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Sin dirigirles una sola mirada más, Perrin se metió los guantes por el grueso cinturón y siguió a los dos seanchan al interior de la casa mientras se echaba la capa hacia atrás para que se viera la chaqueta de seda. Para cuando saliera, la gente de Faile —su gente, suponía— se habría enterado de muchas cosas sobre lo que esos hombres y esas mujeres sabían. Era algo que había aprendido de Balwer. El conocimiento podía ser muy útil, y nunca se sabía qué retazo podía volverse más valioso que el oro. De momento, sin embargo, el único conocimiento que le interesaba no provendría de este lugar.

La estancia delantera de la granja estaba llena de mesas que miraban hacia la puerta y a las que había sentados unos escribientes que examinaban detenidamente papeles o garabateaban en ellos. El único sonido era el chirrido de las plumas sobre el papel y la tos seca y persistente de un hombre. Los varones vestían chaqueta y pantalón de color marrón oscuro, y las mujeres llevaban vestido del mismo tono. Algunos lucían alfileres, de plata o de latón, en forma de cálamo. Al parecer los seanchan tenían uniforme para todo. Un tipo de mejillas redondas que se encontraba al fondo de la habitación y que llevaba dos alfileres de plata en el pecho, se puso de pie tan pronto como Tylee entró, e hizo una profunda reverencia, de forma que el estómago atirantó el talle de la chaqueta. Las botas resonaron con fuerza sobre el suelo de madera cuando los tres se encaminaron hacia él pasando entre las mesas. No se puso erguido hasta que llegaron a su escritorio.

—Tylee Khirgan —dijo lacónicamente ella—. Quiero hablar con quienquiera que esté al mando aquí.

—Como ordene la oficial general —contestó el tipo con actitud obsequiosa; hizo otra reverencia y se dirigió presuroso a la puerta que había detrás de él.

El escribiente que tosía, un tipo de rasgos suaves, más joven que Perrin y que por su aspecto podría haber nacido en Dos Ríos, sufrió otro ataque de tos más fuerte y se cubrió la boca con la mano. Carraspeó sonoramente, pero la tos áspera se repitió. Mishima lo miró con el entrecejo fruncido.

—Ese tipo no debería encontrarse aquí si está enfermo —rezongó—. ¿Y si es contagioso? Ya habéis oído que hay todo tipo de enfermedades raras actualmente. Un hombre está sano al amanecer y al anochecer es un cadáver hinchado al doble de su tamaño y sin que nadie sepa de qué ha muerto. Me contaron que una mujer se volvió loca en el transcurso de una hora y que todo el mundo que la tocaba también perdió la razón. Al cabo de tres días ella y todos los vecinos del pueblo que no habían huido estaban muertos. —Hizo un gesto peculiar que formaba un arco con el pulgar y el índice mientras cerraba prietamente los otros.

—Haríais bien en no creer ciertos rumores y menos repetirlos —dijo secamente la oficial general al tiempo que repetía el mismo gesto. No pareció darse cuenta de haberlo hecho.

El fornido escribiente reapareció y sostuvo la puerta para que pasara un hombre entrecano, de rostro descarnado y con un parche negro que le tapaba la cuenca vacía del ojo derecho. Una cicatriz blanca y fruncida le recorría la frente, desaparecía detrás del parche y continuaba por la mejilla. Tan bajo como los hombres que había fuera, vestía una chaqueta de color azul más oscuro, con dos pequeñas barras blancas en el pecho, pero llevaba cosidas a las botas las mismas fundas de cuchillo.

—Blasic Faloun, oficial general —dijo, e inclinó la cabeza mientras el escribiente regresaba presuroso a su mesa—. ¿En qué puedo serviros?

—Capitán Faloun, hemos de hablar en… —Tylee se interrumpió cuando el hombre que tosía se puso de pie de forma repentina y la banqueta cayó al suelo con un golpetazo.

