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– Todavía no hemos encontrado el oro.

– Seguimos teniendo tiempo. -Trevor miró a Venable-. ¡Maldito sea!

– Se me escapó -dijo Venable-. Pero puede que sea algo bueno. Ella tiene que darse cuenta de que cada acción que realice puede afectarnos a todos. Todavía sigo tentado de llevármela y ponerla… -Se interrumpió, y suspiró cansinamente-. No, no lo voy a hacer. Pero todos podríamos estar muchísimo más seguros, si lo hiciera. -Torció los labios-. Incluidos su Joe Quinn y su Eve Duncan.

Jane se puso tensa.

– ¿Qué quiere decir? -Se dio la vuelta hacia Trevor-. Me dijiste que estaban protegidos, a salvo.

– Y lo están -dijo Trevor-. Deje de intentar asustarla, Venable.

– ¿Es eso lo que está haciendo? -le preguntó Jane a este último en tono imperioso.

– Están protegidos. No dejaremos que les ocurra nada. -Venable se encogió de hombros-. Sólo ha habido algunos informes de los agentes a cargo acerca de algunos indicios de alteraciones en el bosque cercano a la casa de campo.

– ¿Qué clase de alteraciones?

Se volvió a encoger de hombros.

– Nada en concreto. -Se dio la vuelta hacia el helicóptero-. Tengo que volver a Aberdeen. No debería haber venido. Iba a ser todo diplomacia e intentar convencerla de que lo estábamos haciendo lo mejor que podíamos y pedirle que mantuviera alejados a Quinn y a Duncan. -Hizo una mueca-. No ha resultado así. He perdido. Sabot jamás toleraría ni comprendería una equivocación así. ¡Joder!, quizá debería presentar mi dimisión. No he sido un buen empleado desde que empezó esto. He estado demasiado asustado.

– ¿Asustado? -repitió Jane.

– ¿Por qué no? Tengo mujer y cuatro hijos. Tengo tres hermanos, un padre en una residencia de ancianos y una madre que cuida de todos nosotros. No sabemos dónde se supone que van a estallar esos explosivos. -Miró a Jane-. Podrían ir dirigidos contra su Atlanta. Es una gran ciudad y un importante centro aéreo. ¿No está tentada de correr a casa y llevarse a toda prisa a la gente que quiere a una cueva en las montañas más cercanas? Yo sí.

Sí, Jane se sentía tentada de hacerlo. Había intentado reprimir aquel miedo desde que Trevor le había contado los planes de Grozak.

– Eve y Joe no irían. -Miró a Venable a los ojos-. Y usted no se fue corriendo a casa. Permaneció aquí e intentó cambiar las cosas.

– No ha sido un intento muy bueno según Trevor. -Se encogió de hombros y se alejó-. Pero seguiré intentándolo hasta que Sabot se harte de mí y me dé la carta de despido. No se preocupe, señorita MacGuire, no le va a pasar nada a su gente. Le hice una promesa a Trevor. -Volvió a subirse al helicóptero-. Le llamaré, Trevor.

– Hágalo. No venga en persona sólo porque esté furioso. Estoy haciendo lo indecible para evitar que Grozak sepa que la CIA está involucrada. ¿Se ha cubierto las espaldas?

– No soy un aficionado. El helicóptero ha sido alquilado a nombre de la Sociedad Histórica de Herculano. Puede incluso que hayamos despertado alguna inquietud en Grozak y piense que ha localizado el oro y hecho venir a alguien para autentificarlo. En el aeropuerto de Aberdeen tomaré un vuelo directo a Nápoles. ¿Satisfecho?

– No, me habría quedado satisfecho si se hubiera limitado a mantener la boca cerrada.

– No podía hacer eso. -Venable desvió la mirada hacia Jane-. Ha abierto la caja de los truenos. No tiene ni idea de la rapidez y dureza con que puede actuar el Departamento de Seguridad Nacional, si deciden hacerlo. Puede que sólo sea una incursión de advertencia, puesto que no creen que Grozak sea una amenaza más de lo que lo cree Sabot. Pero será suficiente para hacer saltar por los aires cualquier tapadera que tenga. Probablemente haya llegado demasiado tarde, pero pensé que debía intentarlo. -La puerta del helicóptero se cerró tras él.

Trevor miró a Jane.

– No le has hecho ninguna pregunta sobre mí.

