Выбрать главу

12

Una fábrica

Unas nubes altas y blancas se desplazaban por el cielo; tras ellas, el sol de mediodía en Amadicia rozaba cálidamente la cabeza de Perrin, que cabalgaba a lomos de Recio hacia los tejados de Almizar, cien millas al sudoeste de Amador. Impaciente, mantuvo al bayo al trote. Las granjas se extendían hasta donde alcanzaba la vista en cualquier dirección, a ambos lados de la calzada. Eran edificios de piedra con techos de bálago; de las chimeneas salía humo gris y delante de los establos se veían gallinas escarbando. Ovejas de cola gruesa y reses blanquinegras pastaban en prados vallados con piedras, y hombres y chicos araban los campos o sembraban los que ya estaban labrados. Por lo visto era día de colada; Perrin distinguía grandes ollas puestas sobre lumbres detrás de las casas, y las mujeres y las chicas tendían camisas, blusas y ropa de cama en largas cuerdas para que se secaran. En el entorno quedaba poco de silvestre, salvo algunos sotos y bosquecillos dispersos, y en la mayoría se notaba una tala cuidadosa para proporcionar leña.

Proyectó la mente en busca de lobos y no halló nada. No era de extrañar. Los lobos evitaban los lugares tan poblados y civilizados como ése. El vientecillo refrescó y Perrin se arrebujó en la capa. A pesar de la necesidad de aparentar, la prenda era de simple paño marrón, ya que la única que tenía de seda estaba forrada con piel y era demasiado abrigo para el día que hacía. La chaqueta de seda verde con bordados en hilo de plata tendría que ser suficiente. Eso y el alfiler de la capa, que representaba dos cabezas de lobo en plata y oro. Era un regalo de Faile y siempre le había parecido demasiado ostentoso para ponérselo, pero lo había sacado del fondo del baúl esa mañana. Un pequeño detalle para compensar la sencillez de la capa.

Lo que sí sorprendía era la presencia de caravanas de gitanos acampadas en terrenos desperdigados alrededor de la ciudad, cinco o seis a la vista. Según Elyas, siempre se festejaba que dos caravanas se encontraran, y la coincidencia de tres era motivo de celebración durante días, pero agrupaciones mayores tenían lugar rara vez salvo en verano, el Día del Sol, que era cuando llevaban a cabo las reuniones en lugares establecidos. Perrin casi deseó haber llevado a Aram a pesar de que implicara el riesgo de que Masema se enterara de más de lo debido. A lo mejor si el joven pasaba un poco de tiempo entre su pueblo decidía dejar la espada. Aquélla era la mejor solución que se le ocurría a Perrin para el espinoso problema, aunque seguramente no funcionaría. A Aram le gustaba la espada, puede que demasiado. Pero tampoco podía decirle que se marchara. Prácticamente, él le había puesto esa espada en la mano, y ahora era responsable de Aram y de la espada. Sólo la Luz sabía qué sería de él si se pasaba realmente a las filas de Masema.

—Mirabais a los Tuatha’an y fruncisteis el entrecejo, milord —dijo la general Khirgan con su forma peculiar de arrastrar las palabras. Ya la entendía un poco mejor, a fuerza de pasar más tiempo juntos—. ¿Habéis tenido problemas con ellos en vuestras tierras? Allí, en casa, no tenemos un equivalente a ellos; pero, que yo sepa, el único problema relacionado con esa gente ha sido que los vecinos de las poblaciones intentan echarlos. Al parecer son unos ladrones de primera.

