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Mario maldijo entre dientes y se levantó como pudo.

– Otra vez.

– No va a tener tiempo de aprender nada -dijo MacDuff en tono grave-. Excepto como caer sin hacerse daño. Y eso no le va a salvar la vida.

– Otra vez -repitió Mario, y se abalanzó contra el terrateniente.

MacDuff lo volteó sobre la cadera, y luego se sentó a horcajadas sobre él.

– Déjelo. Llevará semanas. Utilice una condenada pistola.

– Estoy aprendiendo. -Mario le lanzó una mirada hostil-. Aprendo algo en cada caída. Otra vez.

MacDuff masculló otra obscenidad.

– Está enfadado. -Jane se volvió y vio a Jock parado detrás de ella. El muchacho tenía la frente arrugada cuando se acercó a ella sin apartar la mirada de los dos hombres ni un instante-. Puede hacer daño al señor.

– ¿Mario? No es probable. -Observó cómo MacDuff se quitaba de encima de Mario y éste se levantaba de un salto-. No es MacDuff quien me preocupa. Mario es el que es más vulnerable. Podría…

Se interrumpió cuando Mario bajó la cabeza y embistió contra el estómago de MacDuff. Este soltó un gruñido y cayó de rodillas, respirando con dificultad.

– ¡Maldita sea!, eso no es lo que le he enseñado. Se supone que no tiene que… ¡No!

Jock se había colocado detrás de Mario y le estaba rodeando el cuello con un brazo. Se había movido con una rapidez tan vertiginosa que Jane se quedó asombrada.

Pero MacDuff estaba allí, y le propinó un golpe para insensibilizarle el brazo que ceñía contra Mario.

– Detente, Jock. Suéltalo.

Jock no se movió.

– Jock.

Jock soltó lentamente a Mario.

– Debería haberme dejado hacerlo. Pudo hacerle daño.

– Él no quiere hacerme daño. Sólo estábamos entrenándonos. Jugando.

– Esto no es un juego. Le golpeó en el estómago. Hay maneras de romper una costilla y clavarla en el corazón.

– Él no conoce esas maneras. -MacDuff hablaba con lentitud, pacientemente-. No sabe nada. Por eso estoy intentando enseñarle.

– ¿Por qué?

– ¿Qué es esto? -Mario miraba de hito en hito a Jock, perplejo.

MacDuff lo ignoró, con la mirada clavada en Jock.

– Alguien hizo daño a su padre. Necesita poder protegerse.

La mirada de Jock se movió hacia Mario.

– Se refiere a que quiere matar a alguien.

– ¡Por Dios!, no a brazo partido. Ya te lo he dicho, sólo quiere protegerse.

Jack arrugó la frente.

– Él podría herirle. Yo le enseñaré lo que necesita saber.

– ¡Ni de coña! Podrías olvidarte. Y como no paro de decirte, puede que no sea tan bueno como tú, pero soy perfectamente capaz de cuidar de mí mismo.

– Ya lo sé.

– Entonces, vuelve al establo.

Jock meneó la cabeza y se dirigió hacia las grandes rocas del final de la Pista.

– Me sentaré ahí y observaré.

MacDuff lo miró fijamente con exasperación antes de volverse hacia Mario.

– Reúnase conmigo aquí a las dos. Ahora no es buen momento.

Mario titubeó, y finalmente recogió su camisa del suelo.

– A las dos. -Hizo una mueca al pasar por el lado de Jane-. Extraño, pero que muy extraño.

Ella estaba totalmente de acuerdo, y tan absorta en los dimes y diretes entre Jock y MacDuff que Mario había desaparecido por el lateral del castillo antes de que recordara que había ido allí a hablar con él.

– No recuerdo haber enviado invitaciones. -MacDuff la estaba mirando mientras se limpiaba el sudor del pecho y los brazos-. ¿A qué ha venido aquí?

– Quería intentar persuadir a Mario de que abandonara esta locura.

– No sería una locura si hubiera tiempo. Sería totalmente razonable. La venganza es comprensible se mire por donde se mire. -Su mirada se movió hacia el sendero por el que Mario había desaparecido-. Y no será tan malo, si vive lo suficiente. Ese último movimiento me cogió por sorpresa.

