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– ¡Joder, sí! -Cubrió la mano de Jane con las suyas y se la restregó lentamente contra el pecho-. Te dije que, si me tocabas, no te rechazaría.

Jane sintió los latidos del corazón de Trevor en la palma de la mano, acelerado, martilleante. ¡Por Dios!, sentía aquel martilleo en su propio cuerpo. Parecía como si ya estuvieran unidos. Se apoyó contra él hasta que las manos unidas de ambos se apretaron contra el pecho de Jane. ¡Dios bendito!, se estaba derritiendo.

– ¿Dónde?

– Aquí -masculló Trevor cuando sus labios se hundieron en el cuello de Jane-. Detrás de las rocas. Me da lo mismo. -Sobre los latidos del hueco de la garganta de Jane su lengua se notaba caliente-. Donde sea.

Jane se consumía de calor. Deseaba lanzarlo sobre el duro suelo, atraerlo dentro de ella y moverse contra él, tomarlo por entero. Le rodeó los hombros con los brazos.

– Aquí -murmuró Jane-. Tienes razón, no importa donde.

Trevor se quedó paralizado, y luego la empujó.

– Sí, sí importa. -Respiraba con dificultad, y sus ojos brillaban como los de un loco en su cara tirante-. No quiero que MacDuff o uno de sus guardias se tropiecen con nosotros. He esperado esto durante mucho tiempo. Puedo esperar diez minutos más. Vuelve corriendo a tu habitación. Te seguiré inmediatamente.

Jane se quedó inmóvil en el sitio, mirándolo aturdida.

– ¿Qué?

– No te quedes ahí parada. Te prometo que este es mi último acto de nobleza. Después de eso, que sea lo que Dios quiera. -Apretó los labios-. Y si cambias de idea y me cierras la puerta, la echaré abajo.

Jane no se movió. No sabía si podía esperar diez minutos, y sabía que sólo sería necesario que la tocara una vez para que perdiera la cabeza.

– Quiero hacerlo bien -dijo él con aspereza-. ¡Muévete!

¡Qué demonios! Tenía que ceder y darle lo que quería. Lo que fuera. Puede que tuviera razón. En ese momento su cuerpo no estaba dejando que su mente razonara demasiado bien. Se dio la vuelta y se dirigió como alma que lleva el diablo hacia el sendero que rodeaba el castillo.

Jock observó que se encendía la luz en la habitación de Jane. La había visto atravesar corriendo la cancela y entrar por la puerta principal hacía sólo un instante, y se había estado preguntando si debía ir tras ella.

Luego había visto a Trevor atravesar el patio a grandes zancadas, y todos sus sentidos se habían puesto en alerta. La expresión de Trevor era resuelta, dura. ¿Iba a hacerle daño a Jane? Jock sacó su cable y empezó a atravesar el patio.

– Vuelve aquí, Jock.

Se volvió y vio al señor en la puerta del establo.

– Va a hacerle daño.

– No. O si se lo hace, es porque ella quiere. -Sonrió-. Y no creo que ella quiera.

– Su cara…

– Le vi la cara. No es lo que piensas. La vida no consiste siempre en matar y hacer daño. ¿Ya no te acuerdas?

Jock pensó en ello, y luego asintió con la cabeza.

– ¿Sexo?

– Por supuesto que sexo.

Sí, Jock se acordaba de aquel apareamiento salvaje y gozoso. Con Megan, en el pueblo, y luego con otras chicas cuando había estado viajando de aquí para allá por todo el mundo.

Y luego con Kim Chan, en casa de Reilly.

Rehuyó de inmediato el recuerdo de ella.

– ¿Y Jane quiere eso?

– Él no la obligará, Jock. -MacDuff hizo una pausa-. ¿Te importa?

– No, si no le hace daño. -Ladeó la cabeza-. ¿Creyó que me importaría?

– Le tienes cariño. Sólo tenías mis dudas.

– Ella… me gusta. -Arrugó el entrecejo-. Pero a veces me hace sentir… Me duele. No para de hablar y de provocarme, y a mi me entran ganas de amordazarla.

– Pero no de ponerle un cable alrededor del cuello.

Jock negó con la cabeza.

– Nunca haría eso. Pero aun después de dejarla, seguí oyendo lo que había dicho. Y todavía lo oigo.

– Entonces es posible que tu mente te esté diciendo que ha llegado el momento de escuchar.

