Pudo sentir la mirada de Trevor sobre ella cuando entró en el castillo. Hizo una mueca cuando recordó la palabra que había utilizado para describir a Jock. Aquel «pobre muchacho» había matado a un sinfín de gente y casi le había roto el cuello a Mario. Sin embargo, no podía pensar en él como no fuera con compasión.
Bueno, debía superarlo. Hacer recordar a Jock aquel horror por el que se le había hecho pasar iba a requerir dureza y cierto grado de crueldad. A ella le iba a hacer daño, aunque ni punto de comparación con el que le iba a hacer a Jock.
Pero había que hacerlo. Había demasiado en juego para que no lo intentara.
Reilly espero dos horas después de abrir la caja que Norton le había llevado para llamar a Grozak.
– ¿Cómo te va, Grozak? ¿Algún avance?
– Sí -respondió cansinamente Grozak-. ¿Por qué lo preguntas?
– Porque estoy aquí sentado, contemplando un viejo libro sobre monedas antiguas que conseguí de un traficante de Hong Kong. Me han llegado ciertas historias sobre una determinada moneda e hice que me consiguieran este libro para averiguar más sobre ella. ¿Sabes que se rumorea que una de las monedas que Judas aceptó por traicionar a Cristo sigue existiendo? ¿Te imaginas el precio que alcanzaría esa moneda hoy día?
– No. No me interesa.
– Pues debería interesarte. Se dice que la moneda fue llevada a Herculano por un esclavo destinado a ser gladiador. ¿Sabes que Cira tuvo un sirviente que había sido gladiador? ¿No sería razonable que él hubiera confiado la moneda a Cira por seguridad? ¿Y que fuera una de las que estaban en ese cofre de oro?
– ¿Adonde quieres llegar? Eso no es más que un montón de fábulas.
– Puede. Pero se me ocurrió que deberías saber lo infeliz que me haría si no tuviera ni las más remota posibilidad de conseguir esa moneda y fuera burlado, privándoseme de conseguirla. ¿Qué noticias tienes del cofre de Cira?
– Estoy en ello.
– Y no has sido capaz de deshacerte de Jock Gavin. Eso también formaba parte de nuestro acuerdo. El chico sabe demasiado.
– Tú mismo me dijiste que Gavin no podía ser una amenaza, que sería incapaz de acordarse de ti.
– Existe una remotísima posibilidad. Y no quiero correr ningún riesgo. Encuentra la manera de liquidarlo.
– Entonces, según parece, no estás completamente seguro de que tu entrenamiento sea efectivo.
– No sabes de lo que estás hablando. No tienes ni idea de lo que hago. -Hizo una pausa-. Me prometiste a Jane MacGuire. He estado mirando su fotografía, y el parecido con Cira es extraordinario; no podría parecerse más. Tener a Jane MacGuire sería como hacer revivir a Cira.
– ¿Y qué?
– Por lo que me dijiste, MacGuire es joven, inteligente y tozuda. Igual que Cira. Menudo desafío para un hombre de mi talento.
– ¿La vas a adiestrar?
– La cosa podría reducirse a eso, aunque espero que no. Lo único que quiero es información. Las mujeres son difíciles de adiestrar. La mayoría se desmorona antes de someterse. Pero con esta podría ser distinto.
– ¿Qué clase de información?
– El oro. Todo esto está relacionado con el oro, ¿no es así?
– Si supiera algo, habría ido ella misma a buscarlo.
– Probablemente sepa más de lo que cree saber. Ha visitado Herculano tres veces en los últimos cuatro años. Ha sido amiga intima de Trevor. Y es evidente que lleva años obsesionada con Cira. ¿Y por qué? Son prácticamente gemelas.
– Eso no significa que sepa dónde está escondido el oro de Cira.
– Vale la pena intentarlo. Puede que haya conseguido alguna información de la que no sea consciente. Ni te cuento la de veces que me he encontrado con sujetos que no eran capaces de recordar hechos sobre sí mismos, hasta que intervine yo.
– ¿Y puedes desenterrar los de ella?
