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– ¿Reilly envió a Grozak?

– Eso es lo que creo. Y no me lo esperaba. Que Reilly estuviera en el bando de Grozak hizo que me pusiera muy nervioso. Grozak no tenía importancia, siempre que no pudiera hacer un paquete con todo. Reilly podía suministrarle los eslabones que le faltaban.

– ¡Joder!

– De acuerdo con lo que Reilly me contó más tarde, iba a suministrarle a Grozak los conductores suicidas para los camiones a cambio del oro de Cira. Le dije a Reilly que Grozak no tenía ninguna maldita posibilidad de dar con él, y acordamos que le daría el oro, si anulaba el acuerdo con Grozak.

Jane meneó la cabeza con incredulidad.

– Tanto el uno como el otro estáis locos. Ninguno de los dos lo tenéis.

– Pero le dije que sabía donde estaba, que la localización estaba en los pergaminos a los que Grozak no había conseguido echar el guante.

– ¿Y te creyó?

– Soy un jugador de póquer bastante bueno. Me dio de plazo hasta el veintidós de diciembre para cumplir, siempre que diera con todo lo que él quería. Después de esa fecha, cumplirá el acuerdo con Grozak. ¿Y quién sabe? Puede que no sea un farol. Por eso quería que Mario terminara de traducir ese pergamino de Cira.

– ¿Y si ahora no lo termina?

– Entonces conseguiré a otro traductor.

– Podría ser que no hubiera ninguna pista acerca de la ubicación del oro.

– Es cierto. Pero al menos, eso me da tiempo para discurrir qué otra cosa hacer.

– No puedes correr riesgos con un desastre potencial como este. Tenemos que notificárselo a las autoridades.

Trevor cogió el teléfono y se lo entregó.

– El número está en la agenda. Cari Venable, agente especial de la CIA. Si lo vas a llamar, podrías contarle lo de Eduardo Donato. Todavía no se me ha presentado la ocasión de hacerlo.

Jane se quedó mirando el teléfono de hito en hito.

– Venable. ¿Estás trabajando con la CIA?

– Todo lo que puedo. Al parecer hay una ruptura en la cadena de mando. Sabot es el superior de Venable, y no está de acuerdo en que Grozak sea una amenaza. Cree que Grozak es un actor de poca monta que no está interesado en Estados Unidos como objetivo y que no es capaz de una operación de esta envergadura. -Hizo una mueca-. Y tanto Grozak como Reilly han creado una situación como la de Pedro y el lobo que está impidiendo que Sabot crea que se va a producir el ataque.

– ¿Pedro y el lobo?

– A lo largo del último año la CIA, el FBI, y el Departamento de Seguridad Nacional han estado recibiendo filtraciones que alertaban de los ataques de Grozak a lugares concretos. Todos dieron la alarma, enviaron equipos y no ocurrió nada. Excepto que volvieron hechos unas furias y con un palmo de narices. Sabot no está dispuesto a volver a hacer el idiota. Cree que es sólo otra amenaza.

– Él mismo gritó: «que viene el lobo…»

– Exacto. Y Reilly ha estado ilocalizable durante años; ni siquiera hay pruebas de que siga vivo. -Torció el gesto-. Excepto mi palabra acerca de nuestra conversación, y yo no soy exactamente un personaje de confianza.

– ¿Y Venable?

– Es un tipo nervioso, y no quiere que lo citen ante un comité del Congreso para responder preguntas después de un ataque. Prefiere cubrirse las espaldas. Sabot le está dando una autoridad limitada para salvar su propio culo si algo sale mal. ¡Por Dios!, odio a los burócratas.

– ¿Y Reilly no puede ser localizado?

– Todavía no. He enviado varias veces a Brenner a Estados Unidos para intentar conseguir alguna noticia sobre él. La noticia es que puede estar en el Noroeste. Brenner siguió dos pistas falsas, aunque cree que ahora puede estar detrás de algo.

– Hay que encontrarlo.

– Hago todo lo que puedo, Jane. Lo encontraré. A la tercera va la vencida. Aunque sea con suerte.

– ¿Suerte?

