Movió las manos con más rapidez que nunca, movimientos cortos, casi delicados. La exageración habría acabado con él. Un cuchillo se hundió en el corazón de un tipo gordo y salió de nuevo antes de que las rodillas del hombre se doblaran. Propinó un corte en el doblez del brazo a otro que tenía la constitución de un herrero y que dejó caer la espada para desenvainar torpemente el cuchillo del cinto con mano izquierda. Mat se desentendió de él; el tipo se tambaleó por la pérdida de sangre antes de que el acero hubiera salido completamente de la vaina. Un hombre de rostro cuadrado soltó una exclamación ahogada cuando Mat le cortó el cuello en un lado. Se llevó la mano a la herida pero sólo consiguió dar dos pasos tambaleantes hacia atrás antes de desplomarse. A medida que morían hombres los otros ganaron más espacio, pero Mat se movió más deprisa y se desplazó de forma que un hombre que caía le sirvió de escudo contra la espada de otro mientras él se acercaba por el interior del arco trazado por la espada de un tercero. Para él, el mundo consistía en sus dos cuchillos y los hombres que se apelotonaban para ir contra él, y sus cuchillos buscaban los puntos donde un hombre sangraba con más abundancia. Algunos de aquellos añejos recuerdos provenían de hombres que no habían sido buena gente.
Y entonces, prodigio de prodigios, sangrando profusamente, pero con las heridas demasiado calientes para que sintiera plenamente el dolor, se encontró afrontando a su último adversario, uno en el que no había reparado hasta ese momento. Era una muchacha joven y delgada que llevaba un vestido astroso y que podría haber resultado bonita de llevar la cara limpia y no haber enseñado los dientes en un rictus feroz. La daga que se cambiaba de una mano a otra tenía una hoja de doble filo y el doble de larga que su mano.
—No esperarás acabar sola lo que los otros no han conseguido juntos —le dijo—. Huye. Te dejaré ir sin hacerte daño.
Con un grito semejante al de un gato salvaje, se abalanzó sobre él lanzando cuchilladas violentamente. Mat reculó torpemente mientras intentaba frenar y rechazar las cuchilladas. La bota le resbaló en un charco de sangre y mientras se tambaleaba supo que estaba a punto de morir.
De repente Tuon apareció allí y agarró con la mano izquierda la muñeca de la chica —no la de la mano que asía la daga, mala suerte— y le giró el brazo de forma que se le quedó rígido y obligó a la chica a doblarse hacia adelante. Y entonces ya no importó con qué mano asía la daga, porque la mano derecha de Tuon se descargó en un golpe sesgado, como si fuera una hacha, y le golpeó el cuello con tal fuerza que Mat oyó romperse el cartílago. La chica se llevó las manos al cuello destrozado, asfixiada, cayó de rodillas y después se fue de bruces al suelo, todavía luchando por inhalar aire con un sonido gutural, ronco.
—Te dije que huyeras —habló Mat, que no estaba seguro de a cuál de las dos se dirigía.
—Estuviste a punto de dejar que te matara, Juguete —lo reprendió severamente Tuon—. ¿Por qué?
—Me prometí a mí mismo que no volvería a matar a una mujer —repuso débilmente. La sangre empezaba a enfriársele y ¡Luz, cómo dolían las heridas!—. Me parece que me he estropeado la chaqueta —murmuró mientras tocaba uno de los cortes ensangrentados. El roce le hizo torcer el gesto. ¿Cuándo lo habían herido en el brazo izquierdo?
La mirada de Tuon pareció horadarle el cráneo, y entonces la joven asintió como si hubiera llegado a una conclusión.
Thom y Selucia se encontraban de pie un poco más abajo de la calle, delante de la razón por la que Tuon continuaba allí y que no era otra cosa que media docena, más o menos, de cuerpos despatarrados sobre los adoquines. Thom tenía un cuchillo en cada mano y dejaba que Selucia le examinara una herida en las costillas a través del desgarrón de la ropa. Curiosamente, por la evidencia de las manchas oscuras y brillantes que tenía en la chaqueta, parecía haber recibido menos heridas que Mat. Éste se preguntó si Tuon habría tomado parte en aquello también, pero no distinguió una sola mancha de sangre en la joven. Selucia tenía un tajo en el brazo izquierdo, aunque no parecía entorpecerla.