– Puedo sacar a relucir todo lo que haya sabido alguna vez. Un barrido radical es peligroso y puede provocar que el sujeto no vuelva a ser capaz de funcionar. Pero aunque sólo me proporcione una ligera pista, un fragmento, merece la pena hacerlo. -Hizo una pausa-. A menos que puedas ahorrarme la molestia dándome ese cofre. Pero percibo bastante codicia en las preguntas que me estás haciendo. ¿No es cierto?
– Las cosas no están saliendo como esperaba. -Grozak hizo una pausa-. ¿Y si consigo a la mujer y tengo que esperar un tiempo a entregar al oro?
Reilly cerró el puño alrededor del auricular.
– No me gusta como suena eso.
– Oh, estoy en la pista -se apresuró a decir Grozak-. Me guardo unos cuantos ases en la manga. Pero puede que me fuera imposible hacer la entrega antes del veintidós. ¿Supón que te hago un pago en metálico y te entrego el oro después del ataque?
¡Uy Dios!, ¿es que el tipo ese se creía que era idiota?
– Me trae sin cuidado tu dinero. Tengo todo el dinero que pudiera necesitar en la vida, y si quisiera más, sólo tendría que enviar a uno de mis hombres a conseguirlo. Quiero el oro de Cira. Quiero poder verlo, tocarlo.
– Y lo harás. Más tarde.
– Puede que más tarde no aparezcas. ¿Qué te impediría incumplir tu parte del trato, después de que yo cumpliera la mía?
– Como es natural, después del ataque tendré que esconderme bajo tierra durante algún tiempo. Pero no soy tan idiota de intentar engañarte. Sólo tendrías que soltar a uno de tus zom… de tus hombres para que me diera caza.
Reilly pensó en ello. No es que no hubiera considerado ya esa posibilidad. Cuando uno hacía tratos con hombres como Grozak, tenía que estar preparado.
– Eso es verdad. Podría estar dispuesto a aceptar un retraso en el oro, si me consigues a la mujer. Sólo un retraso, Grozak.
– ¿Y seguirás suministrándome los hombres para la fecha fijada?
– Colaboraré contigo. Tendrás cuatro hombres pocos días antes de la fecha fijada. Eso te dará tiempo para que los alecciones sobre lo que han de hacer exactamente. Pero necesitarán que yo les llame por teléfono para ponerse en acción. Lo haré justo antes del ataque, si tengo a la mujer. -Momento para clavar el aguijón-. Si no consigo a la mujer, llamaré a Trevor y le ofreceré tu cabeza en bandeja de plata y reiniciaré las negociaciones con él.
– Menudo farol. Nunca te entregaría a la mujer.
– Puede que sí. Hay quien piensa que se puede prescindir de cualquier mujer cuando se la contrapone con la moneda de judas. ¿No lo harías tú?
– No soy Trevor.
Y Reilly dio gracias de que así fuera. Con Trevor era mucho más arduo negociar, y no se le podía manipular.
– Ya lo veremos. Es un punto a discutir, si cumples. Comunícame cuando puedo esperar a la mujer y acordaremos un lugar de encuentro. -Colgó el teléfono.
¿Había presionado lo suficiente?
Tal vez. Si no, ya presionaría más.
Se levantó para dirigirse a las estanterías. Había expuestas varias monedas del mundo antiguo de valor incalculable. Durante años había reunido todos los objetos de los que había podido apoderarse de Egipto, Herculano y Pompeya, pero las monedas eran su pasión. Incluso en aquellas épocas habían significado poder.
¡Qué tiempos!, pensó. Debería haber vivido entonces, durante aquella etapa dorada de la historia. Un hombre podía forjar su vida y las vidas de los demás con una eficacia despiadada. Eso era para lo que había nacido. No es que no pudiera hacerlo en los tiempos actuales, pero entonces no sólo se aceptaban los esclavos, sino que sus dueños eran admirados y respetados. Los esclavos vivían y morían según el capricho de sus dueños.
Cira había nacido esclava, y sin embargo nunca había sido conquistada.
Él la habría conquistado. Habría encontrado una manera de doblegarla, aun sin las herramientas que utilizaba en ese momento. Menudo sujeto habría sido ella, pensó con nostalgia. Controlar a una mujer de aquella fuerza habría sido absolutamente tonificante.