– Voy a tener que decirle a Jane que necesitas un curso de reciclaje en obediencia -susurró mientras rodeaba el lomo del perro con el brazo-. «Ven» no significa «ataca». Podrías haber conseguido que te hicieran trizas, muchacho.
El perro no la estaba mirando; mantenía la mirada fija en el sendero.
Eve tuvo un escalofrío por todo el cuerpo. Imaginaciones.
El sendero estaba vacío. Nada se dirigía hacia ellos. Nada ni nadie.
Pero saberlo no eliminó aquel escalofrío. Se levantó y se dirigió a la puerta delantera. No había tenido la oportunidad de hacer lo que pensaba hacer, y no podía retrasarlo.
– Vamos. Voy a entrar y prepararme una taza de chocolate caliente, Toby. Y aunque no te lo mereces, te dejaré que te des un festín.
Jane estaba sonriendo cuando colgó el teléfono. Siempre se sentía mejor después de hablar con Joe y Eve. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo desesperada y desanimada que se había sentido. En sólo esos minutos de conversación habían conseguido hacerla partícipe de su energía.
Un golpe en la puerta. Trevor la abrió antes de que Jane pudiera responder.
– Estás a punto de recibir una visita -dijo él en tono grave-. Venable acaba de llamar y está que hecha espumarajos por la boca.
– ¿Por qué?
– No le gustó tu reciente conversación con Eve y Joe. Está hablando de violación de la seguridad, injerencia en los asuntos de la CIA y amenaza para los intereses nacionales.
– ¿Qué? -Las palabras de Trevor dieron en el blanco-. ¿Tiene intervenido mi teléfono?
– Sí. ¡Coño! Tiene intervenido el mío. Dejé que lo hiciera. Me hacía sentir más seguro, y siempre hay maneras de evitarlo. -Hizo una mueca-. Le dije que no le diera ninguna importancia a lo que le contabas a Eve y Joe, pero según parece has cruzado la línea en la que él deja de estar cómodo. ¿Qué le has pedido a Joe que hiciera?
– Que alborotara a todo el mundo para conseguir alguna ayuda que nos permita encontrar a Reilly y Grozak.
– Esa sería la gota que colmaría el vaso. Las agencias del gobierno son extremadamente sensibles a las injerencias en su jurisdicción.
– Mala suerte.
– Estoy de acuerdo. -Hizo un gesto hacia la puerta-. Así que, ¿qué te parece si bajamos y se lo decimos? Debe de estar a punto de llegar.
– ¡Cáspita!, debe de estar enfadado. -Arrugó la frente cuando pasó por el lado de Trevor-. Y a mí sí que me importa tener intervenido el teléfono, ¡coño!
– Díselo a él, no a mí.
– No me dijiste que lo había hecho.
– Ya te sentías bastante insegura. -Bajó las escaleras delante de ella-. Y quería que te quedaras. Era importante para mí.
– Pero me lo haces saber ahora.
– Creo que ni la explosión de una bomba de hidrógeno te haría mover de aquí en este momento. Estás muy implicada. -La miró por encima del hombro-. ¿No es así?
¡Carajo!, tenía toda la razón. Como les había dicho a Eve y a Joe, aquel era el único lugar en el podía ser útil.
– Estoy implicada, sí -repitió ella-. Pero no significa que esté dispuesta a soportar este tipo de gilipolleces por quedarme aquí.
– Lo sé. Por eso permito que Venable despeje el panorama y haga público todo. -Se dio la vuelta cuando llegó al pie de la escalera-. Y para convencerte de que Venable existe y de que te estoy diciendo la verdad sobre lo de trabajar con él.
– No pensaba que estuvieras mintiendo.
– Puede que no, conscientemente. ¿Pero tal vez subliminalmente? Ya sabes que soy capaz de argucias bastante complicadas. Quería asegurarme de que supieras que estaba siendo absolutamente franco. -Se volvió y abrió la puerta delantera-. Pregúntale a Venable lo que quieras. -Sonrió-. Claro que, ahora que se te considera un riesgo contra la seguridad, puede que no te conteste.
Cari Venable no parecía el individuo nervioso que Trevor le había descrito, pensó Jane cuando el agente bajó del helicóptero. Era un tipo grande y fornido con una mata de pelo rojo canoso y un porte seguro y autoritario.