—Soy viejo —dijo de repente Thom—, y a veces imagino que veo cosas que no pueden ser posibles, pero, afortunadamente, siempre las olvido.
Selucia hizo una pausa para alzar la vista hacia él con actitud fría. Sería la doncella de una dama, pero la sangre no parecía aturullarla lo más mínimo.
—¿Y qué sería eso que intentas olvidar?
—No lo recuerdo —contestó Thom. Selucia asintió con la cabeza y reanudó el examen de las heridas.
Mat sacudió la cabeza. En ocasiones no estaba completamente seguro de que Thom estuviera en sus cabales. Y, dicho fuera de paso, también a Selucia parecía que le faltara un tornillo de vez en cuando.
—Ésta no puede sobrevivir para interrogarla —dijo Tuon arrastrando las palabras y mirando ceñuda a la mujer que se ahogaba y se retorcía a sus pies—. Y tampoco podría hablar si lo consiguiera. —Se agachó con agilidad, recogió la daga de la mujer y se la clavó con un golpe seco debajo del esternón. El rasposo sonido de la afanosa respiración enmudeció; los ojos vidriosos miraron sin ver la estrecha franja del cielo que se divisaba entre las casas—. Una clemencia que no merecía, pero no veo razón para alargar un sufrimiento innecesario. He ganado, Juguete.
—¿Que has ganado? ¿A qué te refieres?
—Me has llamado por mi nombre antes que yo a ti, de modo que he ganado.
Mat soltó un suave silbido entre los dientes. Cada vez que creía saber lo dura que era, descubría algo que le demostraba que no sabía la mitad de la mitad. Si por casualidad había alguien mirando por una ventana, esa lucha con muertos por medio podría plantearles problemas con el magistrado local, puede que con el propio lord Nathin en persona. Pero no se veían caras en ninguna ventana, que él alcanzara a atisbar. La gente procuraba no enredarse en ese tipo de cosas si podía evitarlo. Que Mat supiera, un número indeterminado de mozos de cuerda o de peones podrían haber acudido durante la pelea; con seguridad, se habrían dado media vuelta lo más deprisa posible; que alguno hubiera ido en busca de los guardias de lord Nathin ya era otro tema. Con todo, no le tenía miedo a Nathin ni a su magistrado. Un par de hombres que escoltaban a dos mujeres no decidían atacar a una docena que llevaba espada. Seguramente esos tipos y la desdichada joven eran viejos conocidos de los guardias.
Se acercó cojeando a recoger sus cuchillos y de pronto se quedó parado cuando iba a sacar de un tirón el arma hincada en el ojo del hombre entrecano. Antes no se había fijado realmente en su cara. Todo había ocurrido demasiado deprisa para advertir algo más que impresiones generales. Limpió cuidadosamente el cuchillo en la chaqueta del hombre y lo guardó en la manga mientras se daba la vuelta.
—Nuestros planes han cambiado, Thom. Nos marchamos de Maderin cuanto antes, y dejamos el espectáculo lo antes posible. Luca tendrá tantas ganas de librarse de nosotros que nos proporcionará todos los caballos que necesitemos.
—Hay que dar parte de esto, Juguete —intervino severamente Tuon—. No informar de lo ocurrido es tan ilegal como lo que hicieron ellos.
—¿Conoces a ese tipo? —preguntó Thom.
Mat asintió con la cabeza.
—Se llamaba Veleta, y no creo que nadie en la ciudad crea que un respetable mercader nos atacó en la calle. Luca nos dará caballos con tal de librarse de esto.
Era muy extraño. Ese hombre no había perdido dinero con él, ni siquiera había apostado una sola moneda. Entonces ¿por qué? Muy extraño, desde luego. Y razón de más para marcharse lo antes posible.