Ella y Mishima iban ese día vestidos de gala, con capas azules orladas en rojo y amarillo, y chaquetas rojas con puños azules y solapas bordeadas en amarillo. Tres pequeñas barras verticales de color azul, con la forma de las finas plumas de un yelmo seanchan, y que la general llevaba en la pechera de la chaqueta, a la izquierda, indicaban su rango, del mismo modo que dos señalaban el de Mishima. Sin embargo, los doce soldados que cabalgaban detrás lucían la armadura a rayas y los yelmos pintados, y portaban lanzas con moharras de acero que sostenían en un mismo ángulo preciso. El grupo de adláteres de Faile que iba detrás de los seanchan, también en un total de doce, ofrecía un soberbio despliegue con las chaquetas tearianas de mangas abullonadas con pliegues en rayas de satén y las oscuras chaquetas cairhieninas con franjas en los colores de las casas a través de la pechera, pero a despecho de las espadas su aspecto parecía mucho menos peligroso que el de los soldados y además lo sabían. Cada vez que llegaba una ráfaga de aire desde atrás traía indicios de irritación que Perrin dudaba que irradiara de los seanchan. El olor de los soldados era de calma, a la espera, como lobos conscientes de que necesitarán los dientes a no tardar, pero no en ese momento. Todavía no.

—Oh, roban un pollo de vez en cuando, general —contestó Neald con una risa mientras retorcía un poco el fino bigote engomado—, pero yo no los llamaría ladrones de primera. —Había disfrutado con la estupefacción de los seanchan ante el acceso que los había conducido allí a todos, y todavía se daba tono por ello; de algún modo conseguía pavonearse a pesar de ir montado en la silla. Era difícil recordar que si no se hubiera ganado esa chaqueta negra seguiría trabajando en la granja de su padre y tal vez planeando el matrimonio con una vecina dentro de uno o dos años—. Llevar a cabo un gran robo requiere valor y los gitanos no tienen ni pizca.

Arrebujado en la oscura capa, Balwer torció el gesto o quizá sonrió. A Perrin a veces le costaba distinguir entre lo uno y lo otro con el acartonado hombrecillo a menos que captara su olor. Los dos lo acompañaban, así como a Khirgan y Mishima los acompañaban una sul’dam canosa vinculada a una damane de mirada fría, también con alguna pincelada gris en el cabello oscuro, supuestamente para equilibrar el número de uno y otro bando. Para los seanchan, sul’dam y damane contaban por una al estar conectadas por la correa metálica segmentada. Por él habría ido acompañado únicamente por Neald, o por Neald y Balwer, pero Tallanvor tenía razón en cuanto a los seanchan y el protocolo. Las conversaciones se habían alargado durante tres interminables días, y, si bien parte de ese tiempo se había dedicado a decidir si seguían el plan de Perrin o si lo incorporaban a alguna idea que Tylee quisiera proponer —y que acabó con la mujer cediendo al final aunque sólo fuera porque no se le ocurría nada mejor—, la mayor parte del tiempo se había desperdiciado en acordar cuántos llevaba cada bando en ese viaje. Tenía que ser el mismo número de uno y otro, y la oficial general había querido llevar un centenar de sus soldados y un par de damane. Cuestión de honor. Se había quedado perpleja al saber que él estaba dispuesto a ir con menos, y sólo lo aceptó después de que él le comentó que todos los seguidores de Faile eran nobles que poseían tierras. Tuvo la impresión de que la mujer pensaba que lo había engañado porque no podía igualar el rango de su escolta con el de la escolta de ella. Gente rara, esos seanchan. Oh, había bandos, de eso no cabía duda. Esta alianza era puramente temporal, y no digamos ya delicada, y la oficial general era tan consciente de eso como él.

—Dos veces me ofrecieron cobijo cuando lo necesité, a mis amigos y a mí, y sin pedir nada a cambio —dijo quedamente Perrin—. Sin embargo, lo que recuerdo de ellos con mayor claridad es cuando los trollocs rodearon Campo de Emond. Los Tuatha’an estaban en el Prado, con los niños atados a la espalda, los pocos suyos que habían sobrevivido y los nuestros. No lucharían, porque tal es su filosofía de la vida, pero si los trollocs superaban nuestras líneas estaban preparados para intentar poner a salvo a los pequeños. Transportar a nuestros niños los entorpecería y habría hecho aún más difícil la huida de lo que ya lo era, pero pidieron encargarse de esa tarea. —Neald soltó una tos azorada y miró a otro lado. Un leve sonrojo le tiñó las mejillas. A pesar de todo lo que había presenciado y había hecho, aún era joven, sólo diecisiete años. En esta ocasión no hubo duda sobre el atisbo de sonrisa de Balwer.