Pero Jane MacGuire también era fuerte. Había leído sobre la trampa que le había tendido a aquel asesino que la acosaba. Pocas mujeres habrían arriesgado lo que ella arriesgó, y conseguido triunfar.
Reilly se había sentido intrigado, y el parecido con Cira había excitado su imaginación. Últimamente había estado fantaseando acerca de cómo iba a interrogarla. Sólo; Jane MacGuire seguía confundiéndose con Cira en su mente.
Sonrió con repentino regocijo cuando tuvo una idea. ¿Qué mejor manera de escarbar en su mente y en sus recuerdos que hacerla creer que era Cira? Debía considerar esa posibilidad más detenidamente…
Capítulo 13
– En qué piensas, Jock? -El lápiz de Jane volaba sobre el cuaderno de dibujo-. Estás a miles de kilómetros de distancia.
– No estaba seguro de si estabas enfadada conmigo -respondió Jock con seriedad-. El señor está enfadado. Me dijo que no debía haberle protegido de Mario esta mañana.
– Tiene razón. Mario no estaba haciendo nada malo, y tú no puedes ir por ahí matando gente sin más ni más. -¡Vaya por Dios!, qué simplista sonaba aquello-. Si MacDuff no llega a detenerte, habrías hecho algo terrible.
– Eso lo sé… a veces. -Jack arrugó la frente-. Cuando pienso en ello. Pero cuando estoy preocupado, no puedo pensar, y sólo lo hago.
– Y estás preocupado por MacDuff. -Miró el dibujo-. ¿Qué más cosas te preocupan?
Jock meneó la cabeza y no contestó.
No había que presionarlo. Jane dibujó en silencio durante unos minutos.
– Mario está muy triste. No era a MacDuff a quien quería hacer daño.
– Eso es lo que me dijo el señor. Quiere castigar al hombre que trabaja con… -El apellido salió con dificultad-. Reilly.
– Así es. Y también a Reilly. Eso debería complacerte. ¿No quieres que Reilly sea castigado?
– No quiero hablar de él.
– ¿Por qué no?
– Se supone que no tengo que hablar de él. Con nadie.
A todas luces un resto de aquel maldito lavado de cerebro seguía allí.
– Se supone que tienes que hacer lo que quieras hacer.
Una repentina sonrisa se dibujó en sus labios.
– Excepto matar a Mario.
¡Uy Dios!, un destello de humor negro. Durante un instante, cuando Jane lo miró a los ojos, no vio nada infantil en él.
– Excepto matar a cualquier inocente de haber obrado mal. Pero nadie debería poder controlar tu mente ni tu libertad de expresión.
– Reilly. -De nuevo se esforzó en pronunciar su nombre-. Reilly lo hace.
– Entonces, tienes que impedírselo.
Jock negó con la cabeza.
– ¿Por qué no? Tienes que odiarlo.
El muchacho la miró.
– ¿No es así?
– No me está permitido.
– ¿No es así?
– Sí. -Él cerró los ojos-. A veces. Es difícil. Duele. Como un fuego que no se apaga. Cuando el señor vino a buscarme, no odiaba a Reilly. Pero después… está ahí, quemándome.
– Porque recuerdas lo que te hizo.
Abrió los ojos y meneó la cabeza.
– No quiero recordar. Me duele.
– Si no te permites recordar, si no nos dices donde podemos encontrar a Reilly, entonces habrá otras personas a quienes se les haga daño y sean asesinadas. Y será por tu culpa.
– Me duele. -Se levantó-. Tengo que volver a mi jardín. Adiós.
Jane lo observó alejarse con un sentimiento de impotencia. ¿Había conseguido siquiera abrir una brecha? Le gritó mientras se alejaba.
– No he terminado el dibujo. Reúnete aquí conmigo a las cinco.
Jock no respondió y desapareció en el interior del establo.
¿Acudiría?
– Lo ha disgustado. -MacDuff se dirigió hacia ella desde el establo-. Se suponía que tenía que ayudarlo, no pincharlo.
– Eso le ayudará a acordarse de ese bastardo de Reilly. Usted también debería de pensar en ello. Me dijo que había intentado que le diera información sobre Reilly.
– Y fracasé.
– Puede que fuera demasiado pronto.
– Y puede que las heridas sean tan profundas que moriría desangrado, si empieza a hurgarlas.
