriente, el hombre calvo llenó la copa de la tarabonesa hasta el borde. La querían contenta y ebria. La mujer vació media copa de un trago y, con una risa, se limpió delicadamente los labios con un pañuelo bordeado de puntilla. Tuvo que intentarlo dos veces hasta conseguir guardárselo de nuevo en la manga. Ese día no iba a hacer un buen negocio.

Mat observó el juego un poco y enseguida lo identificó. Se utilizaban cuatro dados en lugar de dos, pero sin duda era una versión del Piri o «igualar», un juego muy popular durante mil años antes de que empezara la ascensión de Artur Hawkwing. Delante de cada jugador había pequeños montones de monedas de plata mezclados con algunas monedas de oro, y fue un marco de plata lo que puso en el centro de la mesa para quedarse con los dados mientras el hombre corpulento recogía las ganancias de la última tirada. Mat no esperaba problemas de unos mercaderes, pero sería más difícil que surgieran problemas si lo que perdían era plata en lugar de oro.

El tipo flaco igualó la apuesta y Mat agitó los dados carmesí en la copa de peltre, tras lo cual los arrojó sobre la mesa. Al parar mostraban cuatro cincos.

—¿Ésa es una tirada ganadora? —preguntó Tuon.

—No a menos que la iguale sin sacar un catorce o los Ojos del Oscuro antes —contestó mientras recogía de nuevo los dados y los metía en la copa. Los dados repicaron al sacudir la copa y luego rodaron por la mesa. Cuatro cincos. Hoy la suerte lo acompañaba, sin duda. Retiró una de las monedas que tenía delante y dejó la otra.

Bruscamente, el tipo canoso retiró la silla hacia atrás, arrastrándola, y se puso de pie.

—Por hoy ya ha sido suficiente —masculló y empezó a guardar las monedas que tenía delante en los bolsillos de la chaqueta. Los otros dos altaraneses lo miraban con incredulidad.

—¿Te marchas, Veleta? —preguntó el tipo delgado—. ¿Ahora?

—He dicho que basta por hoy, Camrin —gruñó el hombre entrecano, y salió a la calle pisando fuerte, seguido por la mirada fulminante de Camrin.

La tarabonesa se inclinó hacia adelante sin mucha estabilidad, de forma que las trencillas adornadas con cuentas tintinearon en el tablero, y dio unas palmaditas en la muñeca del gordo.

—Eso significa que os compraré la loza esmaltada a vos, maese Kostelle —dijo, enredándose un poco con las palabras—. A vos y a maese Camrin.

La triple papada de Kostelle se bamboleó cuando el hombre rió.