Ella se quedó mirando fijamente la pantalla parpadeante. No quería saber la respuesta, pero tenía que preguntar.
– ¿Qué le ha ocurrido?
– Lo han decapitado.
– ¿Cómo dices? -Su mirada voló hacia la cara de Trevor-. ¿Decapitado?
– Bárbaro, ¿no es cierto? -Trevor torció los labios en una mueca-. Y han incluido todos los detalles, hasta se ve la cabeza del anciano después del hecho.
Jane sintió náuseas. Era algo más que bárbaro, era el acto de un monstruo. Pobre Mario.
– ¿Grozak?
– No en persona. El verdugo llevaba una capucha, aunque era más alto y delgado.
Jane se frotó la sien. Era difícil de comprender, cuando todo lo que podía ver era la imagen que Trevor le había descrito.
– ¿Y las… cartas?
– No hubo ninguna carta. Esa ha sido la única que Mario ha recibido desde que llegó a la Pista de MacDuff.
– ¿Entonces por qué Grozak diría…?
– Quería entorpecer nuestros planes -dijo Trevor con aspereza-. Yo necesitaba que Mario tradujera, y Grozak quería pararme o retrasarme hasta que pudiera hacer un movimiento. Si Mario pensara que he estado reteniendo las cartas del rescate de su padre en mi propio beneficio, eso funcionaría.
– ¿Decapitó a ese anciano sin darle ninguna posibilidad de rescate?
– El rescate no era el objetivo. Eso lo habría alargado demasiado, y Grozak no dispone de tanto tiempo. Necesitaba que la traducción se interrumpiera ya. Esa era la manera más rápida y eficaz de hacerlo.
– Su padre… -Jane recordó algo que Mario le había dicho el primer día de su llegada al castillo-. Pero él me contó que te había dicho que no tenía parientes cercanos. Y que ese había sido uno de los requisitos para conseguir el trabajo.
– Pues parece que me mintió. Estúpido… -Durante un instante su expresión pareció más angustiada que la de Mario-. No me dio ninguna oportunidad. Yo podría haber… -Abrió su móvil y marcó un número-. Brenner, estoy en la biblioteca. Te necesito ya. -Colgó-. -Sal de aquí, Jane.
– ¿Por qué?
– Porque en cuanto Brenner cruce esa puerta voy a empezar a rebobinar la cinta. Y no quiero que la veas.
Ella lo miró con horror.
– ¿Por qué habrías de hacer eso?
– Entre nosotros, Brenner y yo nos hemos topado con la mayoría de los sicarios con los que trataría Grozak. Si examinamos la cinta con detenimiento, puede que demos con su identidad.
– ¿Y te puedes sentar y ver…? -Conocía la respuesta. Podría hacer cualquier cosa que tuviera que hacer. Pero ver y volver a ver aquella cinta sería duro incluso para la persona más insensible-. ¿Es necesario?
– No voy a permitir que Grozak consiga lo que quiere sin que pague el precio. -Y cuando Brenner entró en la habitación, repitió cansinamente-: Sal de aquí. Si damos con algo, te lo haré saber.
Jane titubeó.
– No puedes hacer nada -dijo Trevor-. Sólo entorpecerás.
Y no quería que ella viera la cinta. ¡Por Dios!, ella tampoco quería verla. Y Trevor tenía razón: no serviría de nada. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
– Iré a ver si puedo ayudar a Mario.
El horror la hizo sentirse como atontada cuando avanzó por el pasillo y empezó a subir las escaleras. Se había enterado de que Grozak era malvado, pero aquello elevaba la maldad a un nuevo nivel. La pura frialdad calculada del acto era apabullante. ¿Qué clase de criatura era aquel sujeto?
En contra de lo que había esperado, Mario no estaba en el estudio. No, claro que no. No sería capaz de enfrentarse al trabajo que había causado la muerte de su padre. Llamó a la puerta de la habitación contigua.
– ¿Mario?
– Vete.