– Va a morir gente, ¡maldición!
– Confío en que Trevor encuentre a Reilly antes de que eso ocurra.
– Pero podría ser suficiente con unas cuantas palabras de Jock.
– Puede que ni siquiera sepa donde se esconde Reilly. Lo intenté todo, la primera vez que lo encontré, incluida la hipnosis. Pero eso le hizo entrar en barrena. Yo diría que ese es uno de los primeros bloqueos que Reilly le inculcó.
– ¿Y si lo sabe? -Cerró el cuaderno de golpe-. ¿Y si puede señalar el camino y no intentamos animarle a que lo haga? -Le sostuvo la mirada a MacDuff-. Me parece que puede estar cambiando, puede que… esté volviendo. -Hizo un gesto de frustración-. ¡Joder!, no voy a hacerle daño. ¿Por qué es tan reacio a que lo intente?
– Porque puede que no esté preparado para volver. -Desvió la mirada hacia el establo-. Yo también me he dado cuenta de esos momentos. Es como el sol que aparece en un día nublado. ¿Pero y si vuelve antes de estar preparado? ¡Por Dios!, es un asesino que hace que Rambo parezca un niño de maternal. Es una bomba de relojería lista para explotar.
– Él le quiere. Usted podría controlarlo.
– ¿Yo? Me alegra que tenga tanta confianza. -MacDuff estudió la expresión de Jane-. Y que sea tan despiadada. Debería tener más sentido común. Las mujeres son siempre la más mortífera de las especies.
– Qué tópico. Pero qué tópico. No soy despiadada. O quizá sí. Lo único que sé es que no permitiré que esos bastardos hagan daño a mi gente. -Se dio la vuelta-. Usted y Trevor están en el mismo equipo que yo. ¿Va a impedirme que hable con Jock?
MacDuff guardó silencio durante un instante, antes de decir lentamente:
– No, dejaré que lo intente. Pero tenga cuidado. Si lo hace explotar, no será agradable.
Tendría cuidado, pensó Jane mientras se dirigía de vuelta al castillo. No sólo por su propia seguridad, sino por la cordura de aquel pobre chico atormentado. Todo lo que oía sobre Reilly la enfurecía y enfermaba. Había pensado que Grozak era horrible, pero aquel matón que retorcía mentes y voluntades y negociaba con matanzas masivas estaba a su altura.
¡Condenado Reilly!
– No apruebas lo que estoy haciendo -dijo Mario cuando Jane entró en su estudio cinco minutos después-. Es necesario, Jane. Estoy indefenso ante esta gente. Eso tiene que cambiar.
– No voy a discutir contigo. -Ella se sentó en su sillón del rincón-. Entiendo cómo te sientes. Es sólo que no querría que salieras pensando que eres capaz, cuando no es así. Requiere mucho tiempo hacerse un experto en el manejo de armas y artes marciales. Y no vas a disponer de ese tiempo. Las cosas se mueven demasiado deprisa.
– Puedo empezar. De algo servirá. Y no me vas a convencer. A veces tengo una cabeza muy dura. -De repente sonrió-. Como pudo comprobar MacDuff. Creo que lo pillé desprevenido.
Ella le devolvió la sonrisa.
– Yo también lo creo. -Había dado su opinión, y era evidente que él había hecho oídos sordos. Era mejor dejarlo, y quizá volviera sobre ello más tarde. No es que confiara en que fuera a servir de algo-. ¿Cómo va la traducción?
– Avanzo con lentitud. -Mario miró la hoja de papel que tenía delante-. No he podido concentrarme.
– Lo entiendo. Y sin embargo, puede ser nuestra mejor oportunidad para impedir que ocurra ese horror.
– Me parece una posibilidad muy remota. -Levantó la vista hacia ella-. Dos mil años son muchos años. Encontrar un tesoro perdido sería como un cuento de hadas. ¿Crees que podría suceder?
– Creo que puede suceder cualquier cosa.
– Eso es una generalización.
Jane pensó en ello. Por lo general era una persona cínica y pragmática, aunque en cierto modo nunca había dudado de que siguiera existiendo el oro en alguna parte. Quizás fuera a causa de los sueños que la habían acosado durante todos esos años. Quizá porque le parecía que Cira seguía viviendo, y en consecuencia el oro era algo muy real.