– Usted también quiere que recuerde.

– En el fondo sí, ¿acaso no es lo que quieres?

Cuatro ocho dos. Cuatro ocho dos.

En ese momento, no. Tenía que expulsarlo de su cabeza. Tenía que ahuyentarlo. El señor vería su sufrimiento y se disgustaría.

Pero el señor no lo comprendía, pensó Jock con desesperación. No entendía las cadenas ni el dolor con el que lidiaba cada noche.

No quería que él lo supiera.

– Ella me dijo… que usted no esperaría. Que perseguiría a Reilly sin mi ayuda.

– Sí, si tengo que hacerlo.

– No lo haga -susurró Jock-. Por favor.

MacDuff se apartó.

– Ven y ayúdame a limpiar los platos de la cena. Tengo cosas que hacer.

– Reilly le…

– A menos que puedas decirme lo que quiero, no quiero oír nada más sobre Reilly, Jock.

Jack sintió una desesperación desgarradora mientras observaba a MacDuff entrar en el establo. Recuerdos de muerte, culpa y dolor se arremolinaron en su cabeza y perforaron la membrana de tejido cicatrizado que se había formado desde que MacDuff lo trajera de vuelta desde Colorado.

Cuatro ocho dos. Cuatro ocho dos.

Dolor. Dolor. Dolor.

Trevor estaba en la entrada del dormitorio de Jane.

– Has dejado la puerta abierta.

– No quería que hubiera ningún error acerca de mis intenciones. -Jane se dio cuenta del temblor que había en su voz e intentó tranquilizarse-. Nada de pestillos. Ni de puertas cerradas. Ahora quítate la ropa y ven aquí. No quiero ser la única que esté desnuda. Me hace sentir vulnerable. -Retiró la colcha de golpe-. ¡Joder!, soy vulnerable. No voy a mentir en eso.

– Dame un minuto. -Trevor cerró la puerta y se quitó la sudadera por la cabeza-. Menos.

Tenía un cuerpo precioso, y Jane había sabido que lo tendría. Cintura estrecha, unas piernas poderosas y hombros anchos que la hicieron desear hundirle las uñas en ellos. Deseaba dibujarlo. No, y un cuerno. En ese momento sólo quería una cosa de él.

– Eres demasiado lento.

– Eso dímelo cuando me haya metido en esa cama. -Se estaba acercando a ella-. Entonces intentaré ser lento, aunque no te lo prometo.

Jane alargó la mano y tiró de él hacia abajo.

– No quiero promesas. -Le rodeó con las piernas, y se arqueó hacia arriba cuando lo sintió-. Quiero que me…

Trevor le cubrió la boca con la suya para amortiguar el grito de Jane cuando él empezó a moverse.

– ¿Esto? ¿Y esto? -Su respiración se hacía cada vez más dificultosa-. Háblame. Quiero que lo disfrutes. ¡Dios!, lo que quiero es que…

Rozó los hombros de Trevor con los labios antes de acurrucarse aun más contra él.

– ¿Estás cansado? Porque voy a querer que lo hagas otra vez.

– ¿Cansado? -Trevor se rió entre dientes-. ¿Estás poniendo en entredicho mi resistencia? Creo que puedo mantener tu ritmo. -Le lamió un pezón con delicadeza-. ¿Ya?

– Es muy pronto. Cuando recupere el resuello. -Jane clavó la mirada en la oscuridad-. Estuvo bien, ¿verdad?

– Excelente. Salvaje. Alucinante.

– Tenía miedo de que me decepcionara. A veces las expectativas estropean la realidad.

– ¿Y tenías expectativas?

– Por supuesto. -Se apoyó en un codo para mirarlo-. Intenté no tenerlas, pero cuando se te niega un caramelo, eso es lo único que quieres comer. Ahora ya he conseguido hartarme de ti.

– Pues no deberías. Me aseguraré de ser mucho más apetecible que un caramelo. -Le sonrió-. ¿Y qué es lo que habías esperado?

– La alegría del sexo, el Kama Sutra.

– ¡Uy Dios!, menudo reto.

– ¿Eres capaz de superarlo?

– ¡Oh, sí! -Se puso encima de ella, y sus ojos relucieron cuando la miró-. ¿Y tú?

No era Julius el que bloqueaba el camino, se percató Cira al acercarse al final del túnel. Gracias a los dioses era su sirviente, Dominicus.