Aferrándose el estómago, el joven se dobló y empezó a vomitar un oscuro chorro que al caer al suelo se disgregó en minúsculos escarabajos negros que salieron corriendo en todas direcciones. Alguien soltó una maldición que resonó de manera chocante en medio de un silencio por lo demás absoluto. El joven miraba fijamente los escarabajos, horrorizado, y sacudía la cabeza como si quisiera negar lo que veía. Echó una ojeada acosada en derredor, todavía sacudiendo la cabeza, y abrió la boca como si fuera a hablar. Sólo que volvió a doblarse y arrojó otro chorro negro, más largo, que se deshizo en escarabajos que salieron disparados por el suelo. La piel de la cara empezó a bullirle, como si más insectos le corrieran por el exterior de la calavera. Una mujer chilló —un grito largo, aterrado— y de pronto todos los escribientes chillaron y se levantaron de un salto derribando banquetas y hasta mesas en su precipitación por escabullirse frenéticamente de los pequeños insectos negros que se desplazaban por el suelo a toda velocidad. El hombre vomitó una y otra vez, cayó de hinojos, y después, retorciéndose como si se descoyuntara mientras arrojaba más y más escarabajos en un constante surtidor, se fue de bruces al suelo. Daba la impresión de que estuviera… vaciándose. Desinflándose. Las sacudidas cesaron, pero los escarabajos negros siguieron saliendo en tropel por la boca abierta y extendiéndose por el suelo. Finalmente —daba la impresión de que aquello hubiera durado una hora, pero no podía haber sido más de uno o dos minutos—, finalmente el torrente de insectos fue menguando y cesó. Lo que quedaba del tipo era algo pálido y aplastado dentro de las ropas, como un pellejo de vino que se hubiera vaciado. Ni que decir tiene que el griterío continuaba. La mitad de los escribientes se habían encaramado a las mesas que quedaban de pie, tanto hombres como mujeres, y maldecían o rezaban o a veces alternaban las dos cosas, todos a pleno pulmón. La otra mitad había huido fuera de la casa. Pequeños escarabajos negros corrían por todo el suelo. La estancia apestaba a terror.

—Oí un rumor sobre algo parecido —dijo Faloun con voz ronca. El sudor le perlaba la frente. Olía a miedo. A terror, no, pero desde luego sí a miedo—. De algún lugar al este de aquí. Sólo que eran ciempiés. Diminutos ciempiés negros. —Algunos de los escarabajos corrían hacia él, y el capitán reculó al tiempo que soltaba un juramento y hacía el mismo gesto raro que Tylee y Mishima habían hecho antes.

Perrin aplastó con la bota a los escarabajos que tenía cerca. Se le puso erizado el vello de la nuca, pero no importaba nada excepto Faile. ¡Nada!

—Sólo son escarabajos perforadores. Se los puede encontrar casi en cualquier parte donde haya viejos troncos caídos.

El hombre se estremeció, alzó la vista y volvió a estremecerse al ver los ojos de Perrin. Al fijarse en el martillo que llevaba al cinto, lanzó una rápida y sobresaltada mirada a la oficial general.

—Estos escarabajos no han salido de ningún tronco. ¡Son obra del Cegador del Alma!

—Es posible —contestó sosegadamente Perrin. Suponía que el nombre de Cegador del Alma se refería al Oscuro—. Pero da lo mismo. —Alzó el pie para dejar a la vista los cuerpos aplastados de siete u ocho insectos—. Se los puede matar. No tengo tiempo que perder con escarabajos que puedo aplastar con el pie.

—Hemos de hablar en privado, capitán —añadió Tylee. También ella olía a miedo, pero era un temor firmemente controlado. Mishima tenía una mano formando aquel gesto extraño, pero su miedo estaba casi tan bien controlado como el de ella.

Faloun hizo un esfuerzo evidente para recuperar el dominio de sí mismo y el olor a miedo desapareció. Sin embargo, evitó mirar a los escarabajos.