– Lo siento. Pero soy como soy. Te aseguro que esta vez no lo estoy fiando a la casualidad. -Hizo una mueca-. Y aunque vaya contra mis principios renunciar a ese oro, lo haré si puedo localizar el cofre.

– Es una posibilidad muy remota. -Jane puso ceño-. Y no me puedo creer que Grozak retrasaría su movimiento por correr el albur de conseguir el apoyo de Reilly.

– O Reilly o un retraso indefinido, y tras de todos estos años a Grozak le consume la impaciencia. Quiere que se le considere el cerebro que tiene el poder para conmocionar al mundo.

– Pero las posibilidades de que aparezca el oro son muy exiguas.

– Grozak no lo sabe. -Metió la mano en el cajón del escritorio y sacó una bolsa de terciopelo-. Está convencido de que está en el buen camino. -Lanzó la bolsa a Jane-. Le envié esto a Dupoi con los pergaminos, y le pedí que hiciera un cálculo aproximado de la antigüedad y el valor.

Jane abrió lentamente la bolsa y vertió el contenido en la palma de su mano. Cuatro monedas de oro. Su mirada voló hacia la cara de Trevor.

– ¿Encontraste el cofre?

Él negó con la cabeza.

– No, pero pude localizar estas monedas antiguas, y las compré. Supuse que serían un buen señuelo.

Jane contempló maravillada la cara grabada de las monedas.

– ¿Estás seguro de que son de la época de Cira?

– La efigie de las monedas es de Vespasiano Augusto, el emperador en tiempos de la erupción. Dupoi las examinó y las dató aproximadamente en el 78 d. de C. El volcán entró en erupción el 79 d. de C. -Y añadió-: Dupoi las autentificó como procedentes de Herculano. Me preguntó dónde las había encontrado y si había alguna más. Entonces le conté lo del cofre.

– ¿Qué? -Aquello dio en el blanco-. Una trampa. Le proporcionaste deliberadamente la información. Sabías que Dupoi te traicionaría con Grozak.

Trevor se encogió de hombros.

– Había bastantes posibilidades. Se rumoreaba que Grozak intentaba encontrar todos y cada uno de los objetos relaciones con Herculano. Y estaba buscando especialmente aquellos relacionados con Cira. Hubo muchísimos rumores sobre la cortesana después de que la historia se hiciera pública hace cuatro años, aunque no era capaz de imaginar el motivo que despertaba el interés de Grozak, dado que él no era coleccionista. No tenía ni idea que se había echado un socio.

– Reilly.

Trevor asintió con la cabeza.

– Era solo una suposición, pero lo suficiente para que me hiciera pensar.

– Y cuando recuperaste los pergaminos y las monedas de Dupoi, Grozak tuvo que perseguirte para conseguir lo que quería. Habías puesto a Dupoi como señuelo y para que autentificara el hallazgo. Y eso es lo que habías planeado. -Meneo la cabeza-. Eres un taimado hijo de puta.

– Pero esta vez estoy en el lado de los ángeles. Eso debería alegrarte.

– Estoy demasiado asustada para alegrarme por nada de esto. -Se estremeció-. ¿Y entonces acudiste a la CIA?

– No de inmediato. -Hizo una mueca-. Tenía un problema con toda esta gilipollez del sacrificio. Decidí hacer algunas comprobaciones y un poco de introspección. Existía la posibilidad de que esta vez Grozak tampoco ejecutara su numerito. Pero entonces apareció Reilly, amenazando en un segundo plano, y supe que podía ocurrir. -Se encogió de hombros-. La oportunidad parecía demasiado buena para no aprovecharla. Podría deshacerme de Grozak antes de que él encontrara la manera de quitarme de en medio. Y podía salvar al mundo. -Sonrió-. Y si jugaba bien mis cartas, aun cabía la posibilidad de que acabara haciéndome con el oro. ¿Cómo podía resistirme?

– Claro, cómo ibas a hacer tal cosa -murmuró Jane. Estaba mirando fijamente el sobre que contenía la cinta de vídeo-. El acto de funambulismo definitivo.

La sonrisa de Trevor se desvaneció.

– Pero no quería que te vieras involucrada. Créeme, si hubiera podido encontrar la manera de encerrarte en un convento hasta que todo esto hubiera acabado, lo habría hecho.

– ¿En un convento?