– El que me cogió por sorpresa fue Jock. -Jane miró al chico, que estaba sentado en las rocas a cierta distancia, absolutamente inmóvil. Este le sonrió cuando vio que lo estaba mirando, una dulce sonrisa que hizo que su rostro resplandeciera. Jane no se podía creer que fuera la misma cara que se había tensado con fría ferocidad mientras su brazo se enroscaba alrededor del cuello de Mario. Le devolvió la sonrisa con dificultad, y se volvió a MacDuff-. Estaba decidido a matarlo, ¿no es así?

– Sí. -MacDuff se metió el jersey por la cabeza-. En cuestión de segundos. Jock es muy rápido.

Jane meneó la cabeza sin salir de su asombro.

– Si no lo hubiera visto, no lo creería… Parece tener una naturaleza tan apacible.

– Oh, y la tiene. Cuando no está asesinando.

Los ojos de Jane se abrieron desmesuradamente al percibir la amargura de su voz.

– ¿Asesinando? Pero sólo estaba furioso porque pensaba que Mario le iba a hacer daño.

MacDuff no respondió.

– Era eso, ¿no?

MacDuff guardó silencio durante un momento, y luego se encogió de hombros.

– No estaba furioso. Estaba en una misión, y en esta ocasión yo era la misión.

– ¿Qué?

– Se siente en la obligación de velar por mí. Al principio se lo permití, porque no sabía si podía mantenerlo vivo a menos que le diera una motivación. Ahora es más fuerte, y estoy intentando quitarle ese hábito. Pero no es fácil.

– Mantenerlo vivo -repitió Jane.

– Intentó suicidarse tres veces después de que lo alejara de ese hijo de puta de Reilly.

Reilly. El hombre por el que, según Trevor, él y Grozak se estaban peleando.

– Ha oído hablar de Reilly. -MacDuff la miró con los ojos entrecerrados-. ¿Trevor le habló de él?

Ella asintió con la cabeza.

– Pero no me contó nada sobre ninguna conexión entre Reilly y usted o Jock.

– Él no sabe nada sobre la conexión con Jock. Sólo sabe que quiero a Reilly. -Echó un vistazo a Jock-. Muerto.

– ¿Por qué me lo cuenta, entonces?

– Porque usted le gusta a Jock, y ha decidido ayudarlo. Pensé que podría controlarlo, pero no siempre puedo estar cerca, y es posible que usted necesite información para guiarlo. No la voy a dejar que siga en esto a ciegas.

– ¿Está… loco?

– No más de lo que lo estaría cualquiera de nosotros, si hubiéramos pasado por lo que ha pasado él. Ahuyenta las cosas de su mente; en ocasiones se refugia en la simplicidad de un niño. Pero mejora día a día.

– ¿Y qué cosas intenta ahuyentar de su mente?

MacDuff tardó un instante en responder.

– Sé que mató al menos a veintidós personas. Probablemente a muchas más. Esto es todo lo que se permitirá recordar.

– ¡Dios mío!

– No fue culpa suya -dijo MacDuff con brusquedad-. Si lo hubiera conocido cuando era un niño, se daría cuenta. Era salvaje como una liebre, pero no había nadie con un corazón mejor ni una naturaleza más cariñosa. Todo fue culpa de ese hijo de puta de Reilly.

– No tendrá más de diecinueve años -susurró Jane.

– Veinte.

– ¿Y cómo…?

– Ya se lo dije, era salvaje. Se fue de casa a los quince años a recorrer el mundo. No sé cuándo ni dónde se topó con Reilly. Lo único que sé es que no hace mucho su madre acudió a mí a pedirme que fuera a recoger a su hijo. Estaba en un psiquiátrico de Denver, Colorado. La policía lo había encontrado deambulando por una carretera cerca de Boulder. Iba indocumentado. Y fueron incapaces de lograr que les dijera algo. Pasó dos semanas en el asilo antes de decir una sola palabra. Y cuando lo hizo fue para pedir pluma y papel y escribir a su madre. -Hizo una pausa-. Era una carta de despedida. Cuando acudió a mí, la mujer estaba histérica y me pidió que fuera a recogerlo. Pensaba que iba a suicidarse.