Pero su expresión ceñuda y lo espasmódico de sus movimientos no dejaron traslucir tal confianza al acercarse a ellos.
– Le dije que no debía haber ido a buscarla -le espetó a Trevor de manera cortante-. Sabot está furioso. Ha amenazado con sacarme del caso.
– No lo hará. Sin duda Quinn agitará las aguas, pero lo dejará a usted como el buen chico. Sabot estará demasiado ocupado respondiendo preguntas e intentando hacer creíble su posición para desautorizarle.
– Eso es lo que usted dice. -Venable se volvió hacia Jane-. No tiene ni idea de cómo lo ha embrollado todo. Esto va a hacer que nos resulte el doble de difícil hacer algo con eficiencia. Tarde o temprano Quinn acabará involucrando al Departamento de Seguridad Nacional, y eso significa que tendremos que responderles. Podría haber echado por tierra cualquier oportunidad que tuviéramos de atrapar a Grozak.
– Pues no parece que hayan hecho un gran trabajo hasta la fecha -dijo Jane-. Y si eso evita que ocurra otro once de septiembre, me trae sin cuidado lo difícil que haya hecho su trabajo. Jódase. Haré lo que me dé la gana.
Venable se puso rojo como la grana.
– No, si la detengo y la pongo bajo nuestra protección como testigo material.
– Alto ahí, Venable -terció Trevor-. Sé que está alterado, pero ambos sabemos que eso no va a ocurrir.
– Debería hacerlo. Sería más seguro para todos nosotros. ¡Joder!, sería más seguro para ella. Eso impediría que Reilly le pusiera las manos encima. Usted mismo me dijo que él quería hacer un trato por ella. Y ahora, se está convirtiendo en una espina…
– Y también le dije, so hijo de puta, que mantuviera la boca cerrada sobre lo que había dicho Reilly -le interrumpió Trevor, indignado-. Ahora sí que la ha cagado.
– Esperen un momento -dijo Jane-. ¿De qué están hablando? -Se volvió hacia Trevor-. ¿Un trato?
Trevor guardó silencio durante un instante, y luego se encogió de hombros.
– Cuando me llamó, tenía una lista de exigencias para dejar de perseguir a Grozak.
– ¿Y en qué consistía esa lista?
– El oro, mi estatua de Cira. -Hizo una pausa-. Y tú. Ocupabas un lugar muy destacado en la lista.
– ¿Por qué?
– ¿Por qué crees tú? Ya te dije que era un fanático de todo lo relacionado con Herculano, y del oro de Cira en particular. ¿Qué hay que esté más relacionado con Cira que tú? La viva imagen. Cree que puedes sabes más de lo que crees que sabes. O que tal vez lo sepas y estés mintiendo, esperando el momento oportuno para alargar la mano y cogerlo.
– Eso es absurdo. -Jane trató de pensar-. Y no se me ocurre cómo podría hacer que le contara nada… -Y entonces, se le ocurrió-. Jock…
– Bingo. Control mental. Haciéndote abrir la mente y dejándole explorar cada milímetro de ella -dijo Trevor-. Sin duda con algo de su pequeña y sucia manipulación durante el proceso.
La idea hizo que a Jane la recorriera un escalofrío.
– Ese bastardo.
– Le dije que no había trato. Le ofrecí el oro, si lo encontraba, y mi estatua, pero le dije que tendría que resignarse a no tenerte.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– Debería habérselo dicho -terció Venable-. Le dije que quizá pudiéramos utilizar ese…
– Y yo le dije que eso no iba a suceder.
Jane intentó superar el horror inicial de aquella amenaza.
– Venable tiene razón. Deberíamos explorar todos…
– Que te jodan -replicó Trevor-. Sabía que reaccionarías así. Esa es la razón de que no te lo dijera. Te puse en peligro una vez, hace cuatro años; no volverá a ocurrir.
– Tú no tomaste la decisión. Entonces fue cosa mía. Y lo haré ahora.
– Reilly aceptó provisionalmente la oferta de la estatua y del oro. Lo que quiere en realidad es el oro. No hay motivo para tomar ninguna decisión.