Estuvo tentada de hacer lo que se le decía. Mario probablemente necesitaba estar solo algún tiempo para superar la impresión.
No, no podía dejar que hiciera frente a solas a tanta impresión y horror. Abrió la puerta. Estaba sentado en un sillón, en el otro extremo de la habitación, y aunque las lágrimas habían desaparecido, su expresión era de desolación. Jane entró en la habitación.
– No me quedaré mucho tiempo. Sólo quería que sepas que estoy a tu disposición, si necesitas hablar con alguien.
– No te necesito. No os necesito a ninguno. -La miró acusadoramente-. ¿Sabías lo de las cartas?
– No hubo más cartas -dijo con delicadeza-. Grozak quería que pensaras que las había, para que dejaras de trabajar y culparas a Trevor.
Él negó con la cabeza.
– Es verdad. Grozak es un hombre terrible. Esa es la razón de que Trevor quisiera asegurarse de que no tuviera ningún blanco.
– Dejó que mataran a mi padre.
– Tú mismo me dijiste que le habías dicho a Trevor que no tenías ningún pariente cercano.
Mario apartó la vista de ella.
– No me habría dado el trabajo. Era evidente lo que quería del hombre que contratara. Y no fue exactamente una mentira. Mi madre se divorció de mi padre años antes de que muriera. Él se mudó a Lucerna, y no lo veía a menudo. -Su voz se quebró-. Pero lo quería. Debería haberme molestado en ir a verle más. Siempre estaba demasiado ocupado. -Se cubrió los ojos con una mano temblorosa-. Y dejé que Trevor lo matara.
– Grozak lo mató. Trevor ni siquiera sabía que existía.
– Las cartas.
No debía discutir con él. Estaba irritado y apenado. Y entonces se acordó de la expresión de Trevor en la biblioteca. Callarse era otorgar, y se dio cuenta de que no podía hacerle eso a Trevor.
– Escúchame. -Se arrodilló delante de él y le quitó la mano de los ojos-. Mírame. No estás siendo justo, y no permitiré que esto quede así. Creo que Grozak contaba con que culparías a Trevor. Te tendió una trampa, y has caído en ella.
Mario negó con la cabeza.
– Estás buscando a alguien a quien culpar, y Trevor es al que tienes más a mano. Pero no es cierto. Es una tragedia terrible, terrible, pero al único que hay que culpar de ella es a Grozak.
Mario la estaba mirando con una incredulidad desdeñosa.
– ¿Crees a Trevor? ¿De verdad confías en él?
Jane guardó silencio. Si le hubiera preguntado eso la noche anterior, no estaba segura de lo que le habría respondido. ¿Qué es lo que había cambiado?
La respuesta llegó con una certeza infalible. El terror y la impresión de aquel asesinato monstruoso había reducido a cenizas toda confusión y titubeo, y por primera vez desde que había visto a Trevor en el exterior de aquella residencia de Harvard, estaba reaccionando con el instinto, y no con la emoción.
– Sí -dijo lentamente-. Confío en él.
– ¿Wickman? -preguntó Trevor cuando detuvo la proyección del vídeo-. Tiene la misma estatura.
Brenner arrugó la frente.
– Estaba pensando que quizá fuera Rendle. No estoy seguro de si Wickman es tan delgado. Claro que tú te has topado con él más veces que yo, ¿no?
– Dos veces. Una en Roma, y otra vez en Copenhague. Tiene una gran seguridad. Todo en él es seguridad. La manera en que habla, en que se mueve…
– Lo recuerdo. Pero Rendle es más delgado.
– El peso puede variar. Pero es difícil cambiar tu lenguaje corporal. -Pulsó el botón del rebobinado-. Aunque puede que tengas razón. La volveremos a ver.
Brenner hizo una mueca.
– Fantástico.
Trevor sabía cómo se sentía Brenner. Había visto muchas atrocidades a lo largo de su vida, pero la visión de la perplejidad y terror de aquel anciano era suficiente para hacerlo vomitar.
– Tenemos que conseguir una pista de con quién nos las tenemos que ver.