– Dominicus, ¿qué estás haciendo aquí? Te dije que abandonaras la ciudad.
– La señora Pía me envió. -Miró más allá de ella, hacia Antonio, y se puso tenso-. ¿Desea que lo mate?
– Te dije que no te traicioné, Cira. -Antonio estaba al lado de ella, quitándole la espada de la mano-. Ahora salgamos de aquí.
Dominicus dio un paso hacia Antonio.
– Él le ha hecho infeliz. ¿Quiere que lo mate?
Un sordo estruendo sacudió el suelo del túnel.
– Fuera -dijo Antonio-. No voy a permitir que muramos todos para satisfacer la sed de sangre de Dominicus. -Agarró del brazo de Cira y tiró de ella hacia la entrada del túnel-. Ni la tuya.
Dominicus volvió a dar un paso hacia él.
– No, no pasa nada -dijo Cira mientras salían como flechas a la luz del día que era como la noche. Humo. Apenas podía respirar. Se detuvo horrorizada, contemplando la montaña que ardía como una espada de fuego y por cuya ladera corrían unos dedos de lava-. Más tarde, Dominicus. Tenemos que llegar a la ciudad. Pía…
– Esta es la razón de que me enviara -dijo Dominicus mientras corría detrás de ellos por la colina abajo-. La señora Pía temía que Julius se hubiera enterado de su existencia. Creía que desde ayer la estaba siguiendo alguien. Me dijo que le dijera que se reuniría con usted en el barco.
– ¿Qué barco? -preguntó Antonio.
– Está fondeado en la costa -dijo Cira-. Pagué a Demónidas para que nos llevara lejos de aquí.
– ¿Eso hiciste?
– ¿De qué te sorprendes? No soy una idiota. Julius jamás descansará cuando descubra que me he ido. Tengo que alejarme de Herculano.
– Sólo me sorprende que pudieras conseguir que alguien te ayudara. Julius es muy poderoso.
– Lo conseguí. Pía me ayudó. Demónidas me está esperando.
– Tal vez -dijo Antonio, observando la lava que descendía velozmente por el volcán-. O puede que haya zarpado cuando explotó la montaña.
Ese había sido uno de los temores de Cira mientras corrían por el túnel.
– Es un hombre codicioso, y sólo le pagué la mitad. Correrá el riesgo. El río de lava no parece dirigirse en aquella dirección. Se está dirigiendo directamente hacia… -Se interrumpió horrorizada-. Hacia la ciudad. Miró a Dominicus por encima del hombro-. ¿Hace cuánto tiempo que te envió la señora Pía?
– Una hora.
– ¿Iba a ir al barco inmediatamente?
Dominicus asintió con la cabeza sin apartar la mirada de la lava.
– Me dijo que le dijera que la estaría esperando.
Y parecía como si la montaña hubiera entrado en erupción hacía cien años, pero no podía haberlo hecho hacía mucho tiempo. A buen seguro que Pía estaría fuera de la ciudad.
– ¿Quiere que vaya y me asegure? -preguntó Dominicus.
¿Enviarlo a aquella trampa ardiente? Aquella lava mortal fluía más deprisa a cada segundo. ¿Pero y si Pía…?
Cira se obligó a apartar la mirada.
– Si alguien va a ir, seré yo.
– ¡No! -dijo Antonio-. Sería una locura. Ni siquiera podrías llegar a las afueras antes…
– Esto no es de tu incumbencia.
– ¡Por los dioses!, no podría ser más de mi incumbencia. -Su expresión era adusta-. ¿Qué es lo que he estado intentando decirte? ¿Quieres que vaya a buscar a esa tal Pía? Soy lo bastante loco para hacer incluso eso por ti. -La miró directamente a los ojos-. Pídemelo e iré.
Cira le creyó. Antonio iría antes que dejarla arriesgar su vida.
Otro estruendo sacudió la tierra.
Apartó los ojos de los de Antonio y le preguntó a Dominicus:
– ¿Está Leo con ella?
– No, me dijo que lo llevara al barco anoche. Está con Demónidas.
Y Demónidas sería todo lo compasivo que le dictara su recompensa con el niño. No podía arriesgarse a dejarlo solo y desprotegido. Tenía que hacerse cargo y rezar para que Pía hubiera abandonado la ciudad cuando le había dicho a Dominicus que lo iba a hacer.
– Entonces, vayamos al barco. -Se alejó de la ciudad y empezó a correr-. Deprisa.
– Dejé dos caballos al pie de la colina. -Antonio la adelantó-. ¿Dominicus?
– También traje un caballo para ella -dijo Dominicus-. No esperaba que volviera usted. Su traición… -Se interrumpió, la mirada fija en la montaña, y masculló un juramento-. Viene hacia aquí.
Tenía razón, se percató Cira.
Aunque la corriente principal se dirigía hacia la ciudad, un riachuelo de lava líquida estaba abriendo una senda hacia la villa de Julius, dirigiéndose directamente hacia ellos.
– Todavía tenemos tiempo para llegar a los caballos. -Antonio cerró la mano con fuerza alrededor de la de Cira-. Vayamos hacia el Norte y bordeemos la corriente.
Si podían. El humo y la lava parecían estar atacándolos, asfixiándolos, rodeándolos por todas partes.
Pues claro que podían, pensó Cira con impaciencia. No había llegado tan lejos para ser derrotada en ese momento.
– Entonces deja de hablar y condúceme hasta esos caballos.
– Eso estoy haciendo, agotadora mujer. -Antonio la estaba arrastrando hacia un bosquecillo-. Ve a buscar tu caballo, Dominicus. Deja libre al otro animal. Dale una palmada en las grupas y envíalo hacia el norte.
Dominicus desapareció en el humo.
Cira oyó a los caballos por delante de ella, relinchando aterrorizados y forcejeando por soltarse de sus riendas.
Entonces Antonio la subió a lomos de uno de los caballos y le entregó las riendas.
– Ve delante. Estaré justo detrás de ti.
– Qué impropio de ti.
– No hay elección. Me mantendré cerca. No me extrañaría que intentaras despistarme. -La miró a los ojos-. No dará resultado. Te abandoné una vez, y averigüé esto: que es para siempre, Cira.
Para siempre. La esperanza y la alegría se mezclaron con el miedo galopante que sentía. Espoleó el caballo para ponerlo al galope.
– Las palabras tienen poco valor. Demuéstralo.
«Increíble», le oyó decir entre dientes detrás de ella.