– No tuve oportunidad. -Se volvió hacia la puerta delantera-. Y nunca dije que quisiera hacerle preguntas. Eso fue idea tuya.

– ¿Qué piensas de él?

– Es un hombre triste. -Meneó la cabeza-. Y muy humano. Creo que hará todo lo que pueda.

– Todos vamos a hacer lo que podamos. -Trevor le abrió la puerta y dejó que ella lo precediera al vestíbulo-. Y podrías utilizar un poco de esa tolerancia que has demostrado con Venable.

– Debías haberme dicho lo que dijo Reilly.

– No, no debía. Nunca me pongo las cosas difíciles, si puedo evitarlo. Y esta vez podía evitarlo.

– Pero soy yo la que corre el riesgo. Cada vez que creo que estamos trabajando juntos, averiguo que no me has dicho algo. ¡Maldita sea!, ni siquiera entiendo tu manera de pensar.

Trevor sonrió.

– Entonces no profundices. Te garantizo que te compensaré.

Cuando lo miró Jane sintió el familiar sofoco recorriéndole el cuerpo. Estaba allí parado, en actitud desenfadada, pero no había nada de desenfadado en aquella sonrisa. Era un rictus íntimo, sensual y diabólicamente seductor. ¿Por qué permitía que le hiciera eso? ¡Joder!, aquella reacción cosquilleante había estallado sin causa aparente. En un momento estaba alterada, casi indignada con él, y al siguiente había aparecido aquella reacción física.

– No soy alguien que se quede en la superficie. No sé cómo se hace.

– Yo te enseñaré. Soy un experto. -Estaba estudiando la expresión de Jane-. ¿Qué tal ahora?

– Eso no va… con mi naturaleza. -Se dirigió a la escalera a toda prisa-. Tengo que ver cómo le va a Mario y luego me voy a encontrar con Jock en el patio a las cinco.

– Parecía alterado cuando lo dejaste esta mañana. Podría no aparecer.

– ¿Estuviste vigilando?

– Brenner no estaba aquí, y confío en MacDuff, aunque tiene sus propios asuntos que atender. Pues claro que estaba vigilando. Y estaré vigilando esta tarde.

– No creo que me haga daño.

– Quiero asegurarme. -Trevor hizo una pausa-. Voy a ir a la Pista esta noche después de cenar. ¿Vendrás?

– No… lo sé. Sigo furiosa contigo.

– Pero pasa algo más, ¿no es así? -La estaba mirando intensamente a la cara, y la emoción hizo que su voz sonara repentinamente brusca-. Lo deseo muchísimo. Tanto, que tengo que apartarme de ti o te lo demostraré aquí mismo, en este instante. Te estaré esperando. -Se dirigió a la biblioteca-. Y yo también soy muy humano, Jane. Ven y compruébalo por ti misma.

Eran las cinco y cuarto cuando Jane vio a Jock atravesar el patio en dirección a ella.

– Volviste. -Jane intentó ocultar su alivio mientras abría su cuaderno de dibujo-. Me alegro.

– El señor me dijo que debía volver. -Arrugó el entrecejo-. Yo no quería.

– ¿Porque te hice sentir incómodo? -Empezó a dibujar-. No era mi intención… -Se interrumpió, y luego dijo-: No te estoy diciendo la verdad. Quería que te preocuparas, Jock. Todos estamos preocupados, ¿y por qué habría de ser diferente en tu caso? Tenemos que detener a ese hombre que te hizo daño. Tu misión es ayudarnos.

Él negó con la cabeza.

– ¿Crees que se ha acabado? No se ha acabado, Jock. Reilly va a hacer daño a mucha gente porque estás escondiendo la cabeza en la tierra. Si lo hace, será por tu culpa.

– No es culpa mía.

– Sí, lo es. -Estaba buscando desesperadamente una manera de que el muchacho la entendiera-. Y no sólo va a hacer daño a los extraños. Ha de estar enfadado porque MacDuff esté intentando detenerlo. ¿Vas a permitir que le haga daño?

Jock apartó la mirada.

– Yo cuidaré del señor. Nadie le hará daño.

– MacDuff no te lo permitirá. Quiere encontrar y matar a Reilly por lo que te hizo. MacDuff es un hombre fuerte y decidido. No podrás impedírselo. En tu fuero interno lo sabes. La única manera que tenemos de mantenerlo a salvo es atacar a Reilly antes de que él pueda atacar. Pero no sabemos dónde está.

– Yo